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Puebla de Albortón, los orígenes de Artigas y un paraje que no lo olvida

Con 120 habitantes, el lugar conserva a cada paso recuerdos del prócer

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14 de agosto de 2019 a las 05:01

Por Guillermo Pellegrino

Especial para El Observador

 

A 43 kilómetros al sur de Zaragoza, al pie del Cabezo Castelar –más que un cerro una pared de piedra y areniscas–, entre campos yermos y unos pocos cultivados con cebada y trigo, se encuentra La Puebla de Albortón, localidad de unos 120 habitantes que tiene estrechísimos lazos con Uruguay debido a que desde aquí, hace tres siglos, emigró hacia América Juan Antonio Artigas, abuelo del prócer.

Seguramente muy aventurero y con ansias de cambiar su realidad, el joven pueblano dejó su comarca y, vaya a saber después de cuántos meses y avatares, arribó a Buenos Aires. Allí se alistó en el ejército al mando de Bruno Mauricio de Zabala y a los años, tras contraer matrimonio con Ignacia Carrasco, se afincó en la naciente San Felipe y Santiago de Montevideo, fundada por ese mismo militar español.  

Esta era la historia que, a grandes rasgos, recordaba haber leído sobre la ascendencia aragonesa de José Gervasio Artigas; por ahí andaba, empolvándose en algún recoveco de mi “disco duro”.  Más a la vista, en cambio, parecía haber quedado el particular nombre del lugar (sin etimología consolidada, según supe luego), Albortón, donde todo se inició.

Pero la confirmación a último momento de Zaragoza como unos de los puntos que tocaría la gira por España, a raíz de la publicación en aquel país de mi libro Grillo constante. Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti, me llevaron a hacer un “escaneo” de la memoria y a que se encendiera una llama, la del interés de conocer La Puebla. Aunque para ello solo recién in situ tendría la posibilidad de buscar un intersticio entre las dos actividades programadas: la presentación del libro editado por Verbum y una actividad en la que hago un recorrido por las obras de Osiris Rodríguez Castillos y Alfredo Zitarrosa.

Al rato de conocer a Luis Felipe Alegre, responsable de mi presencia en tierras zaragozanas, le transmití la intención y advertí que efectivamente tendría un margen para concretarla. Pero el entusiasmo inicial se desvaneció pronto: solo había dos frecuencias semanales directas hasta La Puebla. Pero se ve que algo fuerte había transmitido en mi expresión de deseo porque, sin yo saberlo, Luis Felipe, hombre de fina sensibilidad, se quedó con el tema rondando en su cabeza.

Ya en la noche, en un encuentro con gente de la cultura en el bar Boterón, en el casco viejo de la ciudad, Luis Felipe, sorprendiéndome, sacó a relucir mi propósito.  “Quien quiera hacerle un favor a Guillermo –dijo– puede llevarlo mañana a La Puebla de Albortón”. Mercedes Llop, maga y escritora, recogió enseguida el guante. Y al otro día, poco después de las 10.30, con un frío inusual y bajo una llovizna pertinaz, arrancamos rumbo al sur.  

Arribamos a La Puebla poco antes del mediodía. Para entonces la lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado y el sol había empezado a asomarse, tibio, como en un gesto de bienvenida. Paramos el auto frente al Ayuntamiento, cerrado a cal y canto. Bajamos. Seguía haciendo frío, mucho frío. Dimos una vuelta breve en la que no divisamos a ningún ser vivo. Pero a nosotros, los forasteros, alguien nos observaba. Lo advertimos cuando escuchamos un ruido proveniente de una ventana. “¡No es un pueblo fantasma!”, dijimos al unísono, y me vino a la mente la imagen de Joan Manuel Serrat, de aquella mujer “espiando oculta tras los visilios” en su Pueblo blanco.

Acto seguido encaramos la empinada escalera que en un momento quedó frente a nosotros, tentándonos para que llegáramos a la parte más alta del pueblo, a un costado de la iglesia. Ya a poco de subir algunos peldaños se nos presentó, imponente, el busto de Artigas.  Las sensaciones son múltiples, se agolpan, y van de la emoción a la sorpresa. Es como si costara acreditar que un símbolo de Uruguay, que un “pedacito de nuestra tierra” está en ese pueblo mínimo de la España profunda, de los tantos que hay y que tienden a quedar sin población en pocos años.  

Tras las fotos de rigor, bajamos a recorrer el pueblo. Cerca de la entrada, un hombre nos señaló el taller de Sergio Artigas, descendiente de la rama directa (séptima u octava generación, según parece, porque no hay un documento formal que pueda certificarlo), a quien se le dibujó una sonrisa al escuchar el nombre “Uruguay” en la presentación. Nos comenta que lo encontramos allí porque era la hora que le dijeron que le traerían una máquina nueva, para trabajar en el campo. Mira el reloj. Se perciben sus ganas y una obligación tácita de atendernos, de acompañarnos. Mira al camino de entrada. "¿Estuvieron en la biblioteca?”, nos pregunta y, casi como un acto reflejo, empezamos a caminar hacia allí. En el trayecto nos cuenta que hace diez años, a raíz de una iniciativa de la Intendencia de Maldonado, lo invitaron a él y al alcalde, Jesús Naval, a Uruguay. “¡Nos trataron de maravillas!”, sostiene. “Ahora entiendo cómo a algunos famosos se les va la cabeza… Cuando veníamos en el avión decíamos: hasta hace unas horas éramos reyes y en breve volvemos a ser los ‘don nadie’ de siempre”, agrega a la par que suelta una risotada. Atesora en lo más selecto de su memoria aquella visita, y fundamentalmente el reconocimiento de los uruguayos a la figura de su antecesor, al advertir –en los días que estuvieron– cuánto lo veneran.

“En España, ninguna personalidad goza de esta identificación unánime”, asegura a la par que suena su celular. “Después te llamo, ahora estoy con unos uruguayos”, dice sin necesidad de explicar nada más. Es algo normal. La misma situación se repetirá otras dos veces durante el encuentro. Es que en la Puebla la palabra Uruguay es moneda corriente; y los Artigas, hijos dilectos. Pero esto sucede solo en la Puebla. El nombre Uruguay ya pasa a ser “exótico” por ejemplo en Valmadrid, en Belchite (escenario vivo de la Guerra Civil española) o en Fuendetodos (cuna del pintor Francisco Goya), tres localidades muy cercanas, todas a poco más de 10 kilómetros.  

Toda esta uruguayidad toma más dimensión apenas Sergio saca unas llaves de su bolsillo y entramos a la biblioteca José Gervasio Artigas, en el Ayuntamiento. Libros, fotos, cuadros, adornos, placas y medallas conmemorativas aluden a nuestro país y al prócer. “Crecimos con la  historia de este gran hombre. Recuerdo cuando niño que de vez en cuando venía algún uruguayo que dejaba flores en el pedestal de la estatua, y a nosotros (a mí y a mis dos hermanas) nos sacaban del colegio y aquellos visitantes nos decían: alguien de su familia algún día irá a Uruguay... Me tocó a mí”, expresa orgulloso Sergio, quien no tiene hijos, lo que estaría llevando a cortar la descendencia directa.

Se le cayeron las lágrimas

“Fui el anfitrión de Sergio y su primo durante todos los días que se quedaron en Uruguay”, revela a El Observador el Profesor Gabriel Di Leone, encargado de Patrimonio de la Dirección de Cultura de Maldonado. “Tengo grabada la visita que hicimos a la Plaza Independencia: Sergio se quedó mirando como alucinado la urna del mausoleo y se le cayeron varias lágrimas cuando se topó, cara a cara, con la escultura de su pariente. Luego nos confesó que en esa semana lloró en varias ocasiones”.

De la biblioteca fuimos a la Plaza de la Integración –situada en el predio donde estaba el solar de la familia Artigas– que fuera inaugurada el 16 de setiembre de 2015 por José Mujica. “La venida de Mujica fue el mayor acontecimiento en toda la historia del pueblo. Mucha seguridad, políticos, muchos medios de prensa. Las calles abarrotadas de gente ¡Fue impresionante!”.

Antes de partir fuimos a tomar un café a Antiguas escuelas, el único bar de la Puebla. El cielo otra vez se había cubierto. Sergio Embid, su dueño, nos sorprendió con un frasco lleno de dulce de leche Conaprole, por si queríamos untar unas tostadas para acompañar. Más uruguayidad.

Salimos del bar para despedirnos. Comenzó a llover y, casi al mismo tiempo, a Sergio le sonó el celular. “Acaban de traerme la máquina”, nos dice. La que esperaba una hora antes. Nos abrazamos. El tiempo –el cronológico y el climático– nos había hecho un guiño para disfrutar de los orígenes españoles de la familia Artigas, con uno de sus descendientes.

 

 

De la cuna
Nos quedamos un rato observando la figura de Artigas tallada en bronce, con el fondo pintado de tejados, unos pocos árboles, el campo con el marrón predominante y sierras que a lo lejos completan el paisaje. Luego nos acercamos a leer las placas que resaltan en el pie de piedra, de más de dos metros de altura. En las dos de arriba destacan frases del prócer. “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana” y “Mirar por los más infelices y no desampararlos. Olvidemos esa maldita costumbre, que los engrandecimientos nacen de la cuna”, de la Casa Uruguay de Madrid y de Barcelona, respectivamente. La primera del año 2000 y la segunda, de 1992.

Las otras también son de los albores de este siglo, a raíz de la conmemoración por los 150 años de la partida de Artigas. Una proviene de la embajada de Uruguay en España, y la otra, en conjunto, de los Rotary Club de Montevideo y de Zaragoza. La más grande y más blanca, atornillada sobre el telón de piedra de fondo, y cubierta por una especie de acrílico, también fue obsequiada en 2000 por estas mismas instituciones y la encabezan dos máximas del Protector de los Pueblos Libres: “El hombre: ‘con libertad no ofendo ni temo’” y “El estadista: ‘la causa de los pueblos no admite la menor demora'”.
 
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