17 de enero de 2013 19:52 hs

Una película western o spaghetti western, sí. Pero antes que nada, una película muy al estilo Tarantino. Así es Django sin cadenas, a la que se le ve claramente la referencia de su antecesora, Bastardos sin gloria.

La historia de Django, cuyo nombre homenajea a Django, de Sergio Corbucci, precursor del spaghetti western, coquetea con la épica, habla de una venganza (ítem que se encuentra, más allá o más acá, en toda la filmografía del director), desarrolla una aventura con componentes históricos sin versionar la historia y es extensa, de casi tres horas muy efectivas.

Aquí, la historia de Django (muy correcto Jamie Foxx), un esclavo que es liberado por un cazarrecompensas llamado Dr. King Schultz (Christoph Waltz en un personaje que referencia fuertemente a su Hans Landa de Bastardos sin gloria, tan verborrágico y encantador como aquel pero, en esta ocasión, del lado de los “buenos”) para que lo ayude en su tarea de encontrar a tres hombres buscados por la Justicia.

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Django los conoce –de hecho, son bastante fundamentales en su tragedia personal– y, a cambio de ayudar a Schultz a encontrarlos, obtendrá su libertad. Por ahí se cruzará con el malvado esclavista Calvin Candie (un inmenso Leonardo DiCaprio).

La película, entonces, se divide claramente en tres bloques perfectamente diferenciados. Por un lado la historia inicial, que casi puede enmarcarse en el subgénero de la buddy movie (esto es, dos personajes masculinos diferentes entre sí que se amigan por su objetivo en común) mientras acompañamos a Django y a Schultz en su búsqueda de los tres primeros objetivos.

El segundo bloque comprende desde que emprenden la búsqueda de Broomhilda (Kerry Washington) y terminan por enfrentarse con Candie. Y por último –y este tercer bloque es llamativo porque en cierta medida desarma el esquema de cine clásico: inicio, desarrollo, desenlace– un epílogo tras enfrentarse a Candie.

Y si hay algo que criticar a Tarantino es la duración de la película. Al contrario de Bastardos sin gloria, donde todo cerraba perfectamente y el clímax final era demoledor, aquí en Django se siente extraña esa media hora final, ese tercer bloque, esa extensión en la venganza de Django. Pero Tarantino sale airoso de ese desconcierto. Se lo sacude como modorra y pronto pone al espectador nuevamente en sintonía, salvo algún desliz.

Se podría agregar que sus personajes son bastante maniqueístas: los negros buenos (con la excepción del esclavo interpretado genialmente por Samuel L. Jackson) contra los blancos malos (donde la excepción es Schultz, que para más inri es europeo y culto), pero tal cosa no molesta. Tarantino no está buscando desarrollar un documental sobre el esclavismo y las condiciones de vida de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX.

Lo que Tarantino está buscando es desarrollar otra furiosa historia de venganza, entretenida y sangrienta, donde los malos son bien malos y reciben su encarnizado merecido. Donde la violencia es festiva y cada estallido de sangre es festejado con admiración. El espectador da un paseo de tres horas por su universo personal, con sus obsesiones y diversiones de siempre. Un paseo inolvidable a ritmo de western y de una increíble banda sonora.

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