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Maratón de cumbres

En solo 30 días, Washington enfiló cuatro cumbres presidenciales para reunir a todos sus aliados y aislar a la rival alianza sino-rusa, con esta Segunda Guerra Fría como telón de fondo. ¿Cómo le fue?

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01 de julio de 2022 a las 05:00

En su afán de armar una gran entente cordiale contra el eje Moscú-Beijing –dentro del esquema crecientemente bipolar que se recorta en el tablero geopolítico– Washington se puso las pilas. En cuestión de treinta y pocos días, eslabonó una serie de cumbres presidenciales que, como un largo collar de perlas rescatadas de un viejo baúl, pretendía aglutinar a todos sus aliados por el mundo. Con ello, los estrategas de la Administración Biden esperaban enviar un contundente mensaje a la alianza del “oso y el dragón”: una exhibición de músculos que dejase en claro que el viejo Tío Sam no está acabado aún, y que resistirá hasta las últimas consecuencias antes de ser superado como hegemón del planeta.

Todo empezó a fines de mayo con la Cumbre del Quad en Tokio, un bloque de seguridad estratégica que integran Estados Unidos, Australia, India y Japón para contrarrestar la influencia china en el Asia-Pacífico. Allá fue Biden a reunirse con sus jefes de Estado y de gobierno. Desde sus primeros días en la Casa Blanca, el gobierno del demócrata le ha impreso a todas estas alianzas y sus cumbres un carácter inusitadamente perentorio, como si estuviera en juego algo grande y más o menos urgente a nivel geoestratégico. 

A partir de la invasión a Ucrania, esa urgencia se ha hecho más ostensible. Como se pudo apreciar en esa misma cumbre con el nuevo primer ministro de Australia, Anthony Albanese, que ni bien se juramentó en el cargo, salió volando para Tokio. Ni siquiera le dio tiempo a pronunciar su discurso de toma de posesión. Se estrenó como jefe del gobierno australiano en la capital japonesa.

A la del Quad, le siguió la Cumbre de las Américas, días después en Los Angeles, y todo el psicodrama de los no invitados, los que amagaron no ir, los que terminaron yendo igual y un balance desastroso para los intereses de Washington en la región.

El plato fuerte, empero, era esta semana, con las cumbres, primero del G7, celebrada en el imponente Castillo de Elmau en los Alpes Bávaros, y luego la de la OTAN, en Madrid. Así Washington pretendía cerrar filas con todos sus aliados en cuatro continentes y hacer una gran demostración de fuerza en esta Segunda Guerra Fría que ya empezó.

Veamos qué tal le fue:

En la Cumbre del Quad le fue muy bien, aunque la India, aliada histórica de Rusia, sigue siendo la piedra en el zapato de Washington en ese bloque ad hoc. Y eso que el establishment estadounidense de política exterior (cuyos miembros son buenos lectores de Robert Kaplan –yo también, por si acaso–) le han cambiado el nombre a la región, de Asia-Pacífico, que cada vez se oye menos, ha pasado a llamarse Indo-Pacífico, precisamente para congraciarse con Delhi. Pero van a tener que hacer un poco más que eso para ganarse su voluntad, y francamente, dudo que lo logren.

En Los Angeles, no solo fue el tan llevado y traído problema de los no invitados que jalonó la cumbre de principio a fin, sino la actitud rebelde de algunos jefes de Estado que sí acudieron a la cita, sintetizada en el durísimo discurso de Alberto Fernández frente a Biden. La sensación que dejó es la de un continente donde Washington ya no impone condiciones. La singular coyuntura regional refleja que la gran batalla por el poder blando con China la está librando acá. No en África, no en el Asia Pacífico, donde cada cual sabe más o menos los puntos que calza, sino en América Latina. Una batalla sin bombas ni misiles que Estados Unidos va perdiendo de modo palmario.

Los mejores alumnos de Washington siguen siendo los europeos. En el G7 dieron una vez más su espaldarazo al gobierno Biden para seguir sosteniendo la guerra en Ucrania, enviando armas y sancionando a Rusia. Y en la Cumbre de la OTAN, además de anunciar el ingreso de Finlandia y Suecia a la alianza atlántica, señalaron a China como un desafío “sistémico” y a Rusia como la “principal amenaza”. Es el llamado “Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN”, vigente para los próximos diez años: acelerar el choque contra ese Jano bifronte con una cabeza de dragón y otra de oso.

Sin embargo, no está claro hasta cuándo se podrá mantener ese apoyo incondicional. Los líderes europeos entre ellos piensan y dicen una cosa, y otra cuando viajan Biden y Anthony Blinken de visita. La realidad es que hay una gran fatiga en Europa por la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia, que han encarecido la vida, disparado la inflación y puesto en riesgo la seguridad energética. Una reciente encuesta del Consejo Europeo revela que la mayoría de los europeos quiere poner fin a la guerra, que Ucrania haga las concesiones que tenga que hacer y volver a la vida normal.

Estas, desde luego, no son las intenciones de “the Blob” (el amasijo), como se conoce en el argot de las relaciones internacionales al establishment de política exterior de Washington, un aquelarre de halcones belicistas que es, con diferencia, el más poderoso del mundo. Estos, como antes en Irak, en Afganistán, en Siria y en otras partes, quieren y van a prolongar esa guerra lo más posible. Si es por ellos, años. Mientras se alimenta el complejo militar-industrial de cuya puerta giratoria son clientes preferentes.

La pregunta es hasta cuándo podrán resistir este estado de cosas los líderes europeos contra la voluntad de sus poblaciones, que van a expresar cada vez más reticencias. La estrategia es mala, sube los precios y destruye las economías de Occidente. Una receta de todo lo que un líder no debe hacer.

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