Madre hay una sola pero conceptos de maternidad hay tantos como eras, culturas y hasta personas. El año pasado me preguntaron qué quería para el día de la madre y pedí un día en el que no tuviera que hacer nada de nada, salvo pasarlo con mi familia. Lo que pedí no es casualidad, sino tan sólo consecuencia de cómo vivimos hoy, en este Uruguay del siglo XXI, las maternidades, como seguramente en casi todas las épocas, suelen ser experiencias de felicidad y agotamiento, entre muchos etcéteras.
La maternidad ha experimentado cambios notorios a lo largo de la historia, en sincronía con los aspectos sociales, culturales, y económicos de cada época, tanto en lo que hace a las formas como a los contenidos. Lo que permanece incambiado es la capacidad biológica exclusiva del género femenino para parir hijos, lo que deriva -orgánica o artificialmente- en el rol de la mujer como cuidadora universal, y no solo de hijos. Ese rol, que en otras épocas no solía combinarse con trabajo fuera de la casa, ha cambiado enormemente en el último siglo y medio, con la incorporación masiva de las mujeres a la fuerza de trabajo y con cargas horarias similares o iguales a las de los varones. El cuidado, sin embargo, no ha evolucionado de la misma manera y las sociedades se han adaptado, lenta y disparejamente, a las necesidades que genera esta nueva realidad.
Las mujeres de 2024 suelen ser, cuando pueden, trabajadoras. Las que deciden tener hijos, una decisión que forma parte de otra evolución porque ser madre ya no es la única variable que define a una mujer, deben apretar en un solo día la tarea de maternar, hacer tareas domésticas y trabajos fuera de sus hogares. Si bien el rol del varón en los trabajos domésticos ha evolucionado favorablemente, las cifras demuestran que la brecha es aún grande, lo que termina reflejándose en el trabajo fuera de casa. Si una mujer debe cuidar de los hijos, al menos hasta la edad escolar e incluso durante esta, porque no abundan las escuelas de tiempo completo, entonces no tiene mucho más remedio que aceptar trabajos de menos horas y peor remuneración.
Lo anterior aplica sobre todo a las madres uruguayas que integran los estratos socioeconómicos más bajos, las que, no por casualidad, son las madres de ese 20% de niños menores de seis años que viven bajo la línea de pobreza. En 2023, Gustavo de Armas, asesor en planeamiento estratégico de la oficina del coordinador residente de la Organización de las Naciones Unidas en Uruguay, recordó que si bien este es “el país con el Estado de bienestar más desarrollado de la región”, el caso es “absolutamente extremo” en lo que hace a pobreza infantil. “El porcentaje de pobreza en niñas, niños y adolescentes es 33 veces más alto que en adultos mayores”, recordó entonces. Su aseveración sigue vigente un año después.
Estas madres suelen ser las jefas de hogares que lidian con pobreza extrema y vulnerabilidad. 68% de los 88.000 hogares pobres que hay en nuestro país tienen jefatura femenina. No debería sorprender que solo la mitad de estas jefas/madres tengan empleo, porque todas tienen una altísima carga de trabajo no remunerado. Como dijo Armas, si queremos por fin bajar la pobreza infantil y juvenil, un aspecto clave es que las madres puedan trabajar y tengan redes de apoyo comunitario y estatal para que colaboren en el cuidado de los hijos, que es uno de los trabajos no remunerados del que deben hacerse cargo.
Mientras que todo esto sucede, Uruguay ha avanzado favorablemente en cifras de embarazos adolescentes, que se redujeron a la mitad si se compara 2004 con 2020. Esto tiene que ver ciertamente con políticas públicas, acceso a métodos anticonceptivos, aborto seguro y algo de educación sexual, pero también con el cambio del rol que la maternidad juega en la vida de una mujer.
En las sociedades antiguas, la maternidad estaba ligada indefectiblemente a la supervivencia y continuidad de la comunidad. Luego se metió la religión en esta ecuación y la mujer pasó de diosa de la fecundidad a virgen abnegada. Con la revolución industrial, el trabajo femenino -elegido o por necesidad- jugó un papel central en el cambio de concepción sobre la maternidad hecho por la propia mujer: ya no es una cuestión de supervivencia e incluso no tiene que serlo de identidad. En muchos casos es una elección personal o familiar, aunque esos casos sean los de las mujeres que pueden elegir por educación, redes de apoyo y nivel socioeconómico.
Si bien las mujeres ahora viven la maternidad con mayor diversidad de experiencias y opciones, incluyendo la decisión de cuándo y cómo quieren ser madres (e incluso si no lo quieren ser), el sistema social se mantiene rezagado a la hora de valorar ese rol fundamental para la comunidad.
Los avances en materia legislativa para proteger a las madres son innegables, incluyendo mejores licencias maternales y paternales. Pero son insuficientes, porque no resuelven el problema de base: la mujer, incluso si decide con total conciencia ser madre, sigue pagando un precio altísimo en lo que hace a aspectos laborales, profesionales y hasta de salud mental, por el agotamiento y la presión que supone criar hijos y trabajar con y sin remuneración.
A pesar de todo, feliz día madres. Un hijo siempre es una recompensa maravillosa, aunque para criarlo haya que llegar a límites extenuantes e incluso, de mucha frustración.