La vida de Pi es una novela de 2001 del escritor canadiense Yann Martel y es lo que se considera un libro “infilmable”, una de esas obras que funcionan en el papel, pero que son prácticamente imposibles de traducir a la gran pantalla. Es una historia de gran espiritualidad que se centra en un chico indio que queda varado en el océano en un bote salvavidas con la sola compañía de un tigre. Tenía que llegar un director de la talla de Ang Lee, estadounidense nacido en Taiwán conocido por películas como El tigre y el dragón (2000) y Secreto en la montaña (2005), para enfrentarse con el desafío.
De su intervención y la del guionista David Magee salió Life of Pi: una aventura extraordinaria, una película en 3D para la que es difícil encontrar una palabra menos cliché que “mágica”.
Valiéndose de un protagonista inexperto y con Gérard Depardieu como único rostro conocido, Lee fabricó un filme que triunfa en cada nivel. El papel de Pi, el chico que queda en el océano, quedó en las manos de Suraj Sharma, que lleva la historia sobre sus hombros durante gran parte del largometraje.
Sharma se mete en el papel hasta el fondo: se puede leer en su rostro la desesperación, el dolor y el sufrimiento. Hay que recordar que Sharma estaba solo, pues el tigre con que interactúa es generado por computadora, lo que hace su actuación todavía más impresionante. Irrfan Khan (¿Quién quiere ser millonario?) también da una gran performance en el papel de Pi de adulto.
Algo muy destacable de Life of Pi es el aspecto visual. Nunca se duda de que el tigre sea real, tan bien hecha está la animación que hasta pueden leerse emociones en su rostro sin romper con la ilusión. Y sobre todo, la película está llena de planos espectaculares, de una belleza sorprendente. Varias escenas quedan grabadas en la retina, especialmente una en que una ballena salta por encima del bote en la noche, una en que el cielo se refleja en el agua como un espejo, u otra desde debajo del agua en que una persona nadando parece estar flotando en el aire. El 3D, que tanto sobra en otras películas, es usado por Lee como algo más que una forma de cobrar más caro: al igual que James Cameron con Avatar, Lee se vale de las tres dimensiones para dotar de tanta realidad a las imágenes que provoca una inmersión mayor en la narración.
Porque todo está al servicio de la historia, respaldado por un guion de gran calidad que logra combinar momentos de mucho drama con otros de suspenso y hasta de humor, con el que personas de cualquier religión pueden quedarse pensando en lo que creen y por qué, de lo que seguramente salgan reafirmados. Una crítica afirmaba que esta película devuelve la fe en el cine. Para que la devuelva hay que haberla perdido antes, pero que la aumenta, la aumenta.