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22 de mayo 2024 - 5:00hs

El Partido Nacional se ha caracterizado por una tradición de líderes fuertes, de verdaderos caudillos. Jorge Larrañaga fue uno de ellos. Solo esta cualidad sería suficiente para recordarlo a tres años de su fallecimiento.

Fue el líder que condujo al Partido Nacional hacia su resurgimiento como opción de gobierno en 2004, alcanzando el 35% de las preferencias electorales. Sin embargo, sería injusto -y poco preciso- limitar su legado a esta posición dentro del linaje de líderes memorables.

Larrañaga destacó por su visión integral del país, su comprensión profunda de las realidades nacionales y un proyecto de país vigente, un proyecto de ideas que le hacen bien al Uruguay.

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La base fundamental de su proyecto está en la idea de igualdad de oportunidades. A partir de esta premisa, desarrolló una visión de justicia que permeó todas sus acciones.

Larrañaga tenía razón en su insistencia en la defensa de la educación pública. Consideraba a la educación como el principal mecanismo para equilibrar las oportunidades: “la principal herramienta redistributiva”. Su compromiso fue tan profundo que hizo planteos parlamentarios, proyectos de ley, recorridas por todo el país y los barrios de Montevideo con la consiga “por la educación vamos a dar la batalla”, viajó a Finlandia para ver de primera mano una de las experiencias más exitosas del mundo. Y logró que en 2012 se firmara un acuerdo político firmado por todos los partidos políticos. Lamentablemente luego ese acuerdo fue incumplido por el gobierno del momento.

Larrañaga tenía razón en promover la descentralización, desde la convicción de que el lugar de origen no debería condicionar el destino. Impulsó el desarrollo nacional en coordinación con lo regional y local, llegando incluso a proyectar la posibilidad de una federalismo de cometidos estatales. Se opuso firmemente al centralismo, concibiendo al país como una entidad completa e integrada. Su objetivo final era brindar oportunidades similares en el interior del país a las que se encuentran en la capital.

Larrañaga tenía razón en la necesidad de promover cambios sociales desde los cambios culturales, formando en valores y rechazando el relativismo de valores que ganaba al colectivo nacional.

Abogó por la ética del trabajo y el esfuerzo, respaldando a la clase media como un elemento integrador en la sociedad uruguaya. Su visión del amparo social abarcaba la solidaridad y la promoción de la autonomía individual.

Larrañaga tenía razón cuando criticaba la estatización de la pobreza y las políticas sociales basadas en la dependencia y no en la autonomía de las personas. Siempre promovió la cultura del trabajo y el esfuerzo; defendió la clase media como factor integrador en la sociedad uruguaya. Su idea de amparo social tenía una dimensión que amalgamaba solidaridad con estimular la autonomía del individuo.

Larrañaga tenía razón en su visión del Estado. Entendía el rol activo que el Estado debe desempeñar para mitigar las desigualdades y fomentar la libertad y la equidad. Era consciente que el mercado no puede tener el control absoluto sobre la distribución del progreso y el bienestar social y que el Estado debe desempeñar roles de regulación, promoción, supervisión y, cuando sea necesario, de incentivo y corrección para favorecer efectos distributivos y redistributivos que promuevan la justicia social, basada en la igualdad de oportunidades y la protección de los derechos fundamentales.

Larrañaga tenía razón en su visión de la política. Su frontalidad y franqueza y sobre todo su vocación al diálogo lo convirtió en un puente dentro del sistema político nacional. Representó un pilar del "centro político" nacional y destacó como un mediador constante. Aunque fue un contendiente fuerte y a veces polémico, siempre mantuvo el espíritu de diálogo. Su capacidad para negociar y buscar soluciones es reconocida por todos en el ámbito político.

Larrañaga tenía razón en su visión de la seguridad como convivencia y no solamente como ausencia de delito. Tomó en cuenta la seguridad desde una perspectiva integral, sabiendo integrar prevención, represión y rehabilitación y reconociendo que las personas con menos recursos son más vulnerables a la inseguridad. Su trabajo en el Ministerio del Interior será recordado con profundo respeto por los policías uruguayos, a quienes devolvió respeto y confianza.

Larrañaga tenía razón en su amor al Partido Nacional. Promovió por encima de toda diferencia y preferencia, la unidad partidaria. Su compromiso con el Partido era evidente para todos; pasara lo que pasara, Larrañaga siempre estaba al servicio de la causa partidaria.

A pesar de enfrentar derrotas electorales a lo largo de su larga trayectoria, nunca experimentó una derrota ideológica ni mucho menos moral. Mantuvo una lealtad inquebrantable y fue siempre fiel a sus ideales. Tuvo una firme convicción ética sobre el deber, considerándolo un imperativo que lo llevaba a asumir sus responsabilidades de manera total; se despojada de cualquier calculismo. Al aceptar la candidatura a la vicepresidencia en 2009, expresó: “la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino que la libertad consiste en lo que uno debe. Porque tenemos arraigado el concepto del deber, que marca que uno debe hacer lo que se debe hacer -con la simpleza de lo categórico y lo incondicional-… lo demás ya no le pertenece, lo demás queda de lado…”. Y así lo hizo siempre, y así debe ser. Larrañaga tenía razón.

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