18 de abril de 2021 5:05 hs

En noviembre de 2007 viajé invitado a Macedonia para recibir un premio literario obtenido luego de que mi poesía fuera traducida al albanés por un traductor notable, amigo de Ismaíl Kadaré, con quien he perdido contacto hace tiempo. Entre mis planes de esta vida no estaba visitar Macedonia, hoy Macedonia del Norte, pero la poesía, la fidelidad a esta, tiene cosas inexplicables, como por ejemplo que a uno lo conozcan y lo traduzcan donde menos podría imaginarlo. Aunque era un viaje de gran atractivo debido al plan preparado por los organizadores, dudé en viajar. El escritor macedonio Shaip Emërllahu me convenció para que fuera. Aunque el país está en Europa, su lejanía significaba casi 20 horas de vuelo entre traslados y demoras en aeropuertos. Tuve que hacer dos escalas; la segunda, en Budapest, interminable. En un país cuyo nombre enseguida asocié con Alejandro Magno, entré en contacto con una realidad que me sorprendió desde la llegada misma al aeropuerto de Skopie, la capital, el cual por lo pequeño me pareció más un garaje que una terminal aérea. Como único adorno de bienvenida tenía un busto del eximio militar, quien, de no haber muerto joven hubiera conquistado al mundo. En Macedonia me encontré con un país extraño, de gente amabilísima pero distante. Es un lugar adonde me gustaría regresar, aunque sea para continuar el vano intento por conocerlo mejor. 

Semanas atrás, no tantas, en un resultado histórico que seguramente figurará entre las 10 noticias deportivas de mayor importancia de 2021, Macedonia del Norte derrotó 2-1 a Alemania jugando de visitante, por las eliminatorias mundialistas de Qatar 2022. En los deportes, por banal que pueda parecer, los países encuentran razones para estimular la autoestima nacional. Los macedonios están muy orgullosos del país que tienen y poco hacen para disimular las grandes divisiones internas que lo caracterizan, las que en cierta manera quedaron en evidencia el 18 de setiembre de 2018, cuando se realizó una de las votaciones de mayor trascendencia de su historia. Macedonia votó un referendo para cambiarle el nombre al país. Poca gente asistió a las urnas, muchísima menos de la esperada, pero quienes lo hicieron allanaron el camino para que la ahora República de Macedonia del Norte, no ya una referencia geopolítica provisional, forme parte de la OTAN desde 2020. 

En la modernidad, todo está sujeto a cambio, incluso, como el caso de Macedonia lo demuestra, el nombre de un país. Hacia fines de la primera década del siglo XXI, el país dejó de ser un confín perdido de la ex Yugoslavia para pasar a integrar, por derecho de admisión, la Europa del siglo XXI. La antes Antigua República Yugoslava de Macedonia, que existió entre 1993 y 2020, ahora tiene una formalidad permanente. El nombre que le ha quedado y bajo el cual existirá en esta nueva etapa de su historia es en rigor lo de menos. Quien haya seguido las campañas a favor y en contra del cambio del nombre, de Macedonia a Macedonia del Norte tras el referéndum realizado, se topó con un proceso surrealista, sobre todo por el tono de las discusiones, similares a los diálogos de las geniales, por divertidas, obras de Alfred Jarry o Eugene Ionesco. A Macedonia del Norte, lo recuerdo así, como un lugar surrealista incomparable, en el cual la imaginación siente cada día al despertar una extraña libertad, propia de lugares que están perdidos en la periferia del mapa y obligan al visitante a preguntarse, ¿dónde estoy?, que es lo que hace el personaje del cuento Luvina, de Juan Rulfo: “¿En qué país estamos, Agripina?”.

En el invierno que viajé a Macedonia del Norte el país estaba teniendo problemas económicos. Había restricciones eléctricas. Aunque hacía un frío tremendo, en el hotel apagaban la calefacción a medianoche. Dos horas después, la cama era un iglú. Fueron por tanto noches de dormir poco. Antes de las seis estaba en pie, para desayunar un cacho de pan casero y una taza de café. Era lo único que servían, si bien el menú ofrecía otras cosas. “Todo lo demás que está ahí hace tiempo que se acabó”, me dijo el mozo de una vez y para siempre. Para intentar compensar la falta de sueño nocturno, en la tarde trataba de tomar un corto reposo. Un día esa rutina fue alterada. A eso de las cinco un estruendo persistente en la calle interrumpió mi siesta.

A través de la ventana del cuarto piso del hotel Liraku pude ver una multitud en movimiento, rumbo a la plaza que tenía enfrente de mi habitación. Estaba helado, pues en Tetova el invierno comienza temprano, y ya a mediados de octubre hace mucho frío. Como quise ver de cerca lo que estaba ocurriendo, y porque cosas así no pasan todos los días, en cuestión de minutos pasé a estar con los manifestantes en plena calle. De pronto me di cuenta de que era parte de una escena salida de una película de Luis Buñuel. Me rodeaban jóvenes vistiendo camisetas con la imagen del Che Guevara, quienes al mismo tiempo portaban pancartas con la imagen de George W. Bush, por entonces presidente, y una bandera estadounidense a la cual revoloteaban como si con ese movimiento quisieran cambiar la dirección del aire. Tal como me dijeron, los manifestantes habían venido de todas partes de la ex Yugoslavia a pedir por la independencia de Kosovo. “Free Kosovo” (Kosovo libre), gritaban. La realidad vista y oída imponía su verdad: el Che y el Tío Sam unidos jamás serán vencidos. 

Quise comunicarme con los manifestantes para saber más sobre el barullo de batucada, pero resultó imposible pues la única manera de hacerlo era hablando albanés, idioma de los macedonios musulmanes, los cuales en esa parte del mundo son mayoría. El desfile continuó. La imagen del Che con barba (no conozco ninguna suya afeitado) y la bandera de las estrellas y las rayas circulaban rumbo a una utopía entre imposible y paródica. ¿Dónde estoy?, volví a repetirme. En vano intenté ordenar ideas, pensamientos, recuerdos, presentimientos. ¿Qué estoy haciendo aquí? Ah, sí, claro, estoy participando como invitado en el festival de poesía Ditet e Naimit (Days of Naim). ¿Sería la manifestación parte del show que les tenían preparado a los visitantes extranjeros? Supuse que ese tremendo tumulto callejero era parte del festival, pues cuando la poesía es protagonista de la realidad, esta mejora y es menos previsible de lo acostumbrado. 

Entre los recuerdos que se agolparon mientras los manifestantes levantaban aun más sus voces de protesta, apareció uno clave para entender el momento, para poder saber qué estaba haciendo yo ahí. Un recuerdo que venía de por lo menos cinco años antes. A mi anfitrión, el poeta macedonio Shaip Emërllahu, organizador del festival y quien me convenció para que viajara, lo había conocido a principios del siglo XXI en el restaurante del Gran Hotel de Medellín, durante el festival de poesía que se realiza en esa ciudad. También ese primer encuentro fue surrealista. Emërllahu estaba de pie, vestido de saco y corbata, mirando seriamente la comida del buffet colombiano y hablando a solas, como si le hubiera preguntado algo en albanés a la carne vacuna con arroz, a las papas al vapor preparadas con perejil, al pollo en salsa verde, que emergían entre las demás opciones culinarias, y estuviera esperando la respuesta por parte de los alimentos. Comenzamos a hablar, no sé bien en qué idioma, pero eso no fue impedimento para iniciar un diálogo que todavía continúa, tanto tiempo después del primer encuentro en Medellín y de mi viaje a Tetova, donde vi a miles de jóvenes ejerciendo en público una contradicción ideológica que no ha parado de buscar su lugar en el mundo. 

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