Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
En nuestras cartas anteriores, hablamos de ese aspecto particular de la vocación que se manifiesta en el hacer y aún más particularmente en el trabajo. La vocación, decíamos, descubre la actividad, entre todas las posibles, que puede dar plenitud a nuestra vida.
No es poca cosa. Lo que hacemos no representa un detalle más, entre muchos. Nuestros actos nos identifican esencialmente; y así podemos distinguir a un bibliotecario de una medusa, por ciertos actos que uno realiza y la otra no. Aristóteles enseña que nos manifestamos como lo que somos exclusivamente a través de nuestros actos propios, de nuestro hacer. Como principio de ciertas operaciones (y no de otras), somos una naturaleza determinada (pero no otra).
Esto es muy interesante: nuestra naturaleza antecede, posibilita y sugiere nuestros actos. Por eso es tan importante conocerse a uno mismo. En la era del hiperecologismo, podemos preguntarnos: ¿es tal cosa natural? ¿Se deriva tal cosa de la naturaleza? En la respuesta, tendremos una guía, una indicación, incluso ética. Si hay una naturaleza de las cosas, sus indicaciones son un beneficio que no debería desdeñarse.
Por otra parte, entiendo que una mirada meramente naturalista, no le hace del todo justicia al hombre. Sí, en cambio, a la medusa, al ruiseñor y a las cucarachas, porque ellos sólo son la suma aristotélica de sus actos. Pero el hombre excede siempre la mecánica aritmética de la materia. Parafraseando a un poeta andaluz, podríamos decir que “Arde en nosotros un misterio…”.
Ni siquiera nuestro hacer vocacional, aquello que descubrimos que debíamos ser -filósofos o jardineros, albañiles o jinetes, aviadores o arqueólogos-, nos representa del todo, ni nos define. Oscura o luminosamente entendemos que somos más. Más incluso que aquello que hacemos tan bien; aquello que, por mucho que busquemos, quizás nadie hará mejor que nosotros. No debemos nunca reducirnos al producto de nuestro trabajo (como, en cambio, sugería Marx, en una dimensión meramente horizontal). El concepto de homo faber, de un ser humano capaz de controlar su destino a través de su trabajo sería atractivo sólo si su destino fuera una cosa pequeña y de poca monta.
En el ser humano hay más. Constantemente experimentamos la presencia de un elemento imprevisto, inesperado, que nos despierta y nos exige, con tal fuerza que es capaz de arrojarnos fuera de la cómoda pajarera en la que tan ordenadamente nuestro homo faber había previsto comer alpiste tres veces por día. Y que nos dice: “¡Basta ya de cómodos cafecitos sin azúcar y de ordenadas bibliotecas!… Ya es hora de descubrir las rosas que crecen en los canteros de los cipreses…
¿Qué es eso que nos saca de nuestro rincón pequeño-burgués y de una perspectiva esencialmente aburrida? ¿Qué nos hiere y nos sacude, y nos saca a pasear fuera de nosotros mismos, por esas regiones donde la vida vale la pena ser vivida?… ¿No es acaso cierta inclinación que sentimos hacia otros seres humanos que están más allá del yo, eso que técnicamente se llama el prójimo, lo que María y yo llamamos hijos, - o hermanos, o amigos, o compañeros de trabajo o vecinos?
Sólo cuando somos capaces de ir más allá de todas las zonas que la agenda del yo acomoda a nuestra conveniencia y nos exponemos a las demandas del prójimo, nuestra vida se hace verdaderamente humana. Porque se abre al riesgo y al fracaso: a la tragedia. Una tragedia es precisamente el momento en que se hace necesario que actuemos por encima de nuestro hacer natural, y que asumamos valientemente (aunque no siempre sin miedo) un destino no prefabricado a la medida de nuestra mediocridad. La tragedia consiste en la interpretación de un destino que nos excede (y que, por otra parte, puede resultar mal). Por eso su belleza reside, no en el cumplirse de unos hechos, sino en el acometerse de unas hazañas en favor de otros.
Los demás sacuden constantemente las estructuras que con tanto esfuerzo y paciencia construye nuestro homo faber -ese sistemático organizador de agendas cómodas y a medida. De ellos aprendemos que no estamos aquí sino para atender sus demandas que -incluso en su desmesura y en su insensatez - nos abren a una vida de heroísmo e incertidumbre que, entonces sí, vale la pena ser vivida.
Estimado Leslie:
Leer su carta fue un verdadero deleite, especialmente porque dice muchas cosas que siento pero que no me es siempre fácil poner en palabras. Aunque soy consciente de que no lo aparento, lo cierto es que me considero una persona profundamente solitaria. Existe un refrán popular que dice que lo vivido durante los primeros años de la vida queda en nosotros para siempre, y no en vano Freud consideró que en la infancia se gesta el futuro de todo individuo. Y si yo tuviera que definir en una palabra a la Magdalena niña diría, sin vacilar, “soledad”. Pero no una soledad triste, no. Mi soledad de niña era muy parecida a la que, ya adulta, experimento cuando hago mis retiros de “silencio y soledad”, un poco para liberarme de las demandas que los otros inevitablemente me imponen, y otro poco para poder salirme de la mecánica de la existencia cotidiana y ver la “película” de la vida desde una perspectiva más distante y desprendida.
Claro que a los cuatro o cinco años nada sabía aún del conocerse a uno mismo, del llamado de la vocación, del homo faber, de la fuerza del destino, ni de la “cómoda pajarera” en la que vivimos adaptados a las rutinas que nos impone la vida cotidiana. Por eso pienso que la soledad era ya para mí, más que una decisión que motiva el hacer, una forma de estar o existir en el mundo. Una disposición existencial, digamos, que viene dada de antemano. Casi, casi, pero no exactamente igual a esa “naturaleza determinada” de Aristóteles.
Es cierto que hoy está muy en boga la pregunta por la “naturaleza de las cosas”, incluso de las facetas y disposiciones humanas. Pero a diferencia del resto de los animales que son conducidos por sus inclinaciones innatas, es muy poco lo que a “ciencia cierta” sabemos acerca de la naturaleza humana. Que somos animales sociales, políticos, imaginativos y racionales, conscientes de nuestra individualidad, vulnerabilidad y mortalidad. Que tenemos un cuerpo y una psyqué (que algunos traducen como mente y otros como alma), que “dialogan entre sí” y se afectan mutuamente. También sabemos -aunque muy recientemente, y gracias a los avances de la neurociencia- de la existencia de “neuronas espejo” que nos inducen espontáneamente a la empatía (y en esto hay que reconocerle a Montaigne y a Rousseau su precocísima intuición cuando respaldaron el mito del “buen salvaje”). Pero no mucho más -ni menos- que esto.
Si algo aprendí a lo largo de mi pasaje por la Facultad de Psicología es que cuánto más aprendemos acerca del ser humano, más profundo, complejo e insondable se nos muestra el misterio de su esencia. Como en la filosofía, todas las teorías o abordajes psicológicos aportan su cuota de luz en la búsqueda de conocimiento, pero nunca en forma absoluta o definitiva. Poseemos esa asombrosa capacidad para desbordar nuestra propia capacidad cognitiva, explicativa y predictiva. Como usted bien dice, en el ser humano siempre hay más.
Pero entonces, ¿qué podemos saber acerca de nosotros mismos? Freud diría que dada la importancia decisiva de las experiencias infantiles para forjar el carácter del adulto, yo poseo, en esencia, una personalidad solitaria. Quizás sea esa mi tragedia y, acaso también, la razón por la cual me siento tan enamorada de la criatura humana. Porque, por un lado, coincido con Sartre en que “el infierno son los otros”, y por eso mi necesidad de apartarme para liberarme un poco de sus imposiciones y expectativas. Pero, por otro, también concuerdo con usted en que los otros “nos abren a una vida que vale la pena ser vivida”. Esto último lo aprendí, creo, gracias a la perspectiva distante y desprendida que me concede la soledad como destino, y desde la cual puedo apreciar al ser humano, a mi misma y también los otros, de forma más justa y realista.
Porque debo confesarle, Leslie, que a veces pienso que los pequeños rincones y pajareras no son más que quimeras auto-creadas para procurarnos una ilusoria sensación de confort. Porque, en definitiva, los seres humanos somos bien parecidos a los erizos del ingenioso dilema de Schopenhauer; oscilando entre el frío y desamparo de la soledad, y el dolor causado por el pinchazo de las púas de los demás puercoespines. Y la tragedia, la hazaña épica que estamos destinados a acometer es, entonces, encontrar la distancia justa entre unos y otros.