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Malta: tierra de caballeros

Un viaje en el tiempo por una tierra árida donde caballeros de brillante armadura pelearon por lo que les correspondía

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23 de mayo de 2013 a las 20:05

Malta es un pequeño punto en el mapa. Una isla con una posición tan estratégica en el mar Mediterráneo que a lo largo de la historia se ha convertido en víctima de cuanto país (más o menos) poderoso tenía cerca. Italia, Reino Unido e incluso los países árabes y los que pueblan el norte de África, han dejado su huella en esta tierra color ocre. El idioma, las costumbres y la tipografía, todo es una gran mezcla cultural de cada país que puso sus pies en Malta.

Mi viaje fue un recorrido por la historia que marcó la cultura de este punto en el mapa. De las sociedades que lucharon por la estrategia de estar cerca de todos lados. También de las personas que viven hoy en relativa calma, caminando por calles que llevan siglos siendo transitadas y que son protegidas por murallas igual de antiguas.

Tras los muros de La Valeta
La Valeta es el puerto principal de Malta y su capital. Llegar a la isla constituye una experiencia que no se repite con asiduidad. Primero, porque llegué por mar. Segundo, porque la sensación fue de estar viajando en el tiempo. La ciudad está protegida por altas murallas color miel que separan el territorio maltés del exterior. Una vez que se cruzan esas puertas, se traspasa a un mundo en el que el calendario cristiano parece funcionar a medias porque, sin pensar demasiado, dudamos de qué año estamos transitando.

Mis amigos y compañeros de viaje eligieron ese día para ir a sacarle fotos a dos modelos ucranianas. Pretendían contrastar el casco antiguo, desgarrado por el tiempo, no restaurado, con sus ocres predominantes; a las dos muchachas que lucían colores fríos y vestidos nuevos. Fotos hermosas que solo vi en la posproducción, porque en lugar de ir a sostener reflectores, caminé por ese casco viejo, transité por calles de miedo y otras de cuentos de hadas hasta llegar al final de la muralla. En ese lugar detuve el paso; frente a mí, el mundo real: edificios modernos, colores que se notaban nuevos, autos de este siglo. Detrás de mí, ahí es donde estaba toda la magia.

El casco antiguo de La Valeta es el paseo obligatorio de todo turista. Es la historia parlante de la isla. Un lugar creado durante las Cruzadas para atender a soldados heridos en batalla. Una ciudad, por tanto, creada por un motivo (que se consideraba) santo. Esas Cruzadas que acarrearon y arrastraron a personas de toda Europa a pelear por lo que se consideraba correcto, llevaron consigo a todos los ascendientes de Jean Parisot de La Valette, quien, por seguir la carrera familiar (digamos), también llegó a la batalla. Peleó contra los turcos en Rodas, defendió la antigua ciudad de La Valeta del sitio y luego mandó a reconstruirla. A él, caballero de la hermandad, debe Malta el nombre de su capital.

Desde el siglo XVI, este puerto recibe carga y personas de todas partes del mundo y en mi primer día en Malta, recorrí las mismas calles que tantos millones de personas recorrieron antes que yo. Como todos me recomendaron caminar hacia la izquierda, hacia la calle principal llena de tiendas de suvenir, fui hacia la derecha. No lo recomiendo. Caminé mucho más de lo necesario bajo el sol del verano (y, por cierto, esta isla está demasiado cerca de África como para no sentir el calor que calcina), sin sombra ni respiro ni agua. Tiempo que no habría gastado si, como me dijeron, hubiera caminado hacia la izquierda.

Por caminar en sentido contrario, fui testigo presencial de las calles angostas, los edificios desvencijados, las flores colgando por los balcones y los callejones sin salida. Supuse que si seguía la senda de la muralla, bordeando el agua, llegaría a alguna parte. No me equivoqué, eso sí lo tengo a favor. También fui varias cuadras detrás de un lugareño que caminaba muy tranquilo con su habano en la boca y cruzaba calles sin mirar a los costados.

Oficinas navieras en edificios de piedra amarilla, la bandera de Malta colgando desde las murallas hacia el mar, construcciones turcas y cristianas conviviendo en un mismo espacio y la magistral puerta de Victoria. Cada cierta cantidad de cuadras, aparecía un cartel que señalaba que la historia de La Valeta quedaba hacia el sentido que indicaba la flecha, como si esa historia no estuviera presente en el lugar por el que yo caminaba en ese mismo momento, como si yo solo estuviera transitando calles de paso que valen poco. Por el contrario, esas calles tienen una magia especial, justo porque no son reconocidas, porque no están abarrotadas de turistas sacando fotos ni de locales vendiendo suvenires. Calles viejas y tranquilas, con escaleras de piedra que llevan a ninguna parte.

La religión oficial maltesa es la católica, la isla tiene alrededor de 365 iglesias y algunas datan del siglo XII

Un fuerte estrella
Así llegué a un pequeño parque resguardado por las murallas de la ciudad. Con esculturas clásicas homenajeando a héroes locales y la de un caballero acostado (¿muerto?) erigida sobre el agua.

El fuerte de San Telmo tiene forma de estrella, fue el puerto principal de La Valeta durante cientos de años y también fue el escenario principal del asedio turco durante el gran sitio del siglo XVI. En el tiempo presente, en cambio, es un territorio verde donde mujeres pasean a sus bebes y adolescentes se encuentran para pasar un rato juntos. Un lugar colorido, vivo, que contrasta con el ocre y la sequedad del casco antiguo. La Valeta tiene una necesidad, al igual que otras ciudades tanto en Malta como en toda Europa, de demostrarle al mundo (y a los turcos) que su religión es la católica. En la mayoría de las esquinas hay una imagen religiosa, sea la virgen, Jesús o el papa Pío V. Las iglesias en Malta son muy hermosas; tienen el suelo cubierto de lápidas de caballeros, todas decoradas con muestras de aprecio y reconocimiento hacia el caballero que luchó por la isla, que pereció en ella. Los vitrales con imágenes religiosas de lucha. Piedras preciosas decorándolo todo. El color inunda las catedrales.

Las catacumbas de los suburbios
Rabat significa suburbio. En cierto momento de la historia de Malta, esta ciudad supo ser parte de los arrabales de Mdina, que, en el mismo momento de la historia, era la capital de la isla. Barrio popular a las afueras de los muros de la capital; templos religiosos públicos y pasadizos secretos. Hoy cruzamos una calle para diferenciar una ciudad de la otra.

Rabat es un templo religioso al aire libre. Cada esquina tiene su estatua, cada calle está dedicada a un santo. La catedral de San Pablo está situada en una explanada pública. Es un edificio que se alza entre estatuas dedicadas a diferentes santos, particularmente a San Pablo, personaje muy especial en la vida de Malta. Él naufragó en esa isla cuando cruzaba el mar de Creta en camino a Roma y vivió allí durante algunos meses. Para una población tan religiosa como la maltesa, este hecho es único en su género. A poca distancia de la catedral se encuentran las catacumbas. Un laberinto oscuro y húmedo de camas de piedra donde solían enterrar a los muertos. Un cementerio antiguo, cerrado, que ahora se usa como visita guiada para turistas. Antes entrar, subdividen a los visitantes en grupos de 10 personas. Pero no es por respeto a los muertos, es en caso de que los vivos sufran de claustrofobia.

Pasé la puerta e inmediatamente comencé a bajar escalones. Cada paso me llevó a un área más oscura y más fría que la anterior. Es que el mundo de los vivos queda del otro lado, donde el sol pica y lo ilumina todo. Ese, en cambio, es el mundo de los muertos. Las grutas tienen el techo tan bajo en algunas partes que uno se siente obligado casi que a gatear; y solo hace falta pegarse en la cabeza una vez con piedras del techo para aprender a caminar con la mano como casco. Se comparta o no la religión, este laberinto de tumbas es una obra constructiva gigantesca: hubo personas en los primeros siglos después de Cristo que usando poco más que pico y pala, cavaron piedras y construyeron túneles para poder llevar a cabo lo que consideraban correcto, enterrar a sus seres queridos (afuera de la ciudad).

La gran puerta
Desde la catedral de San Pablo a la puerta de entrada de Mdina hay dos cuadras y un pequeño parque. La división entre las calles amplias y color ocre de Rabat, con todas sus estatuillas al sol, de la gran capital antigua de Malta, que tiene muros y edificios que se alzan con toda la pompa, es muy sutil; sin embargo, es lo que deja en claro qué está de qué lado: los muertos en los suburbios. Mdina es una ciudad completamente amurallada y sin salida de emergencia: se entra y sale por la misma puerta que, como ciudad de cuento, tiene un puente sobre una fosa. Aunque ya no hay agua en esa fosa, el hecho de que esté allí es prueba de la imponente ingeniería que la ciudad tenía muchos siglos atrás cuando sí contaba con agua en todas las fosas y las fuentes; especialmente al ser una región tan árida.

Es la ciudad más antigua de Malta y algunas familias llevan viviendo allí más de seis siglos. Este es un lugar un tanto extraño a ojos modernos: solo los locales tienen permitido manejar autos, aunque en la mayoría de las calles no entran, especialmente en el casco antiguo, porque son muy angostas. Una mazmorra me dio la bienvenida. A un costado, en una pequeña explanada pública estaba expuesto (espero) un instrumento de tortura medieval con tres agujeros: uno para la cabeza y los otros para los brazos. Una vez advertida de que los malteses no se toman las ofensas a la ligera, continué caminando por calles adornadas con edificios muy vistosos pero nada de vegetación. Tierra árida, como ya dije.

En Mdina se aprecia un menú de arquitectura universal muy pintoresco. Balcones árabes, con forma de estrella u otras geometrías, pintados de colores vivos, que resaltan sobre el resto de los edificios, de arquitectura clásica, que conservan el color ocre que reina en el resto de la isla. Caminar por esas callejuelas nos proyecta a otro tiempo, es que las reconstrucciones que tiene la ciudad tienen el único objetivo de que no se caiga a pedazos, el resto se mantiene casi intacto; especialmente la calle principal, donde ahora hay demasiadas tiendas de suvenires.

Como es tan común en la isla (y en tantos otros templos del mundo), la catedral de San Pablo tiene el piso lleno de tumbas. Es imposible dar un paso sin interrumpir el sueño eterno de algún caballero de la orden o alguna persona que en su momento fue importante en ese punto del mapa. Se vuelve una decoración interesante para el suelo, en lugar de alfombras o simples baldosas, hay calaveras y esqueletos envueltos los unos en los otros.

Resumiendo
Malta es una tierra árida. Una isla de vencidos y vencedores. Un lugar que albergó santos luchadores (y otros que no lucharon), que presenta una inclinación abrumadora hacia la religiosidad desde hace más de 500 años. Pero, a su vez, dejando de lado las catedrales, los santos en las esquinas y hasta las catacumbas, Malta es un pequeño (gran) punto estratégico que une Oriente con Occidente, Europa con el mundo turco. Y es, también y sobre todas las cosas (al menos para mí), un pasaje a otra época: cuando algunos presos se ataban en las plazas públicas para ser abucheados por el pueblo, cuando las calles eran pequeñas porque solo transitaban peatones o caballos, cuando las fuentes eran las que daban vida a la ciudad. Hoy esas fuentes ya no tienen agua.

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