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Rosario Viñoly: Pasión, magia y alma

Rosario Viñoly: Pasión, magia y alma. Leé el blog Mamás Reales 

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27 de julio de 2022 a las 14:53

Su nombre es su marca. Y la fue forjando con el tiempo a pura intuición y trabajo. Cada hito que la va acercando a lo que es hoy, parece un toque de magia y destino sincronizados. Empezó por curiosidad e interés, y fue caminando por el mundo del dibujo y del maquillaje, sin saber demasiado por qué ni para qué hacía algunas cosas. Hasta que un maquillaje le hizo comprender que había llegado a la esencia y que quería hacer de eso su profesión.

Rosario Viñoly es montevideana, comenzó a maquillar cuando la carrera de maquillaje no existía, ni tampoco los materiales. 

Conversamos con ella a propósito de su arte, de esa idea que nos interesa y ronda siempre en Mamás Reales que tiene que ver con descubrir y fomentar la pasión de nuestros hijos. Con habilitar su latir hacia esas cosas que los hacen ser ellos mismos.

La vida de Rosario es prueba clara que cuando uno descubre su para qué, los caminos se abren solos. De maquillaje, de su encuentro con Luis Infantozzi (“el matrimonio perfecto” según dice) y sobre el aporte que el maquillaje puede brindarle a los niños para perder miedos, conversamos con Rosario Viñoly.

¿Cómo surge tu pasión por el maquillaje?

A los 10 años, acompañando a mi mamá a la peluquería, vi a una chica maquillarse los ojos mientras esperaba y quedé absolutamente transportada a otro mundo. En aquel momento veías a las chicas grandes maquillarse con los ojos delineados, con pestañas postizas, era toda una creación. Hablamos de la época del 60′, la época de los hippies, de la revolución del 68′. Era fascinante ver aquellas chicas de pelos muy cortos o muy batidos y todas maquilladas. Ver aquellos ojos inmensos casi de muñeca, con aquel pelo gigante, se asemeja bastante a la idea de las mujeres de las antiguas civilizaciones como la egipcia u otras.

Ahí te enamoras del maquillaje, pero no era un momento en donde se “estudiara” para ser un profesional del maquillaje, ¿o sí?

En lo profesional, varios años después hice un curso de tres años en UTU, de dibujo publicitario. Pero cuando terminé y me contrataron en una agencia de publicidad me fue muy mal. Desesperadamente me propuse buscar otra cosa y entre algunas opciones fui a dar a la UTU que recién empezaba. Di una prueba y quedé, pero me iba mal. Era un momento de frustración absoluta hasta que un día mágicamente hice bien un maquillaje y sentí que no me desprendía más.

¡Al final todo cobró sentido!

La explicación que le doy a esto es que, en realidad, había tenido un tiempo largo de maduración. Se ve que hubo una gran indagación en mi interior para llegar a ese día, a ese maquillaje. Ahí entendí que había llegado a la esencia. Era un maquillaje fantasía que en carnaval no es decorar sino dejar ver el tema que propone el letrista. Como en toda receta, hacerlo bien tiene que ver con hacerlo con pasión, tiene que tener magia y alma.

¿En qué momento pensaste que esa pasión podía transformarse en trabajo?

En aquel momento no había posibilidades de hacer del maquillaje una profesión.

Por eso yo dudaba, porque necesitaba ayudar en mi casa, hacerme de un ingreso. Antes había maquilladoras a veces en las grandes peluquerías o los maquilladores de un canal o teatro. Pero no existía mucho el rubro. Es más, la gente me preguntaba “¿para qué querés hacer eso si no vas a poder hacer nada?”.

No se era profesional del maquillaje porque ni siquiera había maquillaje. Comprábamos petacas de colores que una compañera conseguía en Rivera. Era tierra de color o alguna sombra de ojos fuerte, pero era difícil.

¿Tuviste maestros?

Varios. Un día en febrero del 82′ me crucé con quien considero mi maestro, Julio Pierroti. Iba por 18 de Julio a hacer unas compras para mamá, medio desganada y me preguntó qué tenía que hacer ese día. Me dijo que me presentara de noche en el teatro Astral. Él iba a marcar el maquillaje de la obra y al otro día tenía que hacer madrinas y novias, entonces me preguntó si me animaba a repetir ese maquillaje en el teatro. Lo hice sin cobrar. Y seguí varios meses.

En esa obra estaba Nelson Mancebo y me empezó a mandar primero a un fotógrafo, luego a una producción de publicidad y nunca más paré. Siento que me descubrió y me empezó a dar pequeños trabajos. La movida empezó a crecer allí. Había grandes fiestas en Punta del Este.

El 27 de junio de ese año, vuelve mi profesor a consultarme qué iba a hacer de noche. Me llevó en taxi a Canal 12 y me dijo lo mismo, que me fijara lo que hacía porque al otro día se iba a una ópera en Colombia y me dejaba a cargo para el siguiente fin de semana hacer Telecataplum o Plop, ya ni me acuerdo. Cuando volvió me preguntó si quería quedarme con él trabajando y ahí sentí que iba a ser mi trabajo para el futuro. Así entendí por qué había hecho dibujo publicitario.

Tenés un vínculo especial con Luis Infantozzi. ¿Cómo llegás a su maquillaje?

Un día escuché que había algo que se llamaba pan cake social que lo tenía Max factor. Eran productos para cine, una base no cremosa para cubrir imperfecciones y que no se corría con las luces. Pude hacerme de esas bases color blanco y las usé en una obra de teatro. A eso le siguió una vorágine de trabajo pero no tenía ese producto fundamental.

Me habían dicho que en Malvín había dos tipos haciendo cosas con colores, que probaban pinturas y me fui hasta ahí. Era Luis Infantozzi. Le dije que tenía que hacer ese producto no cremoso para la cara, le dejé mi prueba y me fui. Empezó a probar y probar y me llamó. Yo exigía y él llevaba la batuta. Me hizo un producto que fue mejorando cada vez más. Se juntaron un Infantozzi con una Viñoly y decimos que es el matrimonio ideal (se ríe), ¡vivimos separados y nos complementamos! Cada uno aporta lo suyo. Lo adoro hasta hoy. Todos quienes estamos en la vuelta del maquillaje lo hemos molestado para que nos hiciera pruebas. Él adosó mucho al negocio. Hizo productos de látex, de todo. Los maquilladores no hubiéramos podido maquillar bien para carnaval sin Infantozzi.

¿Qué le aporta el maquillaje a los niños?

Mucho. La experiencia de ver que la piel también puede ser pintada, es rica. Además de que juegan a mezclar colores, aprenden lo que les gusta y lo que no, a tener dominio de pinceles. Vuelven un poco al origen, como los indígenas que se pintaban. Les sirve además para no tenerle miedo al trazo, ni al color, para aprender de armonía, de transformación. Todo eso ayuda a acercarse a lo artístico de mejor manera.

Por otra parte me interesa aclarar es que de joven sentí frustración y siento que a mí me respaldaron. Cuando les cuento a mis alumnas que era mala mientras estudiaba, no me creen. Y así fue. Si hubiera abandonado en la primera frustración, si no hubiera tenido apoyo, quién sabe qué estaría haciendo hoy. También creo que aprender a dibujar te prepara para todo lo que es creativo; los niños tienen que ver un escape en el dibujo, la creación. Dibujar no es solo dibujar, es imaginar.

Por Carolina Anastasiadis

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