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Pobres y, para peor, vagos

La mayoría de los uruguayos considera, manejando vaya a saber qué información, que quienes reciben ayuda del Estado son todos vagos.

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09 de julio de 2013 a las 00:00

La opinión pública, ese concepto inasible y tantas veces citado, resulta un arma de doble filo que puede empujar a los gobernantes a la mejor de las acciones o a la peor de las infamias.

Acostumbrarse a seguirle el juego a rajatabla a la señora que comenta aburrida en la cola del supermercado o al pibe que se duerme y rabea en el facebuc o en el tuiter es, además de una tontería, un peligro.
Por suerte a veces y por desgracia otras, la indignación de los uruguayos indignados no va más allá de un berrinche y de un pataleo corto que, cada tanto, se refleja en alguna encuesta.

Es así que el 60% de los uruguayos cree que las personas pobres que reciben dinero del Estado son “vagos”. Según un estudio serio, que parece broma, publicado por Búsqueda, gente de todos los partidos considera que ese dinero repartido por el Plan de Equidad –que oscila entre los 300 y los 3000 pesos por persona- es una estafa que debe terminar.
Las cifras oficiales indican que esas políticas asistencialistas lograron bajar la pobreza y la marginalidad pero, es evidente, ni los propios votantes de este gobierno se lo creen.

¿Cuál es la información que manejan seis de cada diez uruguayos y que buena parte del resto ignoramos completamente? ¿cómo saben que los pobres que reciben plata no son gente necesitada sino unos canallas a los que no le gusta trabajar?
La respuesta parece imposible. Esa seguridad acerca de la deshonestidad de los más pobres es sospechosa y no parece surgir de datos concretos de la realidad sino de habladurías y de deseos propios.

Porque si logramos creer que esta gente se gasta la plata del Estado en caramelos, alcohol y celulares, se nos hará más fácil seguir propalando una solidaridad que no estamos dispuestos a practicar. (Este último razonamiento nos puede llevar a la conclusión de que los pobres no se merecen ni golosinas, ni diversión ni un teléfono decente, pero esos son tres pesos aparte).

Muchas veces, como en esta oportunidad, la opinión pública es el peor de los opios y termina llevándose puestos a los dirigentes políticos. Por ejemplo, la iniciativa inservible para bajar la edad de imputabilidad de los menores no es otra cosa que el reflejo de un populismo penal que trasciende los partidos.
Y es esa misma gente que pide más seguridad la que quiere soltarle la mano a los pobres sabiendo que, a mayor marginalidad, mayor violencia.

Tal vez algún gobernante les lleve el apunte y corte de un hachazo la ayuda de los planes de emergencia. Eso sí: cuando la desidia se convierta en balas que nadie se queje ni se olvide de agacharse.

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