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Una botella al mar

Uruguay se suma al llamado a elecciones libres en Venezuela, un atajo repleto de obstáculos

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09 de febrero de 2019 a las 05:02

Una diplomacia de buena voluntad, con Uruguay como anfitrión, llamó desde Montevideo a una solución pacífica de la imposible crisis venezolana. Venezuela está en ruinas y al borde de una guerra civil, la que implicaría una muy probable intervención de fuerzas extranjeras. 

Las aguas del mundo se han partido en torno a este conflicto: a favor del régimen chavista algunos países, o en su contra la gran mayoría.
Mientras tanto, México y Uruguay, con el Mecanismo de Montevideo, convocaron a un diálogo que parece impracticable dada la hondura del drama y lo lejos que han llegado las cosas. Desde cierta perspectiva, esa convocatoria parece un atajo para poder decir, luego del inevitable fracaso: al menos lo intentamos. 

Uruguay, un país pequeño, con muchas más chances de ser víctima que victimario, casi siempre se ha aferrado al principio de no intervención y de autodeterminación. 

El gobierno también está condicionado por las simpatías de una parte del Frente Amplio por el régimen socialista que encarna Nicolás Maduro. 

Pero, de manera implícita, el presidente Tabaré Vázquez y el canciller Rodolfo Nin Novoa han actuado como si el caso venezolano no tuviera salida perfecta. Y en eso tienen razón.

No hay camino bueno en Venezuela. Por un lado, el chavismo representa el enésimo fracaso histórico del socialismo autoritario y burocrático, agravado por la incompetencia y podredumbre de sus líderes. Un Estado asentado sobre un mar de recursos naturales naufraga en la pobreza y la tiranía.

Por otro lado, se configura una intromisión arrogante del gobierno de Estados Unidos y de varias potencias, un asunto siempre espinoso y desagradable para los latinoamericanos.

Juan Guaidó, el “presidente encargado”, es uno de los líderes de una oposición renovada; pero tendrá que cuidarse de no representar una mera continuidad de aquellos viejos partidos tradicionales venezolanos, una banda de ladrones e incompetentes que le sirvió el poder en bandeja en 1998 al populista Hugo Chávez. 

Y la tercera alternativa: una nueva concesión diplomática al chavismo, con más plazos y créditos, también podrían equivaler, en pequeña escala, a un nuevo Múnich 1938: más ofrenda de sangre con la esperanza de que el monstruo finalmente se haga vegetariano.

Nadie se chupa el dedo. Un nuevo diálogo entre el gobierno y la oposición favorece a Nicolás Maduro, que gana tiempo y tribunas.

Venezuela requiere paz, autodeterminación, elecciones auténticamente libres, recuperación económica, fin de la hambruna y privaciones de todo tipo. ¿Pero cómo se llega a ello?

Son demasiadas moscas para atar por el rabo.

Ni siquiera se arreglará con un simple llamado a elecciones generales, como hizo Uruguay junto a la Unión Europea en el Grupo de Contacto Internacional, aunque puedan ser un principio, porque: ¿qué tipo de elecciones?, ¿en qué circunstancias?

Para que unas elecciones sean realmente representativas de la voluntad de un pueblo requieren un marco adecuado de libertades y tolerancia: una gimnasia democrática cotidiana.

En 2004 la oposición venezolana recolectó firmas para un referéndum que permitiera destituir a Hugo Chávez. El caudillo finalmente fue ratificado por casi el 60% de los votantes. Tiempo después en las calles de Caracas se vendían cedés que contenían los nombres de todos los que habían firmado para llamar a esa consulta. Ninguno de ellos trabajaría ya en el Estado, ni sería proveedor, grande o pequeño, ni recibiría asistencia oficial de clase alguna. 

Y así es casi todo en Venezuela. Ahora los ciudadanos deben sacar su “carnet de la patria” para obtener asistencia en dinero, alimentos y otros servicios, lo que lleva el control social hasta un punto que haría enrojecer de envidia a un Hitler o a un Stalin.

Estas dos anécdotas, y las hay por miles, unidas a tribunales electorales y de justicia que sirven escrupulosamente a su amo, el Poder Ejecutivo, a una oposición arrinconada y perseguida, a medios de comunicación vapuleados, dan una pequeña idea de la dificultad de realizar hoy elecciones libres en Venezuela. 

Nicolás Maduro y su entorno más íntimo, que incluye a muchos jefes militares, están metidos hasta el cuello en toda suerte de crímenes. No se irán para su casa pacíficamente después de perder unas elecciones ejemplares.

¿Cómo será el final del régimen? En el mejor de los casos, con un golpe dentro del golpe: la defección de una parte del gobierno y un cuartelazo, al mejor estilo latinoamericano.

La otra opción causa pavor con solo imaginarla: una guerra civil que defina el pleito en un baño de sangre. 

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