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Reivindicación del gato

El perro, como todos nosotros, se muere de una vez y para siempre. El gato, con sus siete vidas, nos ofrece la esperanza de una modesta eternidad.

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31 de julio de 2012 a las 00:00

En estos tiempos en los que casi nadie les larga una moneda a los que piden en la calle pero abundan las sociedades protectoras de animales, en estos días en los que un perro apaleado requiere más atención que los enfermos que lo apalearon, en estos días no cuesta nada reivindicar la superioridad del gato por sobre ese antagonista que no solo ladra escandalosamente sino que, además, muerde sin reparar en el daño.

"Llorar de pura alegría, cantar por amor al gato / no ser ni pobre ni rico / clase turista, de paso", dice un verso de los tantos que echan mano a los felinos para hablar de asuntos que trascienden el bicherío y hablan de las honduras humanas.

Porque desde el Antiguo Egipto -en donde era considerado una deidad- el gato se presta para las cosas vinculadas al misterio y a la sabiduría. Tanto es así que en el capítulo XVII del Libro de los Muertos, el dios Ra advierte: "Yo soy el gato cerca del cual se abrió el árbol Iched en Heliópolis la noche en que fueron destrozados los enemigos del Señor del Universo". En cambio, el perro te puede sacar un pedazo de un tarascón y no lo hace de malo. Lo hace de puro zonzo, nomás.

Pero, se sabe, la estupidez es más peligrosa que la maldad; la maldad es solo una provincia de la estupidez. El gato apenas te araña y eso si lo jorobás mucho. Y es independiente y no será el mejor amigo del hombre, pero tampoco es su alcahuete. El gato es silencioso y su lamento se escucha por las noches si está solo y en celo. El perro ladra y ladra todo el día y es capaz de sacarle el sueño y el quicio a su dueño y a los vecinos a 200 metros a la redonda. El perro es parte del flagelo de las ciudades y sus suburbios como lo son los caños de escape y las motocicletas de delivery.

El gato caga poco y cuando caga lo tapa con piedritas o arena. Incluso usa el bidé si nadie tiene la decencia de dejarle a su alcance un cartón o un plástico en donde pueda hacer sus necesidades. El perro caga mucho y, mayormente, lo hace en esos lugares en los que uno corre el riesgo de apoyar el pie. La promesa falsa de que pisar mierda trae buena suerte es un consuelo inventado por aquellos que se cansaron de pisar caca.

"Es un perro", se dice del jugador que le pega mal a la pelota. "Es un gato", se elogia al arquero que vuela para sacarla al córner. Jorge Luis Borges tenía un gato, Beppo, que, se sospecha, inspiró varios cuentos a su dueño. Osiris Rodríguez Castillo tenía un perro, El Malevo, al que tuvo que sacrificar cuando, rabioso, quiso comerse a sus hijos.

Facundo Cabral cuenta en una canción el desconsuelo que llegó a la casa familiar el día en que se murió la abuela. Y rememora la confusión y el desamparo con un verso sencillo y redondo: "El perro no entiende nada, el gato ya lo sabía / y ninguno se ha acordado, de que coman las gallinas / cómo pasan estas cosas, tan feliz que parecía". "Perra vida y muerte perra", se queja el poeta. "Y los ojos felices y felinos, miran y de mirar nunca se cansan", festeja otro.

Solo tres perros en mi vida he querido: Rombito, -yo era chico y lo veía morder a diestra y siniestra en venganza por vivir atado- el Tombuctú de Paul Auster y el Callejero de Alberto Cortez, que "se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormido y ya no despertó". En cambio, fueron muchos los gatos que me han acompañado: Tobita, Bssbss, Clarens, Pericles, Morena, Azul, Olivia... El perro, como todos nosotros, se muere de una vez y para siempre. El gato, con sus siete vidas, nos ofrece la esperanza de una modesta eternidad.

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