27 de junio de 2013 18:14 hs

Para albergar a las 2.000 personas que quisieron despedirse hoy de James Gandolfini, Nueva York puso a su disposición una de sus mayores catedrales, la episcopaliana San Juan el Divino, un lugar "lo suficientemente grande para albergar un corazón y un espíritu enormes", aseguraron durante la ceremonia.

Una hora y media de funeral, oficiado por el deán de la catedral, el reverendo James A. Kowaski, despidió al protagonista de Los Soprano, ocho días después de la impactante noticia de su muerte en Roma a los 51 años, víctima de un ataque a ese corazón que hoy sus familiares, amigos y colegas alabaron.

"Gracias por amarme y creer en mí. Te amo Jim, y siempre te amaré", decía su viuda, Deborah Lin Gandolfini, hablando todavía en presente, ante una parroquia en la que no faltaron miembros de su otra "familia", el clan mafioso de ficción formado por Tony Sirico, uno de los más afectados, Edie Falco, Joe Pantoliano, Dominic Chianese, Steve Schirripa, Aida Turturro, Vincent Curatola y Michael Imperioli, que quisieron despedir a su "patriarca" durante seis temporadas.

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"Una vez me dijo: '¿Sabes lo que quiero ser? Un hombre de verdad. Y eso es lo que era, pero gracias a que tenía dentro a un niño, un niño triste, asombrado y confuso. (...) Su talento era preescolar, primario, preintelectual. Era pura emoción", recordó entre bromas y lágrimas David Chase, creador de la serie que le dio la fama y tres premios Emmy.

Después del adiós íntimo del miércoles en Nueva Jersey, hoy era el acto público y multitudinario en el barrio Moringside Heights de Manhattan, tras el cual diez hombres, entre ellos su hijo Michael, sacaron el féretro para enterrarlo en privado.

Chase, quien con Los Soprano inauguraría el tópico de que "el mejor cine está en la televisión" había sido invitado por la familia para que hablara del Gandolfini actor, pero no pudo evitar hablar desde la amistad de quien definió "como un hermano", con toda la connotación que lo familiar tenía, en la pantalla por su condición de mafioso, y en su vida, como ese "buen chico de Nueva Jersey".

"Nos unía nuestra entrega a la familia, al trabajo, a la comida, al alcohol... A las charlas, a la ira y al deseo de romper los esquemas", aseguró, en una ceremonia en la que no faltó el Salmo 23 ("El Señor es mi pastor, nada me falta") y una selección musical que fue desde Bring Him Home, Los miserables, a una despedida con Brahams, con su melodía O Welt ich muss dich lassen (Oh mundo, te tengo que dejar).

Además de Chase y la viuda de Gandolfini, hablaron desde el altar sus amigos Thomas Richardson y Susan Aston, que se dirigieron a una parroquia en la que también estaba el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie.

"James, Jamie, Jim, Jimmy... mi gran oso de peluche", le recordaba con la voz entrecortada Aston, amiga y asistente de diálogos de Gandolfini en la serie. "Él nos enseñaba que lo opuesto de la debilidad no es la fuerza, sino la aceptación de la vulnerabilidad. Era capaz de tocar, dentro y fuera de la pantalla, nuestra fibra sensible", añadía.

Aston recordó que, en su última conversación, le había comunicado su intención de rechazar un proyecto cinematográfico para pasar el verano con su familia en las playas de Nueva Jersey.

Los admiradores de la serie, que comenzaron a llegar antes de las ocho de la mañana, cuando el féretro hacía entrada en la catedral, pudieron también rendir homenaje a quien les acompañó durante años a través de la televisión. "De alguna manera siento que he perdido a un amigo, aunque sepa que en realidad no lo conocía", dijo Vicky, una admiradora.

Además de su apabullante currículum televisivo, Gandolfini había destacado en papeles secundarios en películas como Killing Them Softly o La noche más oscura, y en el teatro con Un dios salvaje, por la que optó al premio Tony. Ayer, los teatros de Broadway se sumaban a la conmemoración atenuando las luces de sus marquesinas a las ocho de la noche.

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