Sé de una muchacha que, con esmero, dedica parte de su tiempo a linkear canciones en su cuenta de tuiter para que el desprevenido o el avisado se entregue a escucharlas.
Canciones mayormente preciosas que la muchacha reparte a la marchanta en un lugar en el que los melómanos están casi proscriptos y no se admiten personas que se dediquen a proponer la magia liberada en poco más de tres minutos. La música, esa cuestión sin la cual la vida sería bastante más miserable, germina en otros lados muchos más hospitalarios que en los sitios donde campean las noticias de última hora, los debates políticos de corto vuelo y los muestrarios de egos exacerbados.
A esa muchacha que insiste con su imposible empresa, quizás le convendría cambiar de barrio y ofrecer su preciosa mercancía en esos arrabales desechados por los vivillos del ingenio. Porque las botellas al mar necesitan al menos de un pedazo de tierra firme en la que algún paseante atento las encuentre y comparta la buena nueva en el pueblo. Y en el, muchas veces con razón, despreciado Facebook todavía hay espacio para que, entre tanta porquería, se haga posible el milagro.
En el tuiter, en cambio, no hay dios que les saque los dedos del teclado y les abra los oídos para escuchar lo que tienen para cantarle aquellos cuatro ingleses, esos tres argentinos o este catalán.
En el tuiter son casi todos náufragos que, inexplicablemente, no tienen nada que hacer pero andan siempre apurados. Y, en ese lugar de barullo y vértigo, es imposible que se abra paso esa belleza que no es otra cosa que el memorable fluir de los sonidos y del tiempo.