¿Qué explica más una derrota electoral? ¿El desempeño durante la campaña o la gestión pública previa a la misma? Probablemente, la respuesta correcta sea una combinación de ambas. Un gobierno puede haber gestionado razonablemente bien y ganar gracias a una campaña eficaz, o puede haber hecho una buena gestión y perder por una campaña débil o un mal candidato. Sin embargo, comprender cómo se relacionan ambos factores – gestión y campaña– resulta clave para realizar una autocrítica honesta y útil sobre una derrota electoral.
Sin un diagnóstico preciso que combine ambas en su justa medida, cualquier intento de correción futura corre el riesgo de repetir los mismos errores y, por lo tanto, derivar en el mismo resultado a futuro.
En nuestro país parecen abundar más los enfoques o autocríticas que ponen el ojo más en la campaña que en la gestión. Sin embargo, ¿la derrota del Frente Amplio en 2019 se explica más por los errores de su campaña o por el desgaste acumulado tras quince años de gobierno? ¿La derrota de la Coalición en 2024 se debió más a una campaña poco efectiva o a una gestión que erosionó su base de apoyo antes de la campaña? Con frecuencia se espera que las campañas electorales —y sus equipos de asesores— logren revertir en pocos meses deficiencias en la gestión pública que llevó a la perdida de muchos votantes. Mucho se ha escrito sobre el desempeño del Frente Amplio en la campaña electoral de 2019.
Se pone hincapié en el carisma de su candidato (o supuesta falta), en el mal manejo de la elección de la formula, o en tensiones internas a la fuerza. Sin embargo, los datos muestran que las dificultades para el FA comenzaron mucho antes de iniciarse la campaña. Según la encuestadora Factum, el FA registraba a fines de 2018 un 34% de intención de voto, siete puntos menos que un año antes de la campaña de 2014, cuando alcanzaba el 41%. Este contraste evidencia que el Frente Amplio llegó al año electoral con un piso mucho más bajo de apoyo, producto de un desgaste acumulado durante su gestión. Enfocar el análisis únicamente en el desempeño de la campaña es, por tanto, desconocer una parte esencial de las causas que explican su derrota.
En diciembre del 2018, la intención de voto de los partidos de la Coalición sumaban un 59% de intención de voto, dando un margen de ventaja de 25% sobre el Frente En diciembre de 2023, sin embargo, los partidos de la Coalición sumaban un 45% de intención de voto, una baja de 14% sobre el comienzo de la campaña anterior, y solamente 3% por encima de la intención de voto del Frente Amplio. La mayoría del apoyo que se necesitaba para renovar el gobierno y que no se logró se había perdido antes de la campaña, y no durante la misma.
En las últimas semanas, varios dirigentes del Partido Nacional han planteado la necesidad de iniciar un proceso de “autocrítica” para analizar las causas de la derrota electoral del 2024. A esta iniciativa se han sumado también reflexiones internas en el Partido Colorado y el Partido Independiente, que buscan entender por qué la coalición no logró retener el apoyo ciudadano y el gobierno nacional.
Se observa un énfasis excesivo que suelen tener estos procesos de autocrítica partidaria en el análisis de las campañas electorales —sus mensajes, estrategias de comunicación o la elección de las fórmulas presidenciales— dejando en segundo plano un elemento esencial como la evaluación de la gestión de gobierno, de las políticas aplicadas durante el período de gobierno, y la eficiencia que estas tuvieron para solucionar las preocupaciones y problemas de los ciudadanos.
Es tentador atribuir la derrota a errores de campaña antes que a errores de gestión. Sin embargo, en muchos casos, los factores que definen el resultado electoral se gestan durante el ejercicio del poder, no en los meses finales de la contienda electoral.
Las primeras reacciones parecen ir en la dirección electoral: el rol de los candidatos, la conformación de la fórmula blanca o la falta de compromiso de algunos dirigentes entre octubre y el balotaje. A ello se suman explicaciones de tipo institucional, como la idea de que la coalición habría ganado si se hubiera presentado bajo un lema único o si hubiera logrado retener mejor a sus votantes entre la primera y la segunda vuelta.
Pero esas hipótesis, si bien relevantes, no sustituyen el análisis de fondo sobre la conexión entre gestión y resultado electoral. Cabe preguntarse, entonces: los votantes que acompañaron a la Coalición en 2019 y no la renovaron en 2024, ¿lo hicieron por una mala campaña o porque no encontraron en su gestión las respuestas a sus problemas? ¿Estos apoyos obtenidos en 2019 se perdieron durante la campaña o durante los 5 años de gobierno? ¿Cuándo los recuperó el FA?
Muchas personas que en 2019 no se sintieron representadas por la gestión del Frente Amplio en materia de seguridad decidieron cambiar su voto. ¿Encontraron esas personas las respuestas a su principal preocupación durante los cinco años de gobierno de la coalición? Del mismo modo, quienes percibían un estancamiento económico en el tercer gobierno frenteamplista y sentían que el dinero no les alcanzaba, ¿experimentaron una mejora en su situación financiera bajo la nueva administración?
Responder a estas preguntas es tan o más importante que identificar errores en las estrategias de campaña. Sin embargo, hacerlo exige una autocrítica profunda que el sector político a veces prefiere evitar. Resulta más cómodo atribuir la derrota a los eslóganes, las encuestas o la publicidad, antes que revisar las decisiones de gobierno y su impacto en los resultados.