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11 de agosto 2023 - 5:00hs

Kapuscinski dice en Ébano, con esa visión penetrante que solo el célebre cronista polaco poseía de las culturas y civilizaciones del Sur Global, que África en realidad no existe. Es un reduccionismo, una entelequia, un nombre que usamos para denominar lo que no podemos abarcar. África es “todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria”.

Lo mismo podría decirse de los propios países africanos; son un invento europeo. Cada uno de ellos es un trazado grotesco y caprichoso hecho con un tiralíneas cuando las potencias europeas se repartieron el continente en la Conferencia de Berlín, a fines del siglo XIX, sin la más mínima consideración por los deseos y necesidades de sus habitantes, y con la única motivación de lograr la mayor cantidad de territorio para sus respectivos imperios. Si mira usted el mapa de África, verá los miles de kilómetros de divisorias incompresibles; todo cortado exactamente como quien se reparte una torta, sin ningún viso de frontera natural. Y con ello, lo que hicieron fue dividir a numerosas etnias en su propia tierra. De un día para el otro, tribus africanas despertaron atravesadas por una frontera que no sabían ni lo que significaba. De pronto un individuo descubría que pertenecía a un Estado; pero su primo hermano –vínculo familiar fortísimo en la cultura africana– vivía ahora en el Estado de al lado.

Por eso, desconfíe del que le quiera explicar el golpe de Estado del pasado 26 de julio en Níger en términos de blanco y negro, buenos y malos, pro-occidentales y prorrusos. Nada es tan sencillo en África.

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Desde luego, hubo un golpe de Estado y este debe ser condenado como cualquier golpe en cualquier parte. No le voy a contar lo que ya han dicho todas las agencias y los demás diarios han levantado, usted ya lo sabe. Digamos sí que contrariamente a lo que opina el New York Times en su nota tipo “ABC” de la crisis nigerina, el golpe sí es un golpe de manual: encabezado por un coronel del ejército apoyado por una junta; aunque después hayan puesto a un general al frente del país, no cabe duda que se trató de un cuartelazo clásico que logró tomar el poder. Lo que difiere es el tiempo, y sobre todo el lugar. Porque precisamente hablamos de África, ese gran “cosmos heterogéneo” del que habla Kapuscinski.

Consumada la felonía contra el estado de derecho, vimos primero cómo los golpistas no cedieron al ultimátum impuesto por la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), bloque africano apoyado por Estados Unidos y Francia que exige la restitución del depuesto presidente nigerino Mohamed Bazoum. Al tiempo que amenaza con una intervención militar, que también respaldan Washington y París.

Los militares rebeldes tampoco cedieron luego a las presiones y pedidos de la subsecretaria de Estado norteamericana y neocon todoterreno Victoria Nuland, que viajó a Niamey y se reunió sin suerte con ellos; ni siquiera fue recibida por el ahora gobernante de facto, general Abdourahamane Tiani.

La cosa se puso aun más complicada cuando Burkina Faso y Malí anunciaron a sus vecinos africanos que una intervención en Níger sería considerada como una “declaración de guerra” contra ellos. Entonces se temió que todo fuera a desembocar en un gran conflicto regional. En estos dos países ha habido golpes de estado, y sus gobiernos apoyan al nuevo régimen que derrocó a Bazoum en Niamey.

Como Níger, ambos son también ex colonias francesas; todos ellos pertenecían a la tristemente célebre Colonia del África Occidental Francesa. Y el germen del golpismo africano se remonta precisamente a ese colonialismo. El origen colonial del Estado africano, que creó lo que se conoce como “la politique du ventre”, legó a su vez esa cultura golpista tan dura de erradicar en su clase dirigente. Hay un famoso libro de Jean-François Bayart, titulado El Estado en África. La política del vientre, que describe precisamente este fenómeno: cómo el estado colonial dejó en pie una estructura y una forma de hacer política en África para beneficio de los gobernantes, o de un grupo, a expensas de la comunidad. Y el golpismo es el epítome de esa estructura colonial inveterada.

Cuando esta edición marchaba a rotativas, los líderes de los países de la CEDEAO, encabezados por el presidente de Nigeria, Bola Tinibu y reunidos en Abuya, declaraban que “todas las opciones están sobre la mesa” en Níger, trillada amenaza velada de una intervención militar. Espoleados por el Departamento de Estado, Tinibu y sus aliados redoblan la apuesta. Detrás del emisario que el nigeriano envió a Niamey esta semana y de su voluntad de diálogo (aunque esta última, no del todo declarada), persiste el garrote de la intervención militar y Tinibu se ha ocupado de que esto quede claro.       

Debería tener un poco más de cuidado. Está bien tolerancia cero con los golpes de Estado en el África Occidental, como el propio líder nigeriano sentenció en julio al asumir la presidencia de la CEDEAO. Pero volvemos a lo del principio: es África. Y la enorme mayoría en Nigeria se opone a una guerra con “el hermano” Níger. ¿Se acuerdan lo del trazado de mapas en la repartición entre británicos y franceses? Bueno, resulta que Níger y Nigeria comparten más de una etnia a lo largo de su frontera: los hausa, los fulani y otros pueblos no solo comparten lengua, costumbres y comercio, sino hasta clanes y lazos de familia.

Estos líderes democráticos del África Occidental deberán proceder con suma cautela para asegurar la democracia en Níger sin desatar un infierno en la región; allí se sabe quién dispara la primera bala pero nunca la última. Y los países no se mudan. El apoyo de EEUU y Francia puede hacer sentir a un líder muy seguro en un momento dado. Pero Washington y París están donde están y tienen los intereses que tienen; estos países africanos van a ser vecinos de los nigerinos pero el resto de sus vidas.

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