13 de julio de 2012 21:13 hs

La leyenda cuenta que Giacomo Puccini llegó a la ciudad de Pisa cubierto de polvo y a lomos de una mula para ver Aida, de Verdi, y que ese día de 1876 se enamoró para siempre de la ópera. Más tarde el italiano sería autor de obras tan famosas como La Bohemia, Tosca o Madame Butterfly, que revolucionaron el panorama musical de la época y que lo consagraron para siempre como un preferido del público.

Turandot, la pieza que se estrena este 18 de julio en el Auditorio Nacional Adela Reta, tiene varias características que la hacen especial: fue la última ópera compuesta por Puccini que no logró terminarla ya que murió de cáncer de garganta mientras la hacía, y tiene uno de los pasajes más famosos y exigentes de la lírica mundial, el Nessun Dorma, que hoy se utiliza como una especie de test internacional para el aspirante a cantante lírico.

Ariel Cazes, director artístico del Sodre y cantante lírico desde hace años, opina que la ópera es el espectáculo más grandioso que conoce el mundo, porque conjuga varias artes en un mismo espacio: la actuación, la música, la danza y ese primer instrumento musical que descubrió la humanidad: la voz.

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Porque en el fondo se trata de eso, de festejar ese don y también la vida, y compartirlo cantando. Turandot es una obra exigente, que requiere un gran esfuerzo vocal porque además de dar con el tono, “se necesitan voces de un determinado color, con un matiz propio, sobre todo para el rol de la protagonista, y eso no es fácil de conseguir acá ni en el exterior”, afirma Cazes.

Por eso, y por las más de 400 personas que se necesitan para preparar un evento de este tipo, se tuvo que recurrir a gente del exterior para completar el staff.
“Tenemos cantantes de Norteamérica, Argentina, México, Chile, Venezuela y Cuba. Para Turandot es imprescindible sumar gente porque es un espectáculo de gran despliegue, con más de 140 personas en escena en algunos momentos y más de 100 músicos tocando en vivo”, destaca Cazes.

La actividad en el escenario, donde ya se distingue qué es cada cosa, es febril. Los imponentes decorados, traídos especialmente de Chile, recrean el mundo chino donde se sitúa la historia de Turandot, que bebe de las fuentes orientales para construir una historia que recorre todo el abanico de los sentimientos humanos, sin dejar de ser una sencilla fábula acerca del amor, con princesa, pretendiente, enemigo, luchas y ejecuciones.

Y como hay tanta cosa para ver y escuchar, se pensó en la gente y se decidió montar la pantalla de subtitulado para que a nadie se le escape detalle.Gigantescos guerreros orientales de terracota presiden el escenario y un círculo luminoso que funciona como un gran gong se transforma más tarde en un inolvidable dragón chino.

Telones falsos recrean escenarios naturales de vegetación y varias cabezas cortadas cuelgan espeluznantes de unas vigas de madera. A sus pies, varios actores practican con falsas espadas de metal las coreografías mientras las 50 luces robóticas de última generación agregan exóticos colores a la escena.

El montaje impresiona; quizás por eso Cazes está orgulloso: de tener todo más o menos encaminado y del Auditorio, que ya no es lo que era. “Ahora, con la ampliación del foso para los músicos, la sala ha dado un paso de gigante. La gente que nos acompañe va a ver un espectáculo de primer nivel, similar al que se puede disfrutar en Milán o en Londres. Obras como Turandot requieren una puesta en escena que no cualquier sala puede ofrecer y con la nueva remodelación, el Auditorio es uno de los pocos lugares de Sudamérica que puede albergarla”.

Turandot también necesita de muchos extras, y para eso se recurre, como es habitual, a la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD). Pero en esta oportunidad todo se hizo más difícil ya que se requerían varios “forzudos” para hacer los papeles de guerreros.La solución vino por el lado del la Asociación de Halterofilia del Uruguay, que cedió a varios de sus muchachos para que impongan presencia en el escenario.

A pocos días del estreno los nervios se hacen sentir, y los imprevistos siempre complican. Un ejemplo es la baja médica que dejó fuera al argentino Darío Volonté, que para colmo de males era uno de los solistas principales. “Estas cosas siempre pasan, y más en invierno”, se resigna Cazes que ya consiguió un reemplazo que viene de Chile.

Todo está pronto, entonces, para que las 1.800 butacas de la sala sean ocupadas por quienes deseen ver este espectáculo con mayúscula. En el escenario, que ahora está a oscuras, apenas se distinguen sombras.

Parado sobre las tablas, Cazes parece más cómodo que en la oficina: está en su mundo. Por eso no duda en contestar cuando se le pregunta ¿Qué se siente acá arriba? “Emoción, una emoción tan grande que uno debe sobreponerse para seguir cantando. Escuchar la música deliciosa que sube y te rodea, y cantarla, es increíble. A veces se te hace un nudo en la garganta.”, confiesa sonriendo el director artístico del Sodre .

Y como sabe todos los trucos, señala y recomienda: exactamente allá es el mejor lugar, en esa zona intermedia. Porque cuanto más arriba se está, mejor se escucha pero peor se ve, y a la inversa, cuanto más abajo o más cerca del escenario, mejor se ve, pero se escucha peor. Gajes del oficio.

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