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Zona Cero: la distopía (muy contemporánea) de "un país llamado Chile que fue secuestrado por chupasangres"

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20 de octubre de 2020 a las 08:33

"Zona Cero" es de muchas maneras un libro surrealista, y de muchas lecturas.

Gilberto Villarroel, periodista y escritor
Gaetan Villarroel
Periodista y escritor, Gilberto Villarroel mezcla en muchas de sus obras la historia y la literatura fantástica.

Se puede leer como una historia de vampiros o un texto de aventuras, pero al mismo tiempo es una crítica social y hasta se podría decir que es el mapa de un viaje, sangriento pero también turístico, por el centro de Santiago de Chile, y algunos de sus barrios más conocidos.

Comienza con un terremoto, un fenómeno recurrente en ese país sudamericano, que suele generar momentos de mucha solidaridad, pero en esta novela del periodista, escritor, guionista y productor Gilberto Villarroel da lugar a una monstruosidad: chilenos que se matan y devoran entre ellos, chupasangres.

Lo que sigue es la batalla por vencerlos y rescatar a una mujer embarazada, mientras los personajes van dejando en evidencia las desigualdades sociales y económicas y las perversidades políticas y empresariales que afectan a la nación.

Villarroel es un hombre versátil y en esta distopía lo vuelve a confirmar.

Periodista de profesión, comenzó a ejercer en los últimos cinco años del régimen de Augusto Pinochet (1973-1990) y siguió de cerca como reportero, editor y corresponsal extranjero su salida del poder y la reinstauración de la democracia.

Portada del libro Zona Cero
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En 2000, ya haciendo gala de sus múltiples intereses, escribió y produjo "Chilean Gothic", la primera película de terror del cine chileno contemporáneo, una versión libre de un cuento de H.P. Lovecraft, que entre otros reconocimientos ganó los premios Luchino Visconti y George Eastman.

Desde entonces, no ha parado de crear.

En estos días promociona en Francia, país donde vive desde 2014, la versión francesa de la novela "Cochrane VS Cthulhu", parte de una saga protagonizada por Lord Cochrane (de quien Villarroel escribió y produjo un documental filmado en siete países), que en este libro en particular se enfrenta a un poderoso monstruo marino, una deidad de origen mitológico creada por H.P. Lovecraft. El segundo volumen se publicará en francés en febrero de 2021 para Francia, Suiza y Bélgica.

La historia es otra de las pasiones de este multifacético autor. Y aunque "Zona Cero" se escribió antes del estallido social que comenzó el 18 de octubre de 2019 en Chile, tiene un aire contemporáneo innegable.


Dices al final del libro que "Zona Cero" es una carta de amor los chilenos, pero también es una crítica feroz en la que no se salva (casi) nadie: ni los políticos, ni la Iglesia, ni los militares, ni los empresarios, ni el periodismo…

Claro, por eso tiene una línea como de sinopsis de película que dice "Había una vez un país llamado Chile que fue secuestrado por chupasangres", que es como la premisa del libro, un país que está rehén de un grupo de gente inescrupulosa.

Que aunque son personajes de ficción, por sus nombres pueden ser identificables para los chilenos, y por sus características para cualquier lector. Son casi arquetipos.

Sí, los nombres son inventados, pero es cierto que muchos pueden tener ecos con la realidad. Los curas pedófilos, los empresarios, los defensores del capitalismo salvaje, de ese sistema que se nos presenta como la modernidad, pero está lleno de contradicciones, de desigualdades.

Por ejemplo, el dueño de la Torre Valhalla, que es un edificio ficticio, la torre más alta de la ciudad, se hizo rico pagando las facturas de sus proveedores a 150 días, una práctica muy usual, que comparte con los dueños de otras torres del barrio. Entonces, es fácil identificar a personajes como aquel.

Pero al ser una novela no quise que ninguno de los personajes tuviese nombre real, porque quería englobar una realidad. Y tener la libertad para hacerlo.

¿Cuál realidad?

La transición a la democracia en Chile, que se hizo entre un grupo de demócratas que con la mejor voluntad, o con miedo, o con ambas cosas, negociaron con sus opresores, que fueron los que salieron ganando.

Pensemos que en 1988 se votó para que Pinochet no gobernara ocho años más y, aunque perdió, siguió un año y medio en el poder.

Augusto Pinochet
Getty Images
El histórico referéndum de 1988 terminó con el régimen militar en Chile, aunque Augusto Pinochet siguió un año y medio más en el poder.

El derrotado no se va a los 3 meses, como es habitual en cualquier país, sino que sigue gobernando, dictando leyes, privatizando empresas. Legisló hasta el último día e hizo reformas que no lo afectaban a él: se quedó como comandante del ejército inamovible, con derecho a ser senador designado, no se tocaron las AFP, el sistema electoral binominal (que desapareció recién en 2018), las Isapre.

Y cuando se va deja su Constitución.

Toda esa transición, hecha sobre la base de la impunidad y del establecimiento de un modelo económico neoliberal a ultranza, es la que al final crea una situación de abuso tremenda.

¿Y por qué elegiste la alegoría de los vampiros?

La idea inicial era hacer una novela gráfica.

Yo ya había trabajado en un cómic en 2009, con Cristián Luco y Gabriel Aiquel, que se llamaba "El modelo de Pickman" (adaptación del mismo cuento de Lovecraft que inspiró "Chilean Gothic"), en el que habíamos tocado el fenómeno de los monstruos de una manera hiperrealista, y también era una crítica a la impunidad.

Y ahora quería hacer algo con los vampiros. Me parecía tremendamente apropiado su uso como alegoría de los abusos políticos y económicos.

Así fue desde el comienzo: el vampiro de John William Polidori (considerado por muchos el creador del género) está inspirado en Lord Byron, una figura aristocrática con la que el autor tenía una relación de amor-odio.

Al final, a lo largo de la historia los chupasangres han sido eso, aristócratas que no tienen consideración por el resto de la humanidad.

La cosa es que empezamos a trabajar con Luco en un guion, pero cuando llegamos a una escena particular que pasa en la catedral Metropolitana y que tenía más diálogo, cuando el protagonista se encuentra con un grupo de mineros y aparece el cura pedófilo, me di cuenta de que era un tema que necesitaba desarrollar más. Y terminé novelando la historia.

Sin embargo, el estilo de la prosa mantiene algo de novela gráfica. Es fácil ver los diálogos como parte de una viñeta.

Sí, es una escritura muy rápida, muy basada en la acción. Diría que es muy visceral, muy imperfecta, incluso. Yo no aspiré aquí a una perfección de estilo, aunque muchos críticos recibieron bien el libro en Chile y este mes fue materia de análisis entre los alumnos de lenguas extranjeras de la Universidad Jean Moulin Lyon 3, en Francia por una iniciativa del festival literario Belles Latinas.

Piensa que me tardé seis años en hacer el libro, pero escribí 80 páginas en cinco años y las últimas 300 las escribí en un mes y medio. Fue en un frenesí, un trance. Por eso tiene ese ritmo más como de novela gráfica, más que de literatura seria, por decirlo así.

Los abusos sociales y económicos que describen los personajes, a veces explícitamente y otras en forma metafórica, están en la base del estallido social que se inició el 18 de octubre de 2019.

Claro. Por eso hace tanto sentido la famosa frase que dice la gente: no son 30 pesos, son 30 años de abusos.

Imagínate que yo empecé este proyecto en 2013, durante el primer gobierno de Piñera, y ya había mucha molestia por todas estas cosas que menciono. Y terminé de escribir el 11 de septiembre de 2019, una fecha muy cargada y simbólica (otro aniversario del golpe de Estado de 1973). Habían pasado seis años, pero la temática seguía plenamente vigente.

Al mes siguiente se produjo el estallido social y al poco tiempo la gente empezó a llamar Zona Cero al centro de Santiago.

Disturbios durante las protestas en Plaza Italia, Santiago, en octubre de 2019.
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Imagen aérea de los disturbios durante las protestas en Plaza Italia, en el centro de Santiago, en octubre de 2019.

Pero yo no lo llamé así por eso. Mi referencia eran los ataques de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York. Así es como llamaban a la zona de catástrofe. Y como uno de los personajes es un marine estadounidense que llega a militarizar Santiago en una zona de catástrofe me pareció que funcionaba como título.

Es curioso que después los manifestantes bautizaran así al epicentro de las protestas en Chile, pero eso ya es una casualidad.

En ningún momento el libro hace referencia al estallido. Es una distopía. Pero claro, la tensión ya existía en el país desde hace muchos años, cualquier chileno con inquietudes sociales lo notaba. En mi caso yo solo la pasé a un formato novela. Los valientes son los que salieron a protestar. Muchos perdieron los ojos, la vida.

No es la única casualidad. En el libro también hay una cuarentena.

Ahí se produjo otra sincronía, aunque en la novela la cuarentena no se da por un virus, sino por una plaga de vampiros, que comienza cuando después del terremoto en el Cementerio General se abre una cripta debajo de otra cripta que destapa un secreto, una monstruosidad escondida, milenaria, que es la alegoría de la monstruosidad que estábamos viviendo durante las últimas décadas.

En la cual la Iglesia católica tiene un papel central.

Sí, claro, en el corazón del libro está la lucha de poder entre el gobierno de Estados Unidos y el Vaticano, que es el único que maneja el secreto del vampirismo históricamente, y que está dispuesto a todo porque no salga a la luz.

Yo con la Iglesia católica tuve una desilusión grande, porque yo empecé a ejercer el periodismo en dictadura, y en esos años la Iglesia, o al menos una parte de ella, estaba en una labor de defensa de los derechos humanos, especialmente a través de toda la labor que hizo con la Vicaría de la solidaridad.

Pero con los años se vio que incluso algunas figuras vinculadas a esa defensa de los derechos humanos, como el cura Cristián Precht, tenían un pasado de abusos a personas. Eran ídolos de barro también.

Es un poco la misma imagen de la transición hecha, finalmente, sobre bases poco sólidas.

El otro gran antihéroe de la novela es el estadounidense Tony Díaz, un gringo bastante siniestro y lleno de ambigüedad, que pasa de actos generosos a traiciones.

Tony es un personaje bastante turbio. Está especializado en operaciones tras las líneas enemigas, y probablemente en 1973 habría estado entre los que ayudaron a dar el golpe contra Allende.

La Moneda bombardeada durante el golpe el 11 de septiembre de 1973.
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La Moneda bombardeada durante el golpe el 11 de septiembre de 1973.

Yo he conocido a ese tipo de personajes.

A fines de los 80 estaba reporteando sobre Famae, un caso de tráfico de armas que involucraba a Pinochet (el caso Irán-Corfo, como lo bauticé en su momento), y el director de la revista donde trabajaba me dijo que unos funcionarios de la embajada estadounidense querían hablar con nosotros. Fantástico, dije yo, vamos a poder intercambiar información.

Fuimos a almorzar y los dos civiles, que tenían un aspecto mucho más latino que gringo, me hicieron muchas preguntas de lo que había reporteado y publicado, y cada vez que yo les preguntaba algo me respondían con evasivas, pero lo hacían de una manera tan hábil que el resultado fue que yo no saqué nada nuevo y ellos sí se llevaron todo lo que yo sabía.

Fue el almuerzo más raro que he tenido en mi vida. Me sentí crudamente estafado, casi violado. Eran maestros en el manejo información, de esos que te pueden interrogar sin golpearte, profesionales.

Es una imagen que me sirvió para crear a Toni Díaz, un tipo con pinta latina, que puede pasar por chileno, y que es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quiere, que en este caso es una muestra de sangre de una criatura muy importante, que puede inclinar la balanza de la lucha contra el Vaticano a favor del gobierno de Estados Unidos.

Es cierto que tiene algunos gestos más altruistas, pero nunca olvida su meta y pase lo que pase lo que más le importa es cumplir su misión.

Es un personaje que refleja también la relación ambigua que ha tenido Chile toda la vida con Estados Unidos, un país que interviene para derrocar a Allende, y luego ayuda a crear la campaña del No, que derroca a Pinochet.

Encarna esa cosa de que hemos sido siempre el patio trasero de Estados Unidos, y que ellos vienen acá y hacen y deshacen.

Pero son derrotados por una cuadrilla, que por cierto es bastante peculiar: hay un periodista chileno, su novia francesa y un trío de mineros llamados Ilich, Fidel y Luis Emilio.

Yo le quise hacer un homenaje a los mineros del carbón por muchas razones.

Gilberto Villarroel.
Andrés Mendoza
Periodista de profesión, Villarroel comenzó a ejercer en los últimos cinco años del régimen de Augusto Pinochet.

En los años en que trabajé de periodista bajé en varias ocasiones a que los piques, anduve por las minas de Lota. Es una zona que conozco y a la que le tenía mucho cariño.

Las minas de carbón se cerraron en democracia; los mineros también fueron damnificados de la transición, personajes olvidados que no encajaban con la modernidad.

Por eso les di un rol importante, son los rescatistas y están llenos de herramientas y trucos para salvarse a ellos mismos y a otros.

Y los llamé llaman así, Ilich, Fidel y Luis Emilio, porque era muy común que tuvieran nombres de personaje vinculados con todo el imaginario de la revolución rusa y de la izquierda chilena y latinoamericana. Estaban marcados por eso.

El propio Pinochet lo menciona en sus memorias. Decía que, en 1948, cuando era capitán y estuvo a cargo del campo de prisioneros políticos de Pisagua, cada vez que escuchaba esos nombres ya sabía que no se trataba de blancas palomas. Era como un estigma, algo que hacía identificable tu origen minero u obrero. Mi abuelo paterno fue obrero en las oficinas salitreras del norte de Chile y mi padre fue tornero mecánico en Santiago, conozco bien el mundo obrero.

Y en Gabriel, el protagonista, y su pareja Sabine es imposible no ver datos de tu biografía… ¿Son alter egos?

Ella mucho más que él.

Sabine está basada, sin duda, en mi experiencia de diez años con una pareja francesa, que me hizo ver cómo las mujeres europeas son muy autónomas y siempre están muy conscientes de sus derechos y de validarse como un otro igual. De no dejarse pasar a llevar.

Me pareció interesante que fuera extranjera porque también me permitía hacer un contraste con el modelo de personajes femeninos que te puedes encontrar en el mundo empresarial chileno católico conservador, donde muchas veces aún es bien visto que la mujer se quede en la casa, y el hombre provea. Hay muy pocas mujeres en los directorios de las grandes empresas chilenas.

Sabine es distinta, sobresale. Es autovalente. Y está llena de recursos.

Gabriel, en cambio, se parece mucho menos a mí. Es corresponsal extranjero, sí, pero yo no soy ni tan valiente ni tan loco.

Volvamos a la carta de amor a los chilenos. Una cosa que me llamó la atención del libro es que en medio de la historia sangrienta y llena de testosterona de la lucha contra los chupasangres, hay una descripción muy exhaustiva de Santiago. ¿Cómo te llevas con la ciudad?

Yo, quizás como muchos santiaguinos, siempre he tenido una relación de amor-odio con Santiago.

Por ejemplo, a mí nunca me gustó de Santiago que es una ciudad que nunca está terminada. Es algo muy personal, claro. Pero tú vienes a París y cierta esquina está igual que hace diez o veinte años, tú reconoces la ciudad.

En Santiago, en cambio, nunca sabes lo que te vas a encontrar. Todos los días están demoliendo casas, viviendas y edificios patrimoniales. Hay mucha presión de las inmobiliarias. A mí eso como ciudadano me produce cierta incomodidad, me hace más difícil sentirla realmente como un hogar o un lugar donde reposar.

Vista de Santiago.
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Para Villarroel Santiago es una ciudad que nunca está terminada.

La contaminación y la extensión tampoco ayudan. Uno puede perder horas trasladándose. Ni la desigualdad.

Pero, claro, al mismo tiempo uno tiene un amor enorme por esa geografía, con esas montañas impresionantes, que también son un límite geográfico muy potente. Y el cerro El Plomo, tan imponente, con sus nieves eternas, donde los incas hacían sus ofrendas humanas al sol.

La historia es algo que siempre me ha apasionado, y conozco bastante la de Santiago y la de Chile. Desde ahí uno se puede parar y entender las transformaciones que ha tenido la ciudad, entender que alguna vez algunas partes fueron más lindas.

Toda esa parte de La Chimba, en Recoleta, era un gran huerto, precioso. Y el puente de Cal y Canto, cuando el río era más ancho, uno es capaz de imaginarse a la gente a lo largo del Mapocho comiendo sandía en las noches de verano y mirando la montaña, porque la vista no estaba cubierta, como ahora.

Entonces sí, hay mucho cariño también y hay algo de nostalgia. Yo me vine el 2014, volví el 2015 a rodar el documental de Lord Cochrane, y no he vuelto. Iba a ir este año y justo vino la pandemia.

Y después de 6 años fuera, ¿qué es lo que más extrañas?

La gente.

La gente en Chile tiene la particularidad de que es capaz de ser solidaria y de hacer cosas con muy pocos recursos y eso es muy heroico, no en el sentido épico, de batalla, sino en la vida cotidiana.

Y la comida. Te juro que sé que me iría derecho a la Vega a intoxicarme de todos esos colores, y sabores y de ese mestizaje que recuerdo que se estaba produciendo de 2010 en adelante, que en una misma cocinería había de entrada ceviche peruano y de fondo una cazuela chilena. Y había jugos colombianos con frutos tropicales, piña, o mango. Se estaba produciendo esa hibridación con otras culturas latinoamericanas.

Echo de menos ese mestizaje cultural, y las cosas esenciales del país. Básicamente, mi conflicto es con la institucionalidad, con la política, con la economía, con lo que están en el poder.

Una última cosa, ¿cómo ves el plebiscito del domingo?

Como algo súper necesario y que se debería haber hecho antes, al comienzo de la transición, cuando, según versiones de corresponsales extranjeros, Estados Unidos le ofrecía al presidente Aylwin la posibilidad de extraditar a Pinochet por el caso Letelier. Es una oportunidad histórica. Ojalá la sepamos aprovechar.


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