4 de enero de 2021 13:56 hs

Después de mucho dudarlo, este fin de semana me fui con mi familia para el este, al igual que lo hicieron miles y miles de uruguayos: por el peaje de Pando pasaron 14% más de autos que en los mismos días de enero 2020 cuando había turistas extranjeros. La expresión popular más adecuada para contar cómo llegamos es “como pisando huevos”. No queríamos sumar más contactos y evitar al mínimo la exposición a lugares concurridos. Por eso, intentamos movernos con cuidado, pero no es nada fácil.

El primer desafío fue el sábado a la tarde, cuando decidimos bajar a la playa. Apenas asomamos la cabeza en la costa nos asustamos. En los casi 900 metros de playa que hay entre el muelle de La Pastora y el muelle de Mailhos, sobre la hora 17, no había forma de encontrar un lugar que nos permitiera tener una distancia razonable con los vecinos. Desde la altura del sendero de madera miramos también hacia la playa contigua, que está frente al hotel Enjoy, y lo que se veía era muy similar.

Sin entrar en la polémica de si la perspectiva desde ahí impacta más que en las fotos aéreas del Ministerio del Interior tomadas no se sabe a qué hora, lo cierto es que no nos sentimos cómodos y nos fuimos buscando una playa más despejada. Fue difícil, pero encontramos una por la parada 15 que, si bien tenía mucha gente, no tanta como las más cercanas a la península.

Cuando la gente está de vacaciones se relaja. Es evidente. Y en la playa aún más. Te escribís con los amigos que están cerca y te juntás con ellos. Mantenés las distancias pero igual asumís riesgos.

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Y en la costa se ve de todo. Desde gente que se cuida mucho a otros que se ven con grupos de amigos y se saludan como si nada. O a gente desconocida que se une para jugar algún deporte. ¿Las burbujas? Todas pinchadas.

Es imposible el control por parte de las autoridades, tal como relata esta nota. Por más que los gobiernos departamentales hayan previsto cartelería y en algunos puntos facilitadores de información, una vez que se habilitó –e incentivó– hacer playa con libertad, esos riesgos ya estaban asumidos.

Solo con ver el tránsito en Punta del Este se comprueba la locura que hubiese sido dejar abiertas las fronteras. Sin argentinos ni brasileños, en las horas pico se dan fuertes trancazos. Muchos uruguayos que habitualmente no van en estas fechas este año decidieron hacerlo. 

Si la playa del sábado me había dejado preocupado, mucho más horrorizado volví luego de dar una vuelta por la movida nocturna ese día. Temprano todo empieza bien. En los restaurantes que recorrí no vi saturación, ni mesas grandes ni muy pegadas. Por el contrario, un alto cumplimiento de los protocolos.

Es cierto que la prohibición de cerrar los restaurantes a la medianoche puede lucir complicada para los balnearios. Tomando en cuenta que mucha gente abandona la playa con la puesta del sol, poco después de la hora 20, es muy poco el margen que queda para volver, acomodarse y salir. Por eso la Intendencia de Maldonado está pidiendo estirar una hora más la habilitación, según declaró el intendente Enrique Antía a El País.

Algunos comercios lo hacen de hecho. Después de la medianoche vi algunos bares abiertos en la península, con muchísima gente joven e incluso muy pegados.

En el puerto y en Gorlero, después de la medianoche, se ve a cientos de adolescentes caminando sin tapaboca y hasta compartiendo algunas bebidas. 

Por un momento hice el ejercicio de mirar con atención por Gorlero desde el auto y salvo por algunas pocas adolescentes que tenían tapaboca puesto, podríamos pensar que ya no había pandemia en Uruguay. Al menos al parecer en el este, se fue de vacaciones.

Pero el mayor problema es que ni siquiera sabemos qué impacto está teniendo el movimiento de las últimas semanas. Porque no solo los veraneantes están de vacaciones. Durante algo más de una semana, en medio de la peor ola de contagios desde el inicio de la pandemia, Uruguay bajó la guardia de los testeos.

No lo digo solo porque nunca se llegó al compromiso de los 15 mil tests diarios que pidió el gobierno al sistema de salud, sino porque durante las fiestas muchos laboratorios estuvieron cerrados. Por tanto, en los últimos tres días se hicieron entre 4.000 y 5.500 tests diarios, con una tasa de positividad que osciló entre 13,6% y 10,2%.

¿Qué quiere decir esto? Que en los últimos días los reportes que recibimos con los casos nuevos por día hacen perder la dimensión de dónde estamos parados. 

Por los feriados de Navidad primero, y Año Nuevo después, sumado a los fines de semana que acompañaron esas festividades, el nivel de testeo bajó considerablemente.

Por tanto, creer que por que estamos entre los 500 y los 600 casos por día estamos mejor es una falsa ilusión que, además de riesgosa, nos hace perder información que ayude a prevenir y tomar mejores decisiones.

Si no salimos del letargo veraniego rápido, la curva seguirá creciendo peligrosamente.

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