10 de septiembre 2024 - 7:40hs

Hace unos días, mientras revisaba algunos mensajes pendientes, me encontré con una respuesta que me hizo pensar bastante: " Tu delay es too much para mí". Aunque admito haber tardado algunos días en contestar, esa frase me quedó dando vueltas. No por el reclamo en sí, sino porque ilustra algo un poco más profundo: vivimos en una época donde lo inmediato ha desplazado a la reflexión. Todo tiene que ser instantáneo, y en ese apuro, parece que estamos olvidando el valor del tiempo, del proceso, y de la pausa.

Recuerdo una conversación de hace unos días con mi gran amigo Augusto Salvatto, en una de nuestras tantas charlas después de dar una serie de conferencias por Rosario en la provincia de Santa Fe. Hablamos de lo inmediato, de cómo la tecnología y las redes no solo han acelerado las interacciones, sino que las han transformado en actos reflejos. Lo que en otro momento habría sido un espacio para pensar y elaborar una respuesta, hoy se ha convertido en una reacción casi automática. Esa necesidad de lo instantáneo, de no dejar que pase tiempo, es algo que las redes han instalado como norma, y el costo lo pagamos en la calidad de nuestras interacciones.

El mensaje de "Tu delay es too much para mí" no solo me hizo pensar en estos tiempos digitales, sino en cómo hemos llegado a un punto en que la espera se vuelve a veces intolerable. En un mundo donde el visto o el doble tilde azul de WhatsApp pueden generar ansiedad, pareciera que ya no hay margen para la paciencia. Si no respondemos rápido, corremos muchas veces el riesgo de ser percibidos como desinteresados, como si la velocidad en responder fuera el único indicador de cuán importantes son nuestras relaciones.

Sin embargo, este fenómeno va más allá de las interacciones cotidianas. Nos hemos acostumbrado a que todo, desde el consumo de información hasta las relaciones, sea rápido. Casi como si la profundidad fuera algo que ya no tiene lugar en nuestra vida digital. Esto me recuerda lo que decía Milan Kundera sobre la lentitud: "La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha dado al hombre". ¿Hemos perdido ese "éxtasis" que viene con la pausa, con el tiempo de madurar una idea antes de contestar?

No quiero caer en la trampa de sugerir que está bien no responder mensajes o dejarlos para después. Al contrario, creo que responder es parte fundamental de nuestras interacciones, pero el punto está en no entrar en la presión de la inmediatez. En comprender que, detrás de cada mensaje, hay una persona con una vida, con demandas y responsabilidades. Y que no todo tiene que ser una respuesta automática, rápida, sin pensar.

En este contexto, las palabras de Borges sobre la amistad me parecen más vigentes que nunca. "La amistad no necesita frecuencia", decía. Y tal vez lo mismo podríamos aplicar a nuestras relaciones en general, ya sean personales o profesionales. No todo tiene que ser inmediato para ser valioso. A veces, la espera, el proceso de reflexión, es lo que le da profundidad a una interacción. En un mundo que nos exige respuestas rápidas, permitámonos hacer espacio para lo profundo.

La tecnología, por supuesto, tiene un papel clave en esto. Nos ha dado herramientas maravillosas, pero también nos ha acostumbrado a una cultura de la instantaneidad. Y esa cultura, aunque eficaz en muchos aspectos, nos está robando algo esencial: el tiempo para pensar, para procesar. Tal como decía Kundera, la lentitud es un arte que estamos perdiendo.

Quizás la clave está en recordar que no todo debe estar determinado por la velocidad. Que el valor de una respuesta no reside en lo rápido que llega, sino en la reflexión que hay detrás. Dejemos de medir nuestras interacciones por el tiempo que tardamos en contestar, y empecemos a valorar más la profundidad con la que las enfrentamos. Porque lo que importa no es tanto el delay, sino lo que hacemos con el tiempo que nos tomamos.

Quizás pienso que la verdadera pregunta no sea cuánto tardamos en responder, sino cuánto dedicamos a pensar en lo que queremos decir. En un mundo tan pero tan acelerado, detenernos a pensar es, en sí mismo, un acto de resistencia. Y aunque a algunos les cueste aceptar ese "delay", creo que hay más valor en lo que se toma tiempo en madurar que en lo que llega de inmediato.

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