Opinión > Opinión/Guillermo Fossati

Talentos, capacidades, y potencial para aprender (III)

El potencial para el aprendizaje viene dado por factores genéticos, factores ambientales, la riqueza social y cultural y el universo interpersonal

Tiempo de lectura: -'

30 de enero de 2018 a las 05:00

El potencial para el aprendizaje viene dado por factores genéticos (la cantidad de inteligencia codificada en nuestros genes), factores ambientales (aquello a lo que está sometido nuestro cerebro en el útero materno y luego de nacer), la riqueza social y cultural y el universo interpersonal que se pone en marcha durante la crianza.

El contexto social y cultural de un país y de cada uno de sus centros educativos (escuelas y liceos) tiene una indudable repercusión en las posibilidades de progresos educativos de sus alumnos y en los resultados académicos que se logran.

Los resultados comparativamente superiores que alcanzan algunos países en las pruebas PISA de la OCDE se pueden explicar no solo por tener buenos sistemas educativos sino, además, por tener bajos niveles de pobreza, buenos sistemas de protección social, y programas de atención a la primera infancia de alta calidad. Pare decirlo de otra manera, los logros en las pruebas PISA y más allá, comienzan en la educación primaria y más atrás.

Cabe recordar que en nuestro país, casi la mitad de los niños y jóvenes en edad de asistir a la educación vive en hogares del primer quintil de ingresos; el 48% de los niños de 3 a 5 años y el 46% de los adolescentes de 12 a 17 años (información presentada en el último informe del INEEd, 2017) (1).

Necesitamos atender mejor condiciones básicas para generar un contexto social favorable para el logro educativo. Intervenir a tiempo con buenas políticas de infancia y familia. Este es uno de los fundamentos del ingreso temprano a la escolarización: proveer tempranamente los estímulos que algunas familias no están en condiciones de proporcionar. De aquí surge la idea de extender la educación inicial y surge el proyecto de los CAIF.

Lo que observamos en la educación secundaria es el resultado de un proceso. Sabemos que muchos alumnos empiezan mal y no reciben debida atención en tiempo y forma. Sabemos también que la existencia de un atraso inicial sigue luego pesando en los años siguientes y se convierte muchas veces en un fracaso escolar generalizado en los años posteriores. Las brechas se instalan tempranamente.

Mejor prevenir e intervenir oportunamente para evitar el rezago que intentar remediar y corregir más tarde. Lo que no se hace a tiempo se lamenta y paga después. Mucho de los malos resultados ponen en evidencia el fracaso de los sistemas educativos para identificar y atender oportunamente a los alumnos con problemas generales para aprender.

Los primeros 10-12 años de la vida constituyen un período crítico en el desarrollo del cerebro y el potencial para aprender. Empezando por los "períodos críticos" de crecimiento y desarrollo de nuestra maquinaria cerebral básica.

Es decir, antes de que el niño entre por primera vez en un aula. Etapa en la que se activan y estimulan circuitos cerebrales complejos que resultan luego fundamentales para el funcionamiento cognitivo-intelectual y el desarrollo de las capacidades sociales, lingüísticas y emocionales.

Etapa de la vida de mayor receptividad y sensibilidad a influencias ambientales y a estímulos que en cualquier otro período o etapa de la vida del cerebro. Para lo bueno y para lo malo. Etapa en la que el niño empieza a organizar su mente, construir su relación con la realidad exterior, construir las bases de su socialización, y construir la capacidad de aprender.

Llegamos al mundo con una maquinaria cerebral muy caótica, desorganizada, imprecisa, lenta en sus operaciones, y muy poco confiable. A medida que las distintas áreas del cerebro son modificadas por nuestras experiencias se van haciendo más confiables, refinadas, ágiles, y organizadas en sus operaciones. Hay luego cambios dinámicos que se van dando a lo largo de la vida y que son, en mucho, resultado de la interacción y adaptación al entorno.

En otras palabras, el cerebro es tanto la fuente como el efecto de la actividad humana. Es un órgano plástico (cambia), se construye por información; la contenida en nuestros genes y la que recibimos del mundo exterior.

Lo hace expandiendo y fortaleciendo los circuitos cerebrales que se utilizan y debilitando aquellos circuitos rara vez activos. Se modifica por la información que recibe y procesa. No es una máquina fija. Se encuentra menos restringido por límites predeterminados de lo que se había sostenido hasta hace poco tiempo.

Es capaz de aprender y cambiar. Cuando aprendemos, aumentamos lo que sabemos, pero también cambiamos la estructura y organización funcional del cerebro y aumentamos su capacidad para aprender. Clave resulta la cantidad y calidad de los estímulos que se reciben y lo que uno hace en ese entorno.

El desarrollo individual dependerá del uso que se haga de los recursos cerebrales que se heredan. También, y muy importante, de las oportunidades que se tengan para hacer uso de esos recursos.
Sin caer en determinismos que condenan, las circunstancias en las que nacemos y nos desarrollamos en nuestra infancia, marcan.

De la misma manera que una alimentación rica en nutrientes en la vida adulta no compensa las secuelas de una nutrición deficitaria durante la infancia, no se construye el segundo piso (educación media) sobre un endeble y frágil primer piso (educación primaria) y malos cimientos (educación inicial y atención a la primera infancia).

Podríamos decir además que los alumnos de hoy no son los alumnos que estaban en mente cuando muchos de los docentes de hoy (los más veteranos) fueron formados. No son los alumnos para los cuales los centros educativos fueron diseñados en su concepción inicial. La nueva generación es distinta de generaciones pasadas.

El cerebro de los niños y adolescentes de hoy se desarrolla de manera diferente al de los adultos debido a que están creciendo en un mundo diferente; el mundo de la tecnología. Sus experiencias digitales han cambiado no solo la forma en que se comunican, socializan, y entretienen, sino también la forma en la que encaran el aprendizaje.

Las aulas del siglo XXI tendrán que superar el apego a concepciones educativas y culturales forjadas en la primera mitad del siglo XX. La realidad lo impone. En los centros educativos del siglo XXI no se puede seguir enseñando como en el siglo XX.
Un camino ineludible si queremos un sistema educativo acorde con los nuevos desafíos y concebido para atender las necesidades de aprendizaje de un estudiantado más heterogéneo. Si no se razona de esta manera, las brechas entre los más favorecidos y los menos favorecidos seguirán creciendo. l

(1) INEEd (2017), Informe sobre el estado de la educación en Uruguay 2015-2016, INEEd, Montevideo

Comentarios