29 de julio de 2021 14:57 hs

Gillian Tett

En agosto se cumple el 50 aniversario de un trascendental acontecimiento: Richard Nixon, el entonces presidente de EEUU, convocó a sus asesores a Camp David. El tema de discusión no era ni la guerra ni la política exterior.

Ellos estaban allí para tomar la decisión colectiva de romper el vínculo del dólar con el patrón oro, el sistema por el cual el gobierno estadounidense se había comprometido a cambiar cada dólar por oro (a una tasa de US$35 la onza), y otras monedas, como la libra esterlina o el marco alemán, estaban vinculadas al dólar.

En su momento fue impactante: el patrón oro fue reemplazado por un sistema de tasas de cambio flotantes, donde los dólares ya no estaban respaldados por oro.

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Los detalles de aquellas extraordinarias deliberaciones políticas no son bien conocidos. De hecho, hasta que el profesor de derecho de Yale y ex subsecretario de Comercio estadounidense, Jeffrey E. Garten, publicó su libro “Three Days at Camp David” (Tres días en Camp David), no se disponía de un relato completo. Garten nos ha prestado un gran servicio a todos con su crónica, y merece la pena reflexionar sobre ella actualmente por al menos tres razones.

La primera es que, cuando Nixon convocó esta reunión, él estaba lidiando con una variante del mismo problema que acecha al presidente Joe Biden: un choque entre la retórica sobre el estatus global de EEUU (que EEUU lo lidera), y la realidad (que la capacidad de EEUU para hacerlo es limitada). Garten escribe sobre su relato de Nixon que “es, sobre todo, un relato de cómo EEUU comenzó a repensar su papel en el mundo”.

La segunda razón es que este choque entre la retórica y la realidad fue especialmente pronunciado en 1971 debido al crucial problema de que EEUU sencillamente no poseía suficiente oro para cumplir con las reclamaciones en dólares. Y ese problema planteó una cuestión mayor que siempre acosa a las finanzas: ¿cuál es la base sobre la que el dinero adquiere valor y confianza?

Para explicarlo, es útil comenzar con un punto que se enseña en la economía básica. Esencialmente, hay dos formas en las que el dinero y un sistema financiero generan credibilidad; lamentablemente, ambas opciones están plagadas de defectos.

David Graeber, un ex profesor de antropología, lo describió bien en su libro “En deuda: Una historia alternativa de la economía“. Él señalo que, en algunos momentos de la historia, el dinero ha adquirido su valor ya sea porque era un producto básico de oferta limitada o porque estaba atado a uno. Éste era el caso antes de 1971, con el patrón oro. También es el principio que impulsa las criptomonedas. La oferta es limitada, según el argumento de venta.

Arte & Alhajas Moneda de oro de $ 50 del año 1945, de los Estados Unidos Mexicanos

En otras ocasiones de la historia, sin embargo, el valor del dinero depende de la credibilidad de un individuo, de una institución, o de un grupo. Ése es el mundo en el que vivimos en la actualidad. “Una vez que el sistema global de dinero crediticio se desvinculó por completo del oro, el mundo entró en una nueva fase de la historia financiera”, ha señalado Graeber. El valor del dólar ahora depende de si pensamos que la Reserva Federal protegerá la moneda (frenando la inflación, por ejemplo) y de si otros inversionistas creerán que puede hacerlo (es decir, seguirán comprando dólares).

Ambos sistemas portan la semilla de su propia desaparición. Un sistema construido en torno a las limitaciones de la oferta crea valor al ser rígido por diseño. Pero tal como lo ha escrito el economista Barry Eichengreen en su libro “Golden Fetters” (Grilletes de oro), esa falta de flexibilidad también puede provocar su implosión. Esto es lo que ocurrió en 1971. Para simplificar: en los años de la posguerra, como un niño al que se le quedan pequeños los zapatos, la economía mundial superó el marco financiero creado en 1944, lo cual obligó a Nixon a actuar.

Con el segundo sistema, sin embargo, existe el problema inverso: la excesiva flexibilidad. En particular, dado que los gobiernos pueden crear dinero y deuda de un plumazo, a menudo se ven tentados a hacerlo por razones de conveniencia política, lo cual hace que la deuda se dispare.

Y, tal como lo ha señalado Graeber, la historia muestra que este proceso de aumento suele conducir a una explosión social o a una reestructuración directa o indirecta de la deuda a través de la inflación, de los controles financieros o de las condonaciones. En la antigua Mesopotamia, los gobernantes periódicamente “limpiaban las pizarras de arcilla” que registraban los préstamos, para crear ‘jubileos’ de deuda, o perdón de deudas, y evitar rebeliones.

La cuestión ahora es si este patrón histórico se reproduce en el sistema monetario actual. Yo espero que sí. La deuda global total es actualmente más de tres veces el tamaño de la economía global, ya que la deuda — y el dinero — se han expandido inexorablemente desde 1971. Parece muy improbable que alguna vez esto pueda pagarse sólo con el crecimiento; tarde o temprano — y puede que sea mucho más tarde — esto probablemente provocará una reestructuración directa o indirecta, o una implosión social o financiera.

Esto nos lleva a la tercera razón por la que el relato de Garten es importante. En este momento, parece difícil imaginar una reestructuración de la deuda occidental o una reordenación de nuestra economía política. No es de extrañar: los humanos suelen suponer que sus prácticas son naturales e inevitables. Pero el libro de Garten muestra que el concepto de “normalidad” monetaria antes de 1971 era muy diferente al de hoy; antes de entonces, nadie pensaba que el dinero tuviera valor porque un banco central independiente tenía un objetivo de inflación.

Así que, en vísperas de este aniversario de Camp David, vale la pena reflexionar sobre lo diferente que podría ser la “normalidad” dentro de otros 50 años. ¿Incluirá a las criptomonedas? ¿Estará el Departamentos del Tesoro dirigiendo los bancos centrales? ¿O algo diferente? Pero no se puede cometer el error de suponer que lo “normal” será idéntico a lo de hoy.

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