Históricamente, los premios Oscar han pretendido un estatus de calidad muy difícil de sostener. Si partimos de la base de que son premios otorgados según el tamaño de la campaña de publicidad que hacen sus productoras es muy difícil creer que aquellas películas que son nominadas –o incluso que ganan– son lo mejor que la industria angloparlante puede ofrecer (de hecho, este año el nivel es de medio pelo con ejemplos como Lincoln o Life of Pi). Pero como parte de esa intención de calidad –y sobre todo desde que el número de nominadas a mejor película se ha extendido nuevamente hasta 10– se apuesta a la inclusión de algún largometraje independiente, desmarcado de los grandes estudios y de las mayores producciones.
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