21 de junio de 2020 5:00 hs

Pocas veces reparamos en que nuestra supervivencia y nuestra calidad de vida dependen de dos capas muy delgadas: una  capa de suelo, que generalmente no superior a 50 centímetros, a partir de la cual generamos nuestros alimentos.

Darse cuenta de lo frágil del suelo es relativamente fácil. La erosión es visible y con una pala nos damos cuenta que a 30 o 50 cm del suelo solemos llegar a la roca “madre”.

Como el aire es invisible, nos da la impresión que hay aire sin límites. En realidad la atmósfera tiene cuatro capas, y la tropósfera, la más delgada, la de más abajo, la que respiramos, tiene unos 10 km de espesor. Y no es que podamos respirar de esos 10 km. De 6 km para arriba ya se nos vuelve casi imposible. Lo más difícil del alpinismo, dicen algunos, es bajar luego de haber llegado a picos donde el cansancio aumenta y el oxígeno disminuye.

Si el mundo fuese una manzana, la atmósfera sería la cáscara y el suelo una delgada capa imperceptible. Desde el descubrimiento de la agricultura hace 10.000 años, y desde la revolución industrial hace 200 años, los suelos se erosionan y desertifican, y el aire tiene cada vez más dióxido de carbono.

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Lo interesante, desde un punto de vista agronómico, es que ambos problemas tienen una misma solución. El Premio Mundial de Alimentos de este año ha sido otorgado a alguien que ha dedicado su vida a estudiar esa solución: tener  suelos sanos, cada vez más fuertes, porque eso es crucial para evitar la erosión y sobre todo para capturar carbono del aire y ponerlo dentro del suelo. Un proceso sinérgico que es crucial para frenar el cambio climático ha sido premiado esta semana.

El suelo es un componente peculiar de la Naturaleza. No es un ser vivo, pero es todo lo contrario a algo inerte. Es una comunidad, más o menos diversa y vibrante. Un suelo bien manejado se percibe a simple vista por la abundancia de lombrices. A nivel microscópico bulle de microorganismos que toman los restos vegetales o animales y los convierten en humus.

Esa biodiversidad eventualmente atrae a aves y esas aves atraerán a otros animales. Lo más importante es que un suelo así toma carbono vegetal y lo entierra, no se erosiona y es cada vez más productivo.

El científico de suelos Rattan Lal recibió el Premio Mundial de Alimentos 2020 por desarrollar e integrar un enfoque centrado en el  suelo para aumentar la producción de alimentos que conserva los recursos naturales y mitiga el cambio climático.

Lal sí que se hizo desde abajo. Era un humilde refugiado que llegó de lo que actualmente es Pakistán. Su familia se instaló en una pequeña granja de subsistencia en India, y desde ayudar a su familia en la granja en lo que tal vez sería trabajo infantil, se convirtió en uno de los principales científicos del suelo del mundo, un capo de la edafología.

 Según el comunicado que anuncia su premiación, “su investigación centrada en la restauración de la salud del suelo en África, Asia y América Latina condujo a revelaciones que afectaron los rendimientos agrícolas, la conservación de los recursos naturales y la mitigación del cambio climático. Las prácticas agrícolas que abogó por Lal están ahora en el centro de los esfuerzos para mejorar los sistemas agrícolas en los trópicos y en todo el mundo”.

“Bajo la premisa de que la salud del suelo, las plantas, los animales, las personas y el medio ambiente es indivisible, Lal comenzó su carrera de investigación en el Instituto Internacional de Agricultura Tropical en Nigeria. Exploró y transformó técnicas como la labranza cero, los cultivo de cobertura, el mulch y la agrosilvicultura que protegían el suelo, conservaban el agua y devolvían nutrientes, carbono y materia orgánica. Esto mejoró la sostenibilidad a largo plazo de los agroecosistemas y minimizó los riesgos para los agricultores de sequías, inundaciones y otros efectos de un clima cambiante”.

Actualmente trabaja en la Ohio State University,  donde su investigación mostró cómo el carbono atmosférico puede ser secuestrado en los suelos.  Ahí radica la clave de articular la producción con lo ambiental. Algo que en realidad, puede decirse se sabe hace mucho, pero que el indio con sus investigaciones llevó a que se conociera con mucho más detalle. Lo que en Uruguay se hace al sembrar una pastura entre un cultivo de granos y otro y enterrando esa pastura.

Quienes lo han premiado, la fundación Norman Borlaug, indican que la investigación de Rattan Lal transformó la forma en que el mundo ve a los suelos. Es decir, los suelos ahora no solo son la base para aumentar la calidad y cantidad de alimentos y preservar los ecosistemas naturales, sino también una parte importante para mitigar el cambio climático. Para que un ejército de bacterias y el crecimiento de las plantas tomen carbono del aire y lo conviertan en más suelo fértil.

Rattan Lal fue invitado a ser parte del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático y tras su trabajo las Naciones Unidas adoptaron su estrategia de restaurar la salud del suelo como un medio para secuestrar el carbono. En 2007, ya había sido reconocido con un Certificado del Premio Nobel de la Paz por sus contribuciones al Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), cuando el IPCC fue nombrado co-receptor del Premio Nobel.

La clave de este siglo es partir de la base de que los suelos saludables son un componente crucial de la intensificación agrícola sostenible, lograr al mismo tiempo mayores rendimientos de los cultivos usando menos insumos.

Su trabajo no solo es un ejemplo de amalgamar la restauración del suelo y la de la calidad de aire, sino que también es un ejemplo de articulación público/privada y de trabajar tanto en los laboratorios como en las granjas de los agricultores más humildes. Tiene que ver con la agricultura intercalada con pasturas que hace Uruguay, con los sistemas de pastoreo racionales, con las buenas prácticas que se supone derivan de los planes de uso y manejo de suelos.

Su premiación llega en momentos en que están también llegando equipos al Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria para empezar a medir con más precisión las emisiones de metano de los vacunos, en proyectos de los criadores de Aberdeen Angus y Hereford. Luego tendrá que venir instrumental para medir el balance de carbono con distintos sistemas de pastoreo. Y tal vez, ¿porqué no? puede venir el propio profesor Lal a colaborar en el diseño de la intensificación sostenible del Uruguay Natural.

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