3 de agosto de 2012 20:28 hs

A simple vista, Barnabas Collins, el vampiro interpretado por Johnny Deep en Sombras tenebrosas, que tras casi 200 años enterrado vivo sale de su tumba a la incomprensible modernidad de la década de 1970, comparte con los personajes del universo de Tim Burton muchos elementos en común. Es un outsider, como tantas de las criaturas del cineasta, aquellas que suelen revelar la igualdad que reside en la diferencia y la corriente monstruosidad de la “normalidad”.

Muchas veces se postula que la importancia de Burton en la historia del cine se debe a su magistral puesta en escena, al dominio de la imagen y a sus imaginarios neogóticos. Sin embargo, el director también ha dejado huella por su particular modo de retratar la alienación, la fantasía y la muerte. Esto desaparece, en cambio, en Sombras tenebrosas, donde la eficacia visual persiste, pero el contenido se convierte en un compendio de un Burton domesticado y falto de ideas, algo que su versión de Alicia en el país de las maravillas ya había dejado en evidencia.

En su último filme Burton adapta la serie de terror del mismo nombre creada en 1966 por Dan Curtis, de la que él y Depp eran fanáticos, y que ya había sido llevada a la pantalla grande en otras dos ocasiones. La historia comienza en 1752: el acaudalado matrimonio Collins y su hijo Barnabas zarpan de Liverpool, Inglaterra, huyendo de una maldición que pesa sobre ellos y se instalan en Maine, Estados Unidos. Con los años, la familia ha construido un emporio pesquero, al punto de que el pueblo en el que residen lleva su nombre: Collinwood.

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Todo parece soñado en la vida de Barnabas (Johnny Depp), un joven rico y poderoso, hasta que le rompe el corazón a Angelique Bouchard (Eva Green), una bruja que por despecho a su amor no correspondido lo convierte en vampiro y lo entierra vivo. Dos siglos después, en 1972, Barnabas logra salir de su tumba y se encuentra con un mundo completamente diferente al que conocía. Se dirige entonces a su vieja mansión que todavía está en pie, pero en estado ruinoso y con unos descendientes estrafalarios como moradores, entre los que destacan la matriarca Elizabeth Collins (Michelle Pfeiffer) y una psiquiatra (Helena Bonham Carter), que vive con ellos para ayudarlos con sus problemas familiares.

El chiste fácil
La película de vampiros era una deuda pendiente en la filmografía de Burton y quizás por eso el aficionado a su cine podía esperar que en Sombras tenebrosas el director mostrara su mejor cara. Poco hay de terror o suspenso en la cinta, como lo había, por ejemplo, en La leyenda del jinete sin cabeza, sino más bien de comedia negra, aunque el autor no da en el clavo como supo hacerlo en Beetlejuice. Mientras que en su segundo largometraje Burton liberó todo su potencial freak en el peculiar fantasma interpretado por Michael Keaton, en su último filme su transgresión suena más a Disney que a su pasada condición de chico raro de Hollywood. La duda que queda es si Burton se adaptó a la industria, si la industria se habituó a él o ambas cosas sucedieron.

El flojo guión (a cargo de Seth Grahame-Smith, autor de las novelas Orgullo y prejuicio y los zombies, y Abraham Lincoln, cazador de vampiros) es, sin duda, el talón de Aquiles de la película. Abunda la sobre explicación y la humorada fácil de las comedias pasatistas estadounidenses, algo que contrasta con la clase de humor de Burton en su obra maestra, El joven manos de tijera, capaz de construir escenas hilarantes a partir un protagonista que casi no habla. Y aunque ambos filmes parten de la misma premisa, la del “monstruo” que se inserta en la “vida normal”, los resultados son completamente diferentes.

Suena demasiado fácil viniendo de Burton que uno de los chistes más festejados de Sombras tenebrosas sea cuando Barnabas logra salir de su tumba tras dos centurias y confunde el brilloso cartel de Mc Donald’s con Mefistófeles. Luego, la escena en la que el vampiro comparte una ronda con un grupo de hippies que fuman marihuana es poco más que el cliché por el cliché.

El factor Depp
Hay algunos elementos disfrutables, y en ellos la interpretación de Johnny Depp tiene un peso central, por más que sus excéntricos personajes se desdibujen cada vez más en su celebridad. Lo cierto es que la película solo logra interés cuando él está en la pantalla, usando su vetusta forma de hablar en pleno siglo XX y con una estética a plena luz del día que se asemeja a la de Michael Jackson.

También es destacable el papel de la malvada y apasionada Angelique Bouchard, interpretada por la actriz francesa Eva Green, quien con su belleza e intensidad roba cada plano, como ya lo hiciera en Los soñadores de Bernardo Bertolucci. Más allá de la pequeña participación de Christopher Lee, de 90 años, el resto de las actuaciones son correctas, intrascendentes o meramente olvidables, aunque quizás también haya que culpar al guión por esto.

El apartado de la música, no obstante, puede llegar a entusiasmar un poco, con un mini recital de Alice Cooper, un nostálgico recorrido por canciones de los setenta y la banda sonora a cargo de Danny Elfman, otro incondicional de Burton. Pero el final, tan reminiscente a La muerte te sienta bien de Robert Zemeckis, cierra la película con un sabor más agrio que dulce.

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