Rendirse nunca es fácil, y menos si la lucha lleva 50 años, 25 de los cuales transcurridos en la cárcel.
Contra este trasfondo, resulta casi increíble la capitulación de Abdullah Öcalan, fundador y líder honorario del Partido de los Trabajadores Kurdo (PKK, por sus siglas en Kurdo), quien llamó hace unos días a los miembros del grupo armado que él mismo fundó en los ‘70 a bajar las armas.
Öcalan, nacido en Turquía, fundó el PKK en los ‘70 como un movimiento para la liberación de la región histórica del Kurdistán.
Este nombre significa literalmente “la tierra de los kurdos”: los kurdos son un grupo etno-lingüístico de alrededor de 30 millones de personas, en su mayoría religionarios del Islam Sunnita.
Comúnmente tildada como “la nación sin estado más grande del mundo”, desde la caída del Imperio Otomano los kurdos viven desperdigados - e históricamente discriminadas - en los cuatro países que abarca el Kurdistán: el sureste de Turquía, el noreste de Siria, el norte de Iraq, y el noroeste de Irán.
Hoy, luego de décadas de insurrección, el PKK cuenta con alrededor de diez mil milicianos, y es considerada una organización terrorista en Turquía, la UE, y los EEUU desde que en los ‘80 el grupo se volcó a la resistencia armada contra el estado turco.
Desde 1999, Öcalan está preso en una cárcel turca por sublevación y terrorismo contra el estado Turco, pero mantiene un rol simbólico como el gran ideologo-martir del grupo.
La llamada al fin de casi cuatro décadas de esta guerra de baja intensidad - guerra que ha dejado un saldo de alrededor de 40.000 muertos - fue todo menos espontánea, sin embargo: el presidente turco Recep Tayyip Erdogan - quien en 2015 pagó un precio altísimo en los sondeos por el fracaso de una tratativa de paz abierta de dos años con el PKK - negoció durante meses, y con total sigilo, el llamado a la paz de Öcalan.
La excarcelación del líder septuagenario es solo una zanahoria: el veterano insurrecto fue lo suficientemente sagaz para reconocer la apertura del presidente turco a una rendición decorosa en una realidad geopolítica mucho más favorable para Turquía que para el movimiento kurdo.
Por un lado, el nuevo gobierno ad interim de Siria está netamente en deuda con Turquía, quien actuó como protector de Hayat Tahrir al-Sham (HTS), el grupo rebelde que hoy gobierna el país, durante los años estos hicieron reducto en la ciudad de Idleb (2020-2024), y desde donde, en diciembre pasado, orquestaron la ofensiva militar que trajo consigo caída del régimen de al-Assad.
Además, el nuevo gobierno de Damasco está en tratativas con las milicias kurdas de las Unidades de Defensa del Pueblo (YPG, por sus siglas en kurdo) que dominan las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) - otro grupo rebelde que controla el noreste Siria luego de batir al Estado Islámico con el apoyo de los EEUU entre 2016 y 2019 - para que el grupo ceda dicho territorio al nuevo gobierno y se incorpore a un nuevo ejército nacional.
Acosado por los drones turcos, que desde el 2020 han causado estragos en las tropas tanto del PKK como de las YPG, y con el inminente repliegue de las tropas americanas del territorio sirio, los grupos armados kurdos tanto en Turquía como en Siria se encuentran más aislados que nunca.
Erdogan, quien tampoco es amigo de los kurdos en Iraq, logró sin embargo sembrar su apoyo: el Partido Democrático Kurdo (PDK, por sus siglas en kurdo), un partido pan-kurdo de corte dialoguista con base en Iraq, cuyos partidarios están enemistado con las YPG desde que los milicianos les dejaron a los márgenes del movimiento autonomista.
El sábado, la dirigencia del PKK comunicó que aceptaba el llamado a la paz de su fundador, declarando un cese al fuego unilateral en Turquía.
De cerrar un acuerdo con el PKK y las varias ramas políticas y militares del movimiento kurdo en Turquía, Siria, e Iraq, Erdogan estaría un paso más cerca de completar su visión de un Levante ajustado a medida para los intereses de su país, una pax Turcica que deja en claro el rol preponderante de Ankara en Medio Oriente.
Y no solo eso.
El presidente turco, cuyo mandato termina en 2028, está preparando el terreno para una modificación de la constitución que le permita mantenerse en el poder cuatro años más.
Los 57 diputados del Partido de la Igualdad y la Democracia para el Pueblo (usualmente abreviado a “DEM”) serían claves en las tratativas parlamentarias de dicha modificación. El DEM, un partido filokurdo con línea directa al PKK, podría apoyar la reforma constitucional con el fin de mantener a Erdogan en el poder como garantía a un eventual acuerdo de paz o inclusive de autonomía limitada para las regiones de Turquía pobladas por los kurdos.