Por Pilita Clark
Toma de decisiones sobre cambio climático está atrapada en un círculo vicioso
Es ridículo permitir que un puñado de países bloquee el progreso en el gran dilema de nuestra era
Es ridículo permitir que un puñado de países bloquee el progreso en el gran dilema de nuestra era
Por Pilita Clark
Cuando la Corte Suprema estadounidense decide un caso, lo hace del mismo modo que el Parlamento británico promulga una ley y que un consejo local aprueba un presupuesto: por mayoría de votos.
Sin embargo, dentro de 10 semanas, cuando funcionarios de casi 200 países se reúnan para abordar el creciente dilema del cambio climático, sus decisiones se tomarán de una forma mucho más complicada y onerosa: por consenso.
En este sentido, la COP28 de Dubái será igual que todas las COP anuales, o Conferencia de las Partes de la Convención de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el Cambio Climático de 1992, desde la primera celebrada en 1995. Una vez más, una ínfima minoría de países podrá vetar o demorar las decisiones relacionadas con uno de los problemas más graves de nuestra era.
Ésta no es la única razón por la que casi 30 años de COP han fracasado a la hora de detener la creciente espiral de emisiones de carbono. Si fuera fácil acabar con un sistema energético mundial basado en los combustibles fósiles, ya se habría conseguido. Pero las decisiones consensuadas — en las cuales el resultado de una votación muestra que todos los miembros están de acuerdo — han ralentizado el progreso, y son un reflejo cada vez más vergonzoso de un proceso climático mundial disfuncional que necesita reformas.
Recordemos, por ejemplo, las actas de clausura de la conferencia COP26 celebrada en Glasgow en 2021, cuando India y un puñado de otros países diluyeron un acuerdo para eliminar progresivamente el carbón. En su lugar, la reunión decidió que incluso este combustible fósil, extremadamente contaminante, debería "reducirse" en lugar de eliminarse.
En la COP de 2018 en Polonia, otro puñado de países debilitó los esfuerzos para acoger un histórico informe científico de la ONU sobre las consecuencias de un calentamiento de 1.5 ºC, a pesar de que una COP anterior había encargado el estudio.
La COP de 2009 en Dinamarca terminó en desorden después de que menos de 10 países se negaron a formalmente adoptar el Acuerdo de Copenhague, o acuerdo final de la conferencia.
Pero las víctimas más importantes del consenso probablemente han sido los esfuerzos por reducir las emisiones de la aviación y del transporte marítimo. "Un grupo muy reducido de países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ha vetado absolutamente esto desde el principio", afirma Joanna Depledge, una experta en negociaciones sobre el clima mundial de la Universidad de Cambridge. "Creo que si hubiéramos tenido una votación por mayoría se habría conseguido algo al respecto". La tarea se dejó, más bien, en manos de los organismos de transporte marítimo y aéreo de la ONU que han tenido dificultades ideando medidas significativas.
Los países de la OPEP, particularmente Arabia Saudita, a menudo han intentado bloquear o retrasar el progreso en las COP. Esos países también han intentado ralentizar el procedimiento en las reuniones desde el principio con decisiones consensuadas.
Cuando se iniciaron las COP, se redactó un proyecto de reglamento que habría permitido la votación por mayoría. Pero un grupo de países, encabezados por la OPEP, se opuso y, desde entonces, ninguna COP ha llegado nunca a un acuerdo sobre las normas básicas de procedimiento que son fundamentales en cualquier reunión seria.
En cambio, cada conferencia se rige por un proyecto de reglamento de procedimiento, lo que en la práctica significa que las decisiones se toman por consenso.
Al principio de cada reunión, se hace un esfuerzo superficial por celebrar consultas informales con el fin de resolver el "impasse". En ocasiones también se han hecho esfuerzos más serios. Pero Depledge, como otros expertos, cree que una reforma es improbable porque se necesitaría un consenso para pasar al voto por mayoría. Por consiguiente, el proceso está atrapado en un círculo vicioso.
Al Gore, el exvicepresidente estadounidense, es el más reciente activista de renombre que ha pedido que se reconsidere la propuesta. "Es bastante absurdo que el mundo tenga que pedirle permiso, por favor, a Arabia Saudita para hablar de soluciones a la crisis climática", él le declaró la semana pasada al Financial Times (FT).
Pero Riad no es la única enemiga del progreso de la COP. A los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) no les gusta la idea de votar por mayoría en cuestiones como el financiamiento de la acción climática en las naciones más pobres, cuando es casi seguro que serían superados en las votaciones.
Por supuesto, la votación por consenso tiene algunas ventajas. Las decisiones así tomadas tienen más legitimidad. Pero también es probable que sean más débiles y menos onerosas.
Esto importa en un momento en que las COP sobre el clima ya no se dedican a forjar un gran acuerdo mundial como el Acuerdo de París de 2015. Ahora se trata de aplicar las medidas necesarias para cumplir el objetivo del Acuerdo de evitar niveles de calentamiento más peligrosos.
Cada vez hay más presión para acelerar la reducción de emisiones en sectores clave mediante acuerdos que pongan fin, por ejemplo, a la pérdida de bosques o a la venta de coches de gasolina en los grandes mercados.
El voto por mayoría facilitaría y aceleraría la confirmación de estos acuerdos. En un año que va camino de ser el más caluroso jamás registrado, ¿sería demasiado pedir que los delegados de la COP28 comenzaran a arreglar un sistema de votación que nunca debería haber sido disfuncional para empezar?