21 de noviembre de 2020 5:04 hs

La próxima semana es en la que mayor cantidad de gente viaja dentro de Estados Unidos. También es la semana en que Netflix estrena los filmes ‘estrellas’ que aspiran a ganar un Oscar. El año pasado fue The Irishman, de Martin Scorsese. En este se estrena Hillbilly Elegy, dirigida por Ron Howard, ganador del premio por Una mente brillante (2001). Pero antes de sentarse en el sofá a mirar televisión con la familia, la gente viaja. El jueves se celebra el Día de Acción de Gracias y el traslado de familiares de un lugar a otro es, por tradición, extraordinario. Tanto lo es que hubo ocasiones en que los aeropuertos colapsaron por el gentío que coincidía con el mal tiempo. Es común que en el norte ya caiga nieve por esta época. Una vez me ocurrió, y llegué a la casa de mis anfitriones el día después de la celebración. Me sentí como una cigüeña llegando tarde al día del nacimiento del bebé, pero me perdonaron la impuntualidad pues la tormenta de nieve había sido brutal. En este año tan complicado, más que retrasos, habrá muchas cancelaciones. La gente ha reducido los viajes al mínimo debido al covid-19, el cual promete comportarse con ferocidad en el invierno a la vuelta de la esquina. La segunda tanda ocasionará más fallecimientos que la primera. Es lo que dicen varios pronósticos científicos. Una de las víctimas notorias es el Día de Acción de Gracias, que este año tendrá un aspecto restrictivo como no se veía desde la segunda guerra mundial.

En un país con tantas costumbres peculiares para ser interpretadas, el visitante extranjero encuentra dos fechas que pueden resultarle extrañas: Thanksgiving Day (Día de Acción de Gracias) y Valentine’s Day (Día de San Valentín). Tal como lo sugiere la letra D en mayúscula que hace a ambos días más grandes, son dos fechas especiales. En un mundo ingrato, donde de manera demasiado frecuente la gente se olvida de agradecer, resulta interesante que haya un día dedicado a la acción de dar gracias. Así pues, el jueves es feriado. Es el día feriado más tradicional de los estadounidenses. También es el feriado en el que mayor cantidad de pavos se come. Mucho pavo, toneladas de aves de ese tipo. La población de ese animal alado queda al borde del exterminio. Cuando paso por la parte refrigerada del supermercado, en donde los gallináceos están serenamente ordenados esperando al primer cliente que pase, siento algo extraño, aunque todavía no tengo la valentía como para hacerme vegetariano. Los pavos son los grandes protagonistas de la semana de feriado largo que hoy empieza, aunque ellos no tengan voz ni voto respecto al destino que les toca. El apetito humano pone anualmente en peligro de extinción a esa raza plumífera tan indefensa como pacífica. 

Caen en acción, no de gracias, millones de pavos, pues el ser humano es un animal excesivamente agradecido, al que le da por comer hasta empacharse cuando tiene algo a lo cual agradecer, en este caso no la carne de pavo que tanto le gusta, sino el país que lo cobijó, a él y al pavo occiso, otorgándole al sobreviviente la posibilidad de que una vez al año agradezca matando animales. Los pavos, tal como sabemos, son más grandes que las codornices, las perdices y los pollos, quienes tienen la suerte de no ser convocados a la opípara fiesta. Es decir, los otros animales alados del universo agradecen al pavo por su existencia. Y este detesta el día en que millones de su especie terminan en un plato acompañados con una rica salsa que no es música para bailar, pero es sabrosa. La gente agradece, pero los pavos preferirían que los humanos fueran más desagradecidos. 

Día de Acción de Gracias. Como su nombre lo dice, es un feriado creado para agradecer al país que generosamente recibió a los inmigrantes que se quedaron sin país o fueron obligados a cambiarlo por razones políticas o económicas. Igual que en sus inicios, la fecha viene acompañada de un holocausto de pavos (son los únicos que no agradecen nada) y de una artillería de tortas de calabaza, ideales para perder la guerra contra la gordura. Todo el mundo come con ferocidad, pues para esta fiesta el precio de la emplumada ave baja, la venden incluso en oferta, posibilitando así la coincidencia del agradecimiento con la gula. El pavo preparado para compartir suele ser grande y musculoso, como si hubiera recibido las mismas hormonas que se inyectan algunos atletas que ganan medallas olímpicas. El desafortunado al que le toque pasar tres o cuatro horas cocinándose se quedará sin correr ninguna carrera, bien quieto, primero en la heladera, después en el horno y luego en el plato.

¿Salvará este año el covid-19 la vida de millones de pavos? Lamentablemente para el animal implicado, la respuesta es no. La gente en 2020 no viajará, pero comerá bestialmente como siempre, pues el temor de que la pandemia avance aun más invita a los excesos hogareños, a gozar al máximo porque la vida puede acabarse en cualquier momento. Nuevamente, como si la normalidad no hubiera sido afectada por el virus, miles de pavos ya sacrificados esperan en las amplias heladeras de los supermercados y carnicerías. El sangriento holocausto en pro de las bajas calorías tendrá una nueva edición. Primero son ejecutados completamente, y luego los cocinan a fuego lento como si fueran una Juana de Arco sabrosa. De esa forma, la muerte ajena tiene al buen sabor como coartada. Una vez en el plato, donde por lo general se sienten cómodos acompañados de puré de boniato y salsa de arándano, los comensales exclaman complacidos, sin hacer ni minuto de silencio por el occiso reciente: “¡Qué pavo!”, no con la intención de insultar al trozo de carne muerta, sino para expresar todo lo contrario, esto es, para piropearlo. En algunas culturas se puede. 

Siempre me ha parecido muy peculiar el Día de Acción de Gracias. No tanto por la matanza indiscriminada de los pacíficos gallináceos que se lleva a cabo en nombre del hambre y de la bacanal del paladar, ni tampoco por el hecho de que la gente viaje en hordas de un lugar a otro para comer con sus familiares y agradecer juntos. Resulta peculiar, pues se celebra semanas antes de la Navidad. Thanksgiving es, por tanto, una pre-Navidad, con la gran diferencia de que todas las religiones, no solo la cristiana, la celebran. De ahí que sea la época del año en la que más gente viaja. Musulmanes, judíos y budistas también lo hacen. Participan de la diáspora celebratoria. A quién no le gusta celebrar algo.

Pocos animales tan fácilmente queribles como los pavos, llamados chompipes en América Central y guajolotes en México. Chompipe y guajolote son más poéticos que pavo, pero pavo es lo que tenemos, plumífera figura animal que responde a la siguiente descripción: “ave galliforme de más de un metro de longitud, con la cabeza y el cuello desprovistos de plumas y cubiertos de carúnculas rojas y con una membrana eréctil en la parte superior del pico, que se cría para el consumo de su carne”. Ojalá que tan poético lenguaje ayude a consolidar de una vez por todas la alicaída imagen del pavo, pues cuando alguien tiene cualidades de bobalicón, sinónimo también de idiota light, suele decirse de él: “Es un pavo”.

El pavo es una comida con varias cosas a favor, por lo que el bípedo animal ve amenazada su corta existencia desde distintos flancos: por su sabor (aunque hay quienes lo consideran desabrido), por la condición saludable de su carne (hay quienes incluso dicen que ayuda a bajar el colesterol) y por su precio. Como en el norte es casi invierno, el ágape nacional de características familiares comienza temprano, cosa de que haya suficiente tiempo como para comer a lo bestia, a lo Calígula en días fríos. En los hogares el festín comienza a eso de las cinco de la tarde, igual que en el poema de Federico García Lorca, “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, donde muere un torero, salvo que aquí los únicos muertos inocentes son los pavos, los cuales, sin embargo, se llevan todos los elogios. No todas las víctimas tienen esa fortuna.

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