31 de enero de 2014 20:15 hs

Las expectativas eran muchas en el preestreno de Dandy, el príncipe de las murgas el sábado pasado en el Sodre. Tuvo que pasar más de una década para que el proyecto de Horacio Ferrer y Alberto Magnone de unir a Hamlet con el carnaval uruguayo se convirtiera en realidad. Atrás quedó la voz de Gustavo Nocetti (fallecido en un accidente a finales de 2002, a quien Ferrer consideró para ser el protagonista), y la ilusión fallida de 2007, cuando el espectáculo estuvo a punto de estrenarse.

“Sí, yo he soñado a Dandy, mi Hamlet del sur / en dramas y en hombres me duele su estrella”, escribió Ferrer en el poema Un linyera, que aparece en el programa de la obra. Y es que este espectáculo que homenajea a la esencia shakespeariana “melancólica, dubitativa y noble” del uruguayo es un sueño hecho realidad para Ferrer y Magnone y seguramente es un hito para los más de 40 artistas en escena del espectáculo, entre ellos Pablo “Pinocho” Routin, el protagonista, quien expresó a El País que interpretar a Dandy es el “gran desafío” de su vida.

Lamentablemente, no siempre los sueños se concretan en la realidad con la belleza con la que uno los imaginó. Esa es la sensación que dejó Dandy, el príncipe de las murgas durante su preestreno en el auditorio Adela Reta del Sodre, obra que estará en cartel hasta el 5 de febrero.

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Se trata de un espectáculo ambicioso y valiente, en un género en el que prácticamente no existen referencias, que conjuga el talento y esfuerzo de muchos artistas, pero que no consigue entretener.

La obra –denominada por sus creadores como “operita”– tiene dos partes en las que Ferrer recrea de manera bastante fiel pero a lo rioplatense la historia de Hamlet y su convulsionada familia. En ella se asoman versos de gran belleza y otros que se pierden ininteligibles en los cantos.

La obra cuenta sobre el escenario con la presencia permanente de una banda de siete músicos, maquillados y ataviados como murguistas y encabezados en el piano por Magnone, a la vez que atrás del escenario se encuentran un coro murguero y el coro Upsala. El escenario se ve dominado por dos estructuras de metal móviles, que aportan dinamismo, pero también resultan un tanto frías para el drama que se está representando.

La obra tiene de todo un poco: voces murgueras, arrabaleras, de soprano, dos coros, bastante de tango, algo de rock, un vestuario punky, una música sin estridencias, arte visual, efectos especiales. También están Martin Inthamoussu y Andrea Salazar haciendo algunos pasos (la obra parece pedir más espacio para la danza y mayor presencia de bailarines) y hasta una altisonante relación lésbica entre la reina y la hermana del rey (Rey Mina, interpretada por Ana Karina Rossi, quien sería Claudio en la obra de Shakeaspeare). El problema es que, como suele decirse, el todo es más que la suma de las partes y la emoción no parece encontrar su lugar en la obra.

Actoralmente destaca Tabaré Ribero, en el rol de Charlabaratón (Polonio), María Eugenia Pirotto como Lolita (Ofelia), Andrés Lazaroff, como el Bardo y el trío de cómicos (José Ferro, Martín Bonilla y Carlos Sorriba). Dentro del universo tanguero, conmueve la voz de Tabaré Leyton. Routin, cuya actuación en Murga Madre de Fernando Toja, también director de Dandy, el príncipe de las murgas, es gratamente recordada, hace un buen trabajo desde lo vocal, pero resulta demasiado rígido en lo actoral.

Rubén Rada aparece en el segundo acto en el rol de Yobinbras, rey del carnaval carioca, y oxigena un poco la puesta con su voz y su carisma, pero la participación es muy breve. No obstante, en el otro lado de la balanza, también hay breves apariciones de personajes que desafinan.

En definitiva, Dandy, el príncipe de las murgas, resulta una obra pionera en su exploración artística e inspiradora por el esfuerzo, que, sin embargo, se siente como un sueño a medio realizar.

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