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Un foco de libertad

Un grupo de reclusos del Centro de Rehabilitación de Punta de Rieles participaron de un taller de fotografía que terminó en la muestra Lo bueno, lo malo, la foto

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07 de septiembre de 2011 a las 17:57

En mayo de este año, cerca de 40 reclusos del Centro Nacional de Rehabilitación de Punta de Rieles se inscribieron para participar de un taller de fotografía realizado por el proyecto Viví Cultura. De todos ellos, luego de una selección hecha a nivel interno, solo 17 fueron los que finalmente tuvieron la posibilidad de aprender clases teóricas y prácticas con Antonella De Ambroggi, quien hasta mediados de agosto –más precisamente hasta el 14, el Día del Niño, cuando se realizó la muestra titulada por los propios reclusos Lo bueno, lo malo, la foto– se hizo cargo de esta iniciativa en la que participaron hombres entre 21 y 52 años de edad, la mayoría privados de su libertad por delitos vinculados a la droga o a rapiñas, con condenas que, en algunos casos, culminarán en el año 2036.

“Del total de reclusos que participaron, dos de ellos nunca habían sacado fotos ni habían tenido contacto con cámaras digitales. De hecho, la mayoría hacía años que no tenían un retrato para mandar a sus familias. Es más, la última foto que les habían hecho era la de sus prontuarios. En este sentido, los retratos que fueron haciéndose de ellos mismos terminó siendo todo un tema, entrando en juego la memoria, la personalidad, el documento social”, señaló De Ambroggi a El Observador, agregando que si bien la mayoría se queja por la comida, la falta de atención psicológica, los malos abogados y la espera eterna de saber cuál es realmente su condena, todos coinciden en la ventaja de estar en Punta de Rieles, donde tienen la posibilidad de hacer actividades y de aprender en el encierro.

Según la docente, los reclusos –que llaman a su celda “la casa”– asistieron perfectamente a las clases, avisando incluso con anticipación si alguno iba a faltar y cooperando en cada uno de los detalles, como por ejemplo facilitar las frazadas para tapar las ventanas, poner luz donde no había, conseguir lamparitas cuando no estaban, sacar objetos de las celdas para las producciones y tener el salón siempre limpio.

“Uno de ellos me dijo un día: ‘A usted la ayudamos y colaboramos porque sus clases nos interesan. Pero no lo hacemos con nadie’. Que uno de ellos me aclarara esto fue un claro mensaje: estaban comprometidos con el taller. Trabajan con mucho respeto, pero también lo exigen. No se interesan por nada sino se interesan por ellos”, apuntó De Ambroggi.

La fotógrafa y docente, que por primera vez trabajaba con reclusos adultos, señaló que uno de los momentos más liberadores para los reclusos fue cuando trabajaron bajo la consigna de retratarse incluyendo un texto en la imagen. “A medida que fuimos analizando las fotos, empezamos a desprendernos del texto para que la imagen hablara por si sola y pasamos a trabajar con tres consignas: cómo me veo, cómo quiero que me vean y cómo siento que me ven.

Estos retratos incidieron en que el grupo se fortaleciera y comenzara a tener confianza, ya que tenían que explicarle a su compañero cómo era que querían la foto, qué era lo que querían mostrar”, remarcó De Ambroggi.

Además de esto, en el taller se trabajó con diapositivas, lo que despertó en los reclusos el juego de incluirse en ellas a través del ingenio y la improvisación.

Según De Ambroggi, lo más notorio que generó el taller fue que los reclusos no solo encontraron en la fotografía un foco de expresión de libertad sino también un canal de trabajo a futuro. Es decir, la mayoría le comentó que cuando estén en libertad se dedicarán a la fotografía como forma de ganarse la vida.

“En este sentido puedo dar dos ejemplos casi textuales. Uno vino y me dijo que lo primero que va a hacer el día que salga es comprarse una cámara y salir a hacer fotos por Uruguay y si puede por América. Otro, y que para mí es fundamental porque creo que sintetiza lo que quise transmitirles con respecto a la fotografía, me dijo que si a él se le incendiaba la casa no sacaba la heladera ni el plasma ni el equipo de música ni nada de eso, que lo que hacía era sacar la caja con fotos, porque ellas iban a ser sus recuerdos, su familia y eran de lo que él estaba hecho. El resto se compra. Que te digan esto es muy fuerte”, finalizó De Ambroggi, recordando que además de la muestra Lo bueno, lo malo, la foto las imágenes tomadas por estos reclusos pasarán a formar parte de un libro-catálogo y de una muestra más grande que cerrará todas las actividades hechas por Viví Cultura en 2011.

Para resumir su trabajo, De Ambroggi dijo que en Punta de Rieles no había nada para trabajar, así que todo fue de una gran improvisación, encontrando como únicas dificultades cuando no dejaban salir a clase a alguno de los reclusos y cuando los funcionarios de cargos medios indagaron acerca del taller, queriendo quedarse con las imágenes y no dejando hacer fotos. Por su parte, para la fotógrafa las fortalezas fueron, sin duda, la unión, la confianza, la creatividad y la focalización hacia un objetivo concreto.

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