Estilo de vida > Romance

Mi historia de amor contada por el tarot

Una decisión tomada en medio de una ruptura y una revelación final 

Tiempo de lectura: -'

03 de noviembre de 2019 a las 05:00

Stefanie Abel Horowitz

The New York Times Service
 

Alguna vez estuve enamorada de un chico que me rompió el corazón de maneras que no sabía que era posible romper un corazón. En el duelo, mientras me preguntaba si realmente había terminado todo, si debía avanzar, hice lo que cualquier mujer de casi 30 años que se respeta a sí misma haría: fui a que me leyeran el tarot.

La tarotista se llamaba Sky. Tenía mechones de cabello rubio platinado y sus brazos estaban repletos de tatuajes. Miró una vez las cartas y me dijo tres cosas que cambiarían mi vida. 

Primero, dijo que me iba a despedir de la ciudad de Nueva York, donde había estado siete años y que consideraba iba a ser mi hogar por siempre.

Segundo, me dijo que mi carrera iba a ser un camino serpenteante con muchos giros inesperados, pero que debía estar abierta a cualquier posibilidad.

Tomó una pausa antes de su tercera predicción y me dijo: 
-“¿Estás en una relación?”.
-“No”.
-“¿Acabas de terminar una relación?”.
-“Sí”.
-“Esto va a ser delicado”, me comentó. “Pero te lo tengo que decir: Él es tu destino. En este momento no está listo, pero en tres años va a regresar a ti. Mientras saldrás con otros, pero con ellos no va a funcionar”.

Odio admitirlo, pero era lo que quería escuchar. Quería que me dijeran que las mariposas en el estómago que sentí cuando mi ex y yo nos conocimos por primera vez seguían significando algo. Quería sentir que había tenido la razón cuando les decía a mis amigas que él era el amor de mi vida. Quería esa confirmación y aquí la tenía, de una mujer cuyas cartas estaban tan desgastadas como su cara. ¿Cómo ella iba a estar equivocada?

Sus primeras dos predicciones se cumplieron con rapidez.

Seis meses después de la lectura del tarot, cansada de una vida con ingresos tan bajos como directora teatral, tomé una decisión sorpresivamente apurada de regresar a Michigan. No estaba segura de qué iba a hacer ahí, pero sabía que tenía que irme de Nueva York.

No hay mucho teatro en Detroit por lo que, como se predijo, mi carrera tuvo un camino serpenteante en el que aproveché mis capacitaciones alternas y me dediqué de tiempo completo a dar clases de pilates.

La mujer que me leyó el tarot ya había acertado en dos cosas y ni siquiera había pasado un año.

Luego, en una fiesta organizada por amigos del bachillerato, encontré a Brandon, el hombre con el que no iba a funcionar, a decir de mi lectora de tarot.

Más bien, volví a encontrar a Brandon; habíamos salido en el colegio, diez años atrás.

Me hizo reír mientras estábamos entre cervezas tomadas a medias y vasos rojos de fiesta. Era alto, con una cara gentil y una pequeña sonrisa apenada que no podía contener. Me sentía cómoda en su presencia.

Una semana después fuimos a caminar por una reserva natural y nos empezamos a reconocer. Después de eso empezó a llamarme desde su trabajo y a enviarme mensajes desde sus viajes de campamento. Cuando salíamos a cenar con amigos solía poner su mano sobre la parte baja de mi espalda y me quedaba casi sin aliento.

“Tengo un afecto profundo por ti”, me decía, con aquella sonrisita. “Tengo un afecto profundo por ti, también”, le respondía. Se me olvidó rápidamente que no estaba destinada a estar con él.

Después de casi un año en Detroit regresé a Nueva York para un trabajo que me había comprometido a hacer antes de empezar a salir con Brandon. Para mantener viva la relación a distancia aprendimos a empezar los DVD en exactamente el mismo momento para poder ver películas juntos. Nos visitábamos cada ciertas semanas y nos extrañábamos terriblemente cuando no estábamos juntos.

Me enamoré de Brandon, profundamente. No hubo un rayo inmediato de certeza, sino un calentamiento gradual que se volvió algo muy dulce. Quería casarme con él, y le dije que eso quería. Soñaba con pintar muros de nuestro hogar y con sacar a pasear a nuestros perros; me imaginaba todas las maneras en las que íbamos a construir un futuro.

Siete meses después, terminé mi trabajo en Nueva York y decidí que tenía que hacer una última gran mudanza. Esta vez quería probar mi suerte como cineasta en Los Ángeles, un nuevo giro en mi camino serpenteante. Brandon estuvo de acuerdo con que debía hacerlo. Dijo que su trabajo en bienes raíces era relativamente transferible a otro sitio y que me iba a alcanzar pronto. Le creí.

Aquel exnovio que era mi supuesto destino había estado en Los Ángeles para estudiar un posgrado durante los dos años que pasé enamorándome de Brandon. En mi traslado a California deseé que, cuando él se graduara, se fuera a mudar de regreso a Nueva York para no tentarme a pensar en un destino que ya no quería. Pero cuando llegué a la ciudad, una amistad en común me dijo que el plan de ese exnovio era quedarse ahí.

Me dejé atrapar por la posibilidad de encontrarme con él al azar. Empecé a pensar en él; dónde vivía, cómo pasaba sus días. A veces creía haberlo visto en la calle y se aceleraba mi corazón, se esparcían punzadas de energía ansiosa por mi cuerpo, pero siempre se trataba de un desconocido con un corte de cabello similar.

A medida que crecía mi ansiedad sobre él, mi relación con Brandon empezó a padecer. La diferencia en husos horarios era complicada, los vuelos eran largos y costosos y la presión para que él se mudara conmigo para la nueva vida era constante. Le rogaba que se apresurara a alcanzarme, pero los grandes cambios no eran lo suyo y este gran cambio parecía haberlo frenado por completo.

Pasaron meses en los que intenté mantener viva una relación mientras temía que otra se acercaba por el plazo del tarot. Y después, apenas semanas antes de la meta de tres años predicha, mi amistad que seguía estando en contacto con mi ex decidió visitarnos a ambos en Los Ángeles. Y así, de pronto, se abrió una puerta. Por primera vez desde el rompimiento, mi ex y yo íbamos a estar unidos por el tiempo y el espacio, lo cual me tenía sacudida.

¿Las cartas habían tenido la razón? ¿En serio mi relación de dos años y medio con Brandon no había sido más que una ilusión? ¿Una que siempre se iba a disipar en cuanto venciera el plazo de tres años? ¿O acaso yo misma había hecho que se cumpliera este destino por creer tanto en él?

Y ahora, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Esperar pacientemente a que las cartas me dirigieran hacia una nueva vida vieja? ¿Dejar que se desmoronara una relación para abrir los brazos a otra que en realidad ahora resentía porque tuvo una constancia acechadora en mi mente durante tres años?

Terminé por escribirle un correo a mi ex. “Hey”, lo empecé, con un tono casual, como si el posible saludo no me hubiera pesado desde hace años. “Ha pasado mucho mucho mucho tiempo. Ahora estoy viviendo en L. A., aunque creo que ya lo sabías. ¿Supongo que estaba pensando que por fin sería buen momento de tomarnos un café? ¿Cómo veees?”.

Estuve viviendo en la duda durante tres años, pero solo tuve que esperar unas horas para su respuesta.

“Aló, aló”, me escribió. “Aprecio la valentía que tuviste al escribirme, pero la verdad no me interesa ir por un café, perdón. ¡Espero sinceramente que todo vaya superbién en tu vida!”.

Eso fue todo. Nada de destino, ningún rayo de certeza. Nada de lo previsto en las cartas.

Meses después me topé con él en un parque donde estaba sentado en una banca con alguna mujer. Ni siquiera se levantó para saludarme ni me presentó a la persona con la que estaba. Solamente se quedó sentado, incómodamente, y me preguntó si me gustaba Los Ángeles; me alejé riéndome de lo absurdo que fue todo.

Pero antes de eso, al momento de leer su correo y de que quedara plasmada esa realidad, recordé que las cartas todavía tenían una profecía pendiente: que iba a salir con alguien pero que no iba a funcionar. Había amado a Brandon y no porque alguna tarotista me hubiera dicho que así sería, sino por algo real y profundo que compartimos. No obstante, unos meses después sí terminamos. Éramos personas diferentes viviendo en lugares diferentes que se habían apartado.

No terminamos porque las cartas así lo predijeron, aunque tampoco fue completamente una falla de las cartas que mi ex y yo no nos reuniéramos. Yo fui quien eligió creer en la posibilidad de que había una historia preescrita y perfecta en la que solamente tenía que jugar mi papel, pero no había historia preescrita para Brandon y para mí. No hay historia preescrita para nadie. 

¿No es esa parte de la jugada que tenemos con nuestras parejas: la disposición a vivir juntos en una historia que se está escribiendo en vez de en una que ya fue contada? Intentar ver el futuro antes de que suceda no es más que un intento de que la terrible incertidumbre sobre estar enamorados, y quedarnos así, sea más fácil de sobrellevar. 

 

Stefanie Abel Horowitz es cineasta y vive en Los Ángeles. Su corto más reciente, “sometimes i think about dying”, se estrenó en el festival Sundance en enero de 2019.

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