26 de junio de 2013 17:36 hs

"El dolor no puede ser protagonista, porque si no nos quedamos sumergidos en la cultura del dolor, que es una cultura improductiva”, dice Creonte en la obra Antígona oriental, que con texto de Marianella Morena y dirección del alemán Volker Lösch se exhibió el martes y miércoles en el Teatro Solís. El personaje, interpretado por tres actores a la manera de monstruo de tres cabezas, representa no solo al Rey de Tebas de la obra de Sófocles -quien dictamina que el hermano de Antígona no reciba sepultura por haber traicionado a la patria y ordena la muerte de la heroína luego de que esta le desobedece- sino también al Estado autoritario y represivo.

Pero a 40 años del golpe de Estado del 27 de junio de 1973, ese dolor se vuelve a hacer visible a través de una obra que da voz sobre el escenario a 19 expresas políticas, hijas y exiliadas de la dictadura, que cual integrantes del coro en la tragedia griega, narran las duras vivencias que moldearon sus vidas. La obra, que se estrenó en 2012 y que podrá ser vista este fin de semana en el Teatro Florencio Sánchez del Cerro, cuenta además con seis actores profesionales que encarnan a los personajes de la obra de Sófocles.

Uno de los mayores logros de la puesta es haber conseguido una buena articulación entre la tragedia griega y la historia de las mujeres. Antígona, interpretada con fiereza por Victoria Pereira, es la voz femenina que se rebela contra el poder autoritario y masculino, pero también es el cuerpo que padece en carne propia la consecuencia de sus actos. Ismena, su hermana, representa su contracara, ya que prefiere acatar las leyes del Estado por más que ellas impliquen traicionar su legado familiar y religioso. “Tus leyes no son divinas ni justas. Las leyes a las que yo respondo son leyes desde siempre”, dice Antígona.

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La primera escena, en la que las mujeres del coro cuentan sus historias a través de sus voces sincronizadas mientras avanzan por el escenario hasta quedar cara a cara con el público, sienta las bases de una obra que obtiene su fuerza en la energía colectiva y en la emoción de los espectadores. Se trata de un teatro de choque, ante el que es casi imposible no reaccionar.

Pero la suma de las voces de las protagonistas no pretende hacer resonar meramente el lamento de los abusos físicos y psicológicos que padecieron, sino la reivindicación de su lucha y sufrimiento. “No nos sentimos víctimas, fuimos protagonistas de un momento histórico”, dicen al unísono mientras desde la platea solo se escucha la respiración entrecortada, a causa de las lágrimas.

Especial mención merecen los tres actores que encarnan a Creonte (Sergio Mautone, Bruno Pereyra, Fernando Amaral) que otorgan a esta obra cargada de drama y realidad, rasgos satíricos y simbólicos. Con sus trajes grises- azulados encarnan al poder que deglute a sus hijos para escupir sus huesos, pero también el que uniformiza a sus ciudadanos bajo narcóticos identitarios (es en este sentido que los tres cantan “¡Soy celeste, yo soy!”). Acaso una de las mejores escenas de la obra es cuando el trío come y escupe un asado con fiereza y despreocupación, mientras desde la platea se siente el olor a carne.

Pero Antígona oriental está lejos de ser una mera reivindicación simbólica. Los personajes cargan sus relatos de crueles detalles (“Mamá, mamá, es lo primero que uno grita, es lo más primitivo”), se dan nombres, se muestran caras. Se denuncia. Otra escena poderosa es la de las mujeres al borde del escenario que van desenrollando unos pergaminos y nombran a personas que colaboraron con el régimen. También se le recrimina al Frente Amplio, a Tabaré Vázquez y a José Mujica (este último aludido solo con un “señor presidente”) haberse alejado de las reivindicaciones de la izquierda.

Otro punto fuerte de Antígona oriental es la relación que establece con el público. Los actores salen de la platea, bajan del escenario, atraviesan los pasillos, se mezclan con los espectadores. Cuando el coro hace llover fotos de desaparecidos, los asistentes las recogen y esa casualidad –unos determinados ojos que miran a una determinada persona– hace que sea imposible no estremecerse.

Con Antígona oriental, Morena y Lösch logran una obra poderosa, de fuerza combativa y potencia emocional. Pero si hay algo que se le pueda objetar es que la energía de esa denuncia deja poco lugar para una reflexión más pausada, individual y desapasionada. Se extraña, en ese sentido, más protagonismo por parte de Antígona, para lograr una empatía que surja también desde otro lugar.

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