31 de marzo 2022 - 16:27hs

Martin Wolf

A finales de enero, Rusia contaba con reservas de divisas por un valor de US$469 mil millones. Esta acumulación nació de la prudencia enseñada por su impago de 1998 y, Vladimir Putin tenía la esperanza, de que también fuera una garantía de su independencia financiera. Pero, al comenzar su "operación militar especial" en Ucrania, él se enteró de que más de la mitad de sus reservas estaban congeladas. Las monedas de sus enemigos dejaron de ser dinero utilizable. Esta acción no sólo es significativa para Rusia. Una desmonetización dirigida de las monedas más globalizadas del mundo conlleva grandes implicaciones.

El dinero es un bien público. Un dinero global — del que la gente depende para sus transacciones transfronterizas y para sus decisiones de inversión — es un bien público global. Pero los proveedores de ese bien público son los gobiernos nacionales. Incluso bajo el antiguo patrón de cambio del oro, ése era el caso. En nuestra era de moneda fiduciaria (fabricada por los gobiernos), desde 1971 es aún más evidente. En el tercer trimestre de 2021, el 59 por ciento de las reservas mundiales de divisas estaban denominadas en dólares estadounidenses; otro 20 por ciento en euros; el 6 por ciento en yenes; y el 5 por ciento en libras esterlinas. El renminbi chino seguía representando menos del 3 por ciento de las reservas mundiales. Hoy en día, el dinero global lo emiten EEUU y sus aliados, incluso los más pequeños.

Esto no es el resultado de un complot. Las monedas útiles son las de las economías abiertas con mercados financieros líquidos, con estabilidad monetaria, y con Estado de derecho. Sin embargo, la militarización de esas monedas, y de los sistemas financieros que las manejan, socava esas propiedades para cualquier tenedor que tema ser blanco de ataques. Las sanciones al banco central de Rusia han sido un choque. ¿Quién, se preguntan los gobiernos, es el siguiente? ¿Qué significa para nuestra soberanía?

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Se puede objetar a las acciones del Occidente por motivos estrictamente económicos: la militarización de las monedas fragmentará la economía mundial y la hará menos eficiente. Eso, se pudiera responder, es cierto, pero cada vez más irrelevante en un mundo de graves tensiones internacionales. Sí, es otra fuerza para la desglobalización, pero muchos se preguntarán "¿y qué?". Una objeción más preocupante para los legisladores occidentales es que el uso de estas armas pudiera perjudicarlos. ¿No se apresurará el resto del mundo a encontrar formas de realizar transacciones y de almacenar valor que eludan las divisas y los mercados financieros de EEUU y sus aliados? ¿No es eso lo que China está tratando de hacer en este momento?

Sí, lo es. En principio, se pudieran imaginar cuatro sustitutos de las actuales monedas nacionales globalizadas: las monedas privadas (como el bitcoin); el dinero mercancía (como el oro); una moneda fiduciaria global (como los derechos especiales de giro [DEG] del Fondo Monetario Internacional [FMI]); u otra moneda nacional, más obviamente la de China. La primera es inconcebible: el valor de mercado de todas las criptomonedas es actualmente de US$ 2 billones, un mero 16 por ciento de las reservas mundiales de divisas, y realizar transacciones en criptodivisas directamente es imposiblemente engorroso. El oro puede ser un activo de reserva, pero es inútil para realizar transacciones. Tampoco hay posibilidad de acordar una moneda global de suficiente peso incluso para sustituir las reservas, y mucho menos para ser un vehículo de transacciones globales.

Esto deja la opción de otra moneda nacional. Un excelente folleto reciente de Graham Allison, de la Universidad de Harvard, y sus colegas sobre "La gran rivalidad económica" concluyó que China ya es un formidable competidor de EEUU. La historia sugiere que la moneda de una economía de su tamaño, sofisticación e integración se convertiría en una moneda global.

Hasta ahora, sin embargo, esto no ha sucedido. Eso se debe a que el sistema financiero de China está relativamente subdesarrollado; su moneda no es totalmente convertible; y el país carece de un verdadero Estado de derecho. China está muy lejos de ofrecer lo que la libra esterlina y el dólar ofrecían en su apogeo. Aunque los tenedores del dólar y de otras monedas occidentales importantes pudieran temer sanciones, sin duda ellos deben estar conscientes de lo que el gobierno chino pudiera hacer, si lo contrariaran. Y, lo que es igualmente importante, el Estado chino sabe que una moneda internacionalizada requiere mercados financieros abiertos, pero eso radicalmente debilitaría su control sobre la economía y la sociedad chinas.

Esta falta de una alternativa realmente creíble sugiere que el dólar seguirá siendo la moneda dominante en el mundo. Sin embargo, existe un argumento contra esta visión autocomplaciente, expuesta en "Digital Currencies" (Monedas digitales), un estimulante folleto de la Institución Hoover. En esencia, se trata de que el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS, una alternativa al sistema SWIFT) de China y la moneda digital (el e-CNY) pudieran convertirse en un sistema de pago dominante y en una moneda vehicular, respectivamente, para el comercio entre China y sus numerosos socios comerciales. A largo plazo, el e-CNY también pudiera convertirse en una importante moneda de reserva. Además, ha argumentado el panfleto, eso le daría al Estado chino un conocimiento detallado de las transacciones de cada entidad dentro de su sistema. Eso representaría una fuente adicional de poder.

En la actualidad, el abrumador dominio de EEUU y sus aliados en las finanzas mundiales — un producto de su tamaño económico agregado y de sus mercados financieros abiertos — les otorga a sus monedas una posición dominante. En la actualidad, no existe una alternativa creíble para la mayoría de las funciones monetarias mundiales. En la actualidad, es probable que la alta inflación represente una mayor amenaza para la confianza en el dólar que su armamento contra los Estados canallas. Sin embargo, a largo plazo, China pudiera crear un ‘jardín vallado’ para que aquellos más cercanos a ella usen su moneda. Aun así, quienes deseen realizar transacciones con los países occidentales seguirán necesitando monedas occidentales. Lo que podría surgir son dos sistemas monetarios — uno occidental y otro chino — que operen de forma diferente y se superpongan incómodamente.

Como en otros aspectos, el futuro no promete tanto un nuevo orden mundial construido en torno a China sino más desorden. Los historiadores del futuro puede que consideren las actuales sanciones como un paso más en esta jornada.

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