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1 de enero 2023 - 5:00hs

Mientras Jair Bolsonaro se ausenta de la ceremonia de entrega de mando del 1º de enero e incluso, muy posiblemente, viaje a Estados Unidos hoy mismo para no encontrarse con Lula (algo muy similar a lo que hizo Cristina Kirchner en 2015 cuando se negó a asistir al acto de asunción de Macri y le dejó el bastón presidencial en la Casa Rosada), el presidente Luis Lacalle Pou viaja a Brasilia acompañado por los expresidentes Julio María Sanguinetti y José Mujica.

Fue mucho más fácil convencer a Sanguinetti que a Mujica. Entre ambos líderes no había buena relación pero en los últimos meses ha ido mejorando. Así lo reconoció Mujica en una entrevista en Desayunos informales de canal 12, al resaltar que estuvo reunido con el presidente Lacalle Pou en la residencia de Suárez. Mujica reivindicó en dicha entrevista la necesidad de diálogo para evitar el crecimiento de grietas al estilo de las que crecen en países vecinos.

En efecto, esa representación institucional es algo que no muchos países de América Latina pueden hacer, en especial por las grietas que se han creado en los últimos años. ¿Alguien se imagina a Alberto Fernández yendo con Cristina Kirchner y Mauricio Macri? Y lo mismo podría decirse de expresidentes de otros países de América Latina. Hasta cabría la duda de si Biden podría invitar a Trump (y este aceptar) en un viaje de representación política. Tan caldeadas como están las aguas después de los sucesos del 6 de enero de 2021 y del informe del comité parlamentario que investigó dichos sucesos, parece difícil un diálogo fluido como solía ocurrir anteriormente.

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Uruguay todavía conserva esta fortaleza institucional y debe luchar para que no se deteriore. Es muy positivo este viaje de la comitiva presidencial. Aparte de la señal institucional, tal vez Mujica pueda ayudar a Lacalle Pou a una reunión sincera con Lula para discutir los temas candentes del Mercosur. Y Sanguinetti puede aportar su relación con Fernando Henrique Cardoso, quien apoyó a Lula en el balotaje, para sostener las aspiraciones uruguayas de una mayor flexibilidad de un mercado común que realmente no funciona, que es un lastre y que ha derivado a un club político.

Mientras tanto, Uruguay debe seguir apretando el acelerador. En 2022 tomaron forma la reforma de la seguridad social, que es imprescindible aunque sus efectos no se van a sentir en el corto plazo, y la reforma educativa, que tampoco tendrá resultados inmediatos. Ambas son fundamentales y ambas han encontrado una dura resistencia en la oposición. No se ha podido conseguir ese diálogo sincero del que habla Mujica pese a que el Frente Amplio sabe perfectamente que ambas reformas son necesarias para el país. Y que incluso le conviene que la reforma de la seguridad social la asuma este gobierno porque, de lo contrario, tendrá que asumirla el próximo, que el FA aspira a conseguir. Ya la reforma de la seguridad social era necesaria en el anterior gobierno, como señaló acertadamente Danilo Astori. Ahora todos se ponen en contra al alargamiento de la vida laboral y aspiran a una “solución mágica” que genere recursos de no se sabe dónde. ¿Serán acaso los mismos recursos que iba a aportar la introducción del Impuesto a la Renta a las Personas Físicas, que supuestamente iba a recaer sobre unos pocos privilegiados? En el manejo de los recursos fiscales no hay milagros.

Lo mismo ocurre con la reforma educativa, donde todos los reclamos de la oposición son por más presupuesto sin hacer autocrítica sobre su uso eficiente ni en la introducción de mejores prácticas educativas.

Todo se reduce a una lucha contra el gobierno de turno por más presupuesto pero muy poco esfuerzo por ese tan mentado cambio del ADN de la educación. Pero aparte de esto, al Uruguay le faltan más reformas si es que quiere superar la tasa de crecimiento tendencial de largo plazo que oscila en torno al 2% anual del PIB. Al país le falta mejorar su competitividad (y no nos referimos solo al tipo de cambio que tiene desalentados a los sectores productivos e incluso a potenciales inversores que se encuentran con un país caro).

Toda la discusión sobre la inserción internacional, ya sea en el demorado TLC con China como en el renovado interés por sumarse al Acuerdo Transpacífico, implica un esfuerzo por mejorar la competitividad del país.

 Y eso implica, entre otras cosas, una reforma de la gestión de las empresas públicas y una revisión de sus monopolios, una revisión del mercado laboral para adaptarse a los profundos cambios que ya se están dando y que se van a dar, una revisión de nuestra estructura tributaria para favorecer a las pequeñas y medianas empresas, que son las grandes generadoras de empleo. Terminando 2022, da la impresión que desde el gobierno están conformes con el estado actual de cosas. Considerando los años de pandemia, puede decirse que se ha capeado el temporal. Pero Uruguay debe aspirar a mucho más. No puede seguir con ese crecimiento cansino que no ofrece buenas oportunidades de futuro a las nuevas generaciones y que termina generando emigración de mucha gente.

De no ponerse metas más ambiciosas, el 2023 será solo un año azaroso, donde estaremos a merced de las condiciones económicas internacionales. Condiciones que, por cierto, son tremendamente volátiles en un entorno internacional más que complicado. Pero mientras sigamos dependiendo de las materias primas no tendremos control sobre nuestro futuro. Y es una pena que no haya voluntad política de ir a fondo con reformas sobre las que hay consenso desde hace años

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