26 de septiembre de 2014 20:12 hs

Twitter todavía no existía y Facebook era apenas el sitio web de un universitario excéntrico en los albores su creación. Los blogs, eso sí, venían pisando fuerte, pero el concepto de comunidad en internet y de sinergia colectiva estaba a años luz de lo que es en la actualidad, así como también era muy distinta la relación entre este medio y la televisión.

Pero hace 10 años, exactamente el 22 de setiembre de 2004, nacía Lost, la serie que contaba la historia de un grupo de sobrevivientes de un avión en una extraña isla paradisíaca.

Creada por Jeffrey Lieber, J. J. Abrams y Damon Lindelof, Lost llegó para convertirse, con 121 capítulos, no solo en una de las mejores series de la televisión sino en un fenómeno de internet que redefinió la relación entre estos programas y los espectadores.

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Lamentablemente hablar hoy de Lost implica retrotraerse a su polémico episodio final, transmitido el 23 de mayo de 2010, que funcionó como línea divisoria para los fans y el cual, en cierta medida, ha desdibujado el recuerdo de lo que significó la serie. Porque más allá de que el final haya estado o no a la altura del programa (y quien escribe estas líneas se sintió decepcionada por gran parte de la sexta temporada y también por el último episodio), Lost implicó un antes y un después en la historia de la televisión y dejó un vacío que aún este medio parece no haber podido o querido suplir. De la misma manera, tampoco ha habido una serie que haya podido vehiculizar de esa manera el caudal creativo de los fans a través de internet.

Es cierto, hay varias cosas que se le pueden objetar y si la vemos de manera comparativa con otras series, seguramente Lost no pueda competir con Los Soprano o Breaking Bad, centradas en un protagonista carismático y orgullosas de haber atravesado todas sus temporadas sin grandes bajones argumentales. Pero ninguna de las series realizadas hasta ahora, ni siquiera las que cuentan con un reparto coral como Game of Thrones, ha dado en el clavo de la forma en que lo hizo Lost.

La posibilidad de una isla

¿Qué cosas te llevarías a una isla desierta?, es la típica pregunta que aparece una y otra vez cuando queremos dejar volar la imaginación. ¿Cuántos de nosotros han crecido leyendo a Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, o Escuela de Robinsones (1882), de Julio Verne?

Aunque pueda resultar un escenario poco probable en la vida real, lo cierto es que el concepto de isla desierta ha seducido durante siglos a la literatura. Lo mismo ha sucedido luego con el cine –un buen ejemplo es la cinta Náufrago (2000), de Robert Zemeckis– e incluso a la televisión, con programas como el reality show Survivor, cuya versión sueca de 1997 fue la primera en emitirse.

Parte del éxito de Lost es haber encontrado un despliegue a la altura de la fantasía que una y otra vez ha cautivado a la humanidad, a la vez que también captó el gusto morboso de los humanos por las historias de aviones que se accidentan. Diez años antes de la desaparición del vuelo 370 de Malaysia Airlines, Lost ha sabido beber de todas estas fuentes de la realidad y el imaginario colectivo, y al mismo tiempo expandió el universo mucho más allá. La ciencia ficción, la comedia, el drama, el romance, la literatura, el cine, la historia, la ciencia, todo tuvo lugar en esta serie que apeló a las referencias culturales como si fueran migas de pan en la construcción del camino argumental (algo que también usa Mad Men, por ejemplo) de una forma inédita hasta el momento.

Lost significó riesgo, una palabra que no suele entusiasmar demasiado a los productores audiovisuales. Y lo hizo desde el capítulo piloto, que costó US$ 13 millones y se convirtió en el más caro de la historia. Desde ese despertar de Jack a su nueva realidad, en la que se encuentra con los otros sobrevivientes, mientras el pasado reciente va cobrando vida a través de flashbacks y la isla se revela siniestra.

Esa apuesta por el riesgo en ocasiones fue fructífera (el uso de flashforwards en la temporada cuatro fue una gran vuelta de tuerca) y en otras no, pero no por ello Lost dejó de sentirse como un juego, como una montaña rusa de sensaciones en la que los únicos “perdidos” no eran los protagonistas de la serie, sino también los televidentes.

Sentimiento de comunidad

Una de las claves del fenómeno es sin duda el rol activo que tuvieron los espectadores. Ante un programa que generaba una adicción tal que terminó por convertirse en más real que la propia realidad (especialmente para aquellos que la hayan visualizado en sesiones maratónicas de varios capítulos), el después de cada episodio se convirtió casi en tan interesante como el capítulo en sí.

Era la sensación de que realmente entendíamos qué era lo que estaba pasando; que más allá de estar mirando un simple programa de televisión, estábamos asistiendo a un espectáculo trascendente, que cuestionaba la dicotomía del bien y el mal, de la fe y la ciencia e incluso del espacio tiempo (tema que encontró una resolución magistral en el que debe ser no solo uno de los mejores capítulos de Lost, sino de la televisión: La constante).

Pero si Lost trascendió no fue solo por sus sorpresas argumentales, como los osos polares, el monstruo de humo, los números de la suerte o los proyectos científicos alocados. Lo que llevaba al público a ver semana a semana el programa era, en definitiva, lo que les pasaba a esos personajes tan variopintos y al mismo tiempo tan iguales en sus miedos y sufrimientos, saber cuál era la persona que se había forjado antes de llegar a la isla, ver cómo la nueva situación redefinía sus máscaras.

El universo de Lost fue tan amplio, y dejaba tantas puertas abiertas a sus espectadores, que el fenómeno que generó en internet no tuvo parangón. Miles de personas leyendo, comentando, descifrando pistas, elucubrando teorías, discutiendo cuestiones filosóficas, científicas y literarias a través de los blogs y los medios de comunicación en internet.

“Si no podemos vivir juntos, vamos a morir solos”, dijo el personaje Jack en una de las frases memorables de la serie, y Lost era un reflejo de esta máxima. Porque fue un espacio de fantasía y creatividad donde personas de todo el mundo confluyeron para crear una comunidad y alimentar un fenómeno que, vivido en soledad, hubiera perecido.

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