La lectura según convenga de las diversas encuestas y estudios de opinión se ha transformado en deporte nacional, uno que genera más confusión, de esa que no necesitamos. En los últimos días salieron datos que vale la pena analizar en clave neutra (en lo posible), para intentar leer el panorama política incluso con más optimismo.
Esta semana se habló mucho del dato que derivó de una encuesta realizada por la empresa Opción, en la que se preguntó lo siguiente: “¿Cómo evalúa usted la gestión del gobierno nacional encabezado por Luis Lacalle Pou?, usted diría que es…”. Un 50% de los consultados dijo aprobar la gestión (17% dijo que es "muy buena" y un 33% que es "buena"), y poco menos de un tercio que la desaprueba.
En un año electoral este dato sobresale, por muchas razones, pero no debería sorprender, ya que el presidente ha tenido un nivel de popularidad, personal y de su gestión, durante casi todo su período, como antes lo tuvo José Mujica, por ejemplo, o Tabaré Vázquez en su primer gobierno. Lacalle Pouy comenzó su mandato con una aprobación del 62% y una desaprobación de 11%, según datos del segundo trimestre de 2020, cuando vivíamos en pandemia. Las peores cifras se registraron en el tercer trimestre de 2022, cuando su popularidad cayó poco más de 20 puntos. Fue el momento en que explotó el “caso Astesiano”, y así surge el punto al que quiero llegar.
Más allá de encuestas de popularidad, el tema corrupción y aledaños -que ahora resurge con chats filtrados- no está nunca en el top 3 de preocupaciones de los uruguayos, algo que se volivó a confimar en la encuesta de Cifra de mayo. La seguridad es por paliza lo que más nos preocupa (47%), seguido de la economía (32% y esto incluye trabajo, desocupación, inflación, sueldos, pobreza y situación económica en general). En tercer lugar aparece un 7% de uruguayos preocupados por el gobierno, por los políticos y la oposición y por la corrupción, que representa el 4%.
Esto, más allá de discutir puntualmente sobre casos vergonzantes de esta y pasadas administraciones, debería dejarnos tranquilos, porque denota una población que no desconfía de sus políticos, que no piensa que “son todos unos chorros”, que entiende que tenemos problemas graves que debemos solucionar pero que la corrupción sistematizada no es uno de ellos.
Con mi afirmación anterior no intento minimizar ni al caso Astesiano ni a Salto Grande ni a Pluna ni a Sendic ni a tantos otros escándalos derivados de la política mal hecha y de abusos de poder que, en algunos casos, tuvieron derivaciones judiciales y hasta procesamientos. Seríamos un país mucho más sano desde todo punto de vista si estas cosas no pasaran. Pero pasan, salen a la luz y, en la mayoría de los casos se resuelven judicialmente, lo que tal vez sea la causa de que el uruguayo promedio no considere que la corrupción está entre nuestros principales problemas. Esto es un punto de partida valioso en un país que se enorgullece de su democracia y que pretende seguir mejorando al respecto con gobiernos del color que se vote.
Pero vuelvo a la popularidad y ahora quiero analizarla en relación a la intención de voto que están mostrando las encuestas. Si el presidente logra este nivel de aprobación, ya sea a su persona y/o a su gestión, ¿por qué un porcentaje alto de uruguayos dicen estar tan preocupados en primer lugar por la seguridad y en segundo por la economía? Si el presidente logra estos números de aprobación, ¿por qué el Partido Nacional queda tan por detrás del Frente Amplio en intención de voto?
Porque la popularidad, como la política, no es estrictamente racional. Y porque un uruguayo puede considerar que este presidente hace una gestión muy buena o buena, y al mismo tiempo reconocer -con buen tino- que le preocupa mucho la inseguridad y que le gustaría que la economía anduviera mejor. Estos problemas son reales y el deseo de que se solucionen va más allá de las mejoras factuales que este gobierno y sus antecesores hayan logrado.
La aprobación que consigue Lacalle Pou, que se ha mantenido con variaciones pero siempre relativamente alta en todo su período, tiene que ver con algo diferente, que también le hace bien a la política uruguaya, y es la cimentación de liderazgos. Con los grandes líderes post dictadura fuera del paisaje político activo (Wilson Ferreira, Julio Sanguinetti, Líber Seregni, Luis Alberto Lacalle, Jorge Battle, Tabaré Vázquez, José Mujica, Danilo Astori), estamos en un periodo de construcción de liderazgos, algo que siempre cuesta.
Por ahora el único que sale bien parado de este proceso es Lacalle Pou, lo que no necesariamente debe ser definitorio para esta elección. Además de Opción, todas las empresas serias de opinión pública han confirmado que una buena parte de los uruguayos entiende que esa cualidad de líder/caudillo está presente en el presidente, lo que tampoco es completamente racional, porque la gente te gusta o no te gusta no solamente por cuánta plata tiene o por cómo se viste o por sus modales o por el nivel de inteligencia que exhibe.
Un líder es una sumatoria de variables racionales e irracionales que logra impactar en la confianza de quien decodifica su mensaje y sus formas de hacer. Ojalá que en estos años los actuales candidatos se conviertan en líderes, pero el camino no es recto ni está siempre bien pavimentado. Orsi, Cosse, Delgado, Raffo, Ojeda, Silva, Gurméndez, Manini Ríos, todos intentan, con mayor o menor éxito, construir un liderazgo fuerte que les permita votar bien, ahora y después. La historia dirá quiénes lo logran.
Por eso, discutir si el presidente Lacalle Pou tiene o no la popularidad que las encuestas le dan, es una gran pérdida de tiempo. Un estudio de Equipos Consultores sobre la aprobación al mandatario correspondiente a abril, también le dio una cifra alta: 49% aprueba su gestión. ¿Significa entonces que el presidente está galvanizado contra todo escándalo? Por supuesto que no, y de hecho su nivel de aprobación bajó en el peor momento de la investigación que dejó al descubierto las estratagemas de su ex custodio.
Otra pregunta tiene que ver con Lacalle Pou y Delgado, el precandidato del Partido Nacional que tiene mayor intención de voto de cara a las internas. Si el presidente es tan bien aprobado, ¿por qué no incide en su candidato? Por las misma razones que argumenté antes: Delgado no es Lacalle Pou y muchos de quienes aprueban la gestión del mandatario actual ni siquiera piensan votar a su partido. Esto, también, es una preciosa señal de ciudadanía responsable. Que un uruguayo que está decidido a votar al Frente Amplio, por ejemplo, considere que este presidente hizo una gestión “aprobada”, es un indicio de que puede pensar más allá de fanatismos e incluso, más allá de estructuras partidarias. El pensamiento crítico siempre es una buena noticia.
La popularidad está buena y que un país confíe en su presidente, está aún más bueno. Ojalá pase lo mismo con el futuro presidente y ojalá esta confianza se transforme en liderazgos sólidos, de esos que tanto se necesitan ya no solo en este país sino en este mundo que a veces parece tambalearse. Ojalá tengamos cada vez menos Astesianos, menos caballeros de la derecha, menos mentiras absurdas y gastos públicos innecesarios. Y ojalá las oposiciones, ahora la del Frente Amplio, antes la del resto de los partidos durante 15 años, entiendan que deben enfocarse, sobre todo, en los temas que le preocupan a los uruguayos.