27 de mayo de 2026 17:01 hs

Durante años, hablar de sostenibilidad era, para muchas organizaciones, una forma de construir reputación y mostrar compromiso social o ambiental. Pero ese escenario cambió. Las nuevas regulaciones, las exigencias de inversores y clientes, y la presión de los mercados internacionales transformaron la agenda ESG en un tema cada vez más ligado a la gestión del negocio y a la competitividad.

En diálogo con Benjamin Dreifus, Socio de Auditoría y Assurance de Deloitte Uruguay, especialista en Energía y Recursos, el ejecutivo explica cómo evolucionó la mirada empresarial sobre sostenibilidad, cuáles son hoy los principales desafíos para las compañías uruguayas y por qué el foco ya no está en el discurso, sino en la capacidad de demostrar resultados concretos.

En los últimos años, la agenda ESG pasó de ser un diferencial a una exigencia. ¿Cómo evolucionó el enfoque de las empresas sobre estos temas?

Creo que durante mucho tiempo la sostenibilidad fue vista como "una herramienta de Marketing”, algo que hablaba bien de la organización, que servía para mostrar sensibilidad social o ambiental. Pero no necesariamente estaba en el corazón de las decisiones.

Eso cambió y bastante rápido.

Hoy la sostenibilidad dejó de ser una declaración de buenas intenciones para convertirse en una forma de gestionar. Ya no alcanza con decir “somos sostenibles”; ahora hay que poder explicar qué riesgos se identificaron, qué metas se fijaron, qué datos se usan, quién los controla y cómo eso impacta en el negocio.

Y esto no ocurre porque únicamente porque las organizaciones toman conciencia de la relevancia del tema. Ocurre porque el mundo cambió. Cambiaron los consumidores, cambiaron los inversores, cambiaron los bancos, cambiaron los reguladores y cambiaron las cadenas de valor.

Antes una empresa podía decir: “esto no me aplica”. Hoy esa frase empieza a ser peligrosa. Porque quizás la regulación no te llega directamente, pero te llega por tu cliente, por tu banco, por tu casa matriz, por el mercado al que exportas o por el inversor que te pregunta cómo gestionas tus riesgos y oportunidades en relación a temas Ambientales, Sociales y Gobernanza.

En definitiva, pasamos de una sostenibilidad voluntarista a una sostenibilidad mucho más madura en el que los usuarios demandan menos relato y más hechos.

¿Qué lugar ocupa hoy la sostenibilidad dentro de la estrategia de negocios de las organizaciones en Uruguay y la región?

En Uruguay estamos en una etapa muy interesante. No diría que la sostenibilidad ya está plenamente incorporada en la estrategia de todas las organizaciones, porque eso no sería realista. Pero sí diría que es un tema que esta en agenda y tomando cada vez más relevancia.

Hay organizaciones que todavía la miran desde el cumplimiento, otras desde la reputación, y otras —las más avanzadas— ya la están mirando como un factor de competitividad. Y ahí está la diferencia.

Cuando una empresa entiende que sostenibilidad no es “hacer acciones para salir lindo en la foto del reporte”, sino replantear su estrategia de negocios en temas tan tangibles como revisar su eficiencia energética, su exposición climática, su acceso a financiamiento, su trazabilidad, sus proveedores, su relación con comunidades, la capacidad de atraer talento y la resiliencia que requiere sostener el negocio en el tiempo, la conversación cambia completamente.

Nuestro país ha sido testigo de las consecuencias que tiene el no incorporar el tema en su estrategia, entidades que defraudaron a inversores por falta de una estructura clara de gobierno, dificultades para afrontar sequías y eventos climáticos severos, exposición a la fluctuación del precio del petróleo en empresas aún con un alto nivel de carbonización, son solo algunos ejemplos concretos de la importancia del tema.

Uruguay tiene una ventaja: es un país chico, ordenado, con buena reputación institucional y con una matriz energética que ya es un activo reputacional importante. Pero también tiene un desafío: no podemos quedarnos satisfechos con esa foto. La sostenibilidad empresarial no se agota en la energía renovable del país. Cada empresa tiene que mirar su propia gestión.

Desde el trabajo que realizan en Deloitte Uruguay, ¿qué tipo de consultas o demandas vinculadas a ESG crecieron más en los últimos años?

Lo que más creció es la necesidad de ordenar el camino. Muchas empresas vienen y te dicen: “sabemos que esto es importante, pero no sabemos por dónde empezar”. Y esa es una pregunta muy sana.

Porque el riesgo, en sostenibilidad, es querer hacer todo al mismo tiempo. Reportar, medir todos los indicadores, lanzar veinte iniciativas, crear comités, publicar compromisos… y después descubrir que no había datos confiables para sostener nada de eso.

Las consultas que más vemos tienen que ver con cuatro grandes temas.

Capacitación. Directorios, gerencias y equipos técnicos que necesitan entender qué está cambiando y qué significa en la práctica.

Análisis de brecha. Es decir: dónde estoy parado hoy frente a estándares como las normas emitidas por el ISSB, GRI, SASB o incluso exigencias europeas como CSRD.

Hoja de ruta. No alcanza con diagnosticar. Hay que priorizar, poner responsables, plazos, procesos y metas razonables.

Y por último la confección del reporte y la construcción de un sistema de control interno que lo soporte. Este punto es clave. El reporte de sostenibilidad no puede ser una recopilación artesanal de datos en hojas de cálculo una vez al año. Tiene que apoyarse en procesos, controles y evidencia.

En Deloitte venimos trabajando mucho ayudando a las empresas a pasar de la intención a la incorporación efectiva en la estrategia y en la comunicación a los usuarios a través del reporte.

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Benjamin Dreifus.

Benjamin Dreifus.

¿Cuáles son los principales desafíos ambientales que enfrentan actualmente las compañías?

El primer desafío es medir bien. Parece básico, pero no lo es.

Muchas empresas tienen intuiciones: saben que consumen energía, que generan residuos, que usan agua, que tienen determinada logística o determinados proveedores. Pero cuando uno pregunta: “¿cuánto?, ¿dónde?, ¿con qué metodología?, ¿con qué control?”, la respuesta no siempre está.

En Uruguay, además, hay sectores donde el vínculo con lo ambiental es muy directo: agroindustria, energía, logística, construcción, industria, alimentos, turismo. En algunos casos el desafío es reducir impacto; en otros, es demostrar buenas prácticas; y en otros, es anticiparse a exigencias de mercados internacionales.

Yo suelo decir que el cambio climático no es solo un asunto ambiental. También es un asunto financiero, operativo y estratégico. Puede afectar costos, seguros, activos, cadenas de suministro, acceso a crédito y reputación. Por eso no debería quedar encerrado en un área técnica, tiene que estar en la mesa de dirección, siendo este el principal desafío.

¿Qué aspectos están priorizando más las empresas hoy: reducción de emisiones, eficiencia energética, economía circular, trazabilidad o gestión de residuos?

Si uno mira la práctica, las empresas suelen empezar por donde ven una combinación de presión externa y beneficio económico.

Por eso eficiencia energética aparece muy arriba. Es una puerta de entrada muy natural: reduce impacto ambiental, pero también reduce costos. Y cuando algo cuida el ambiente y mejora el margen, la conversación se vuelve bastante más sencilla.

Después viene la medición de emisiones, especialmente porque muchos estándares y clientes empiezan a pedir información de huella de carbono. Ahí el gran desafío es el famoso Scope 3, que implica mirar la cadena de valor. Y cuando uno entra en Scope 3, entra en trazabilidad.

La trazabilidad está creciendo mucho porque el mundo quiere saber de dónde vienen las cosas, cómo se producen, bajo qué condiciones, con qué impacto. Para un país exportador como Uruguay, eso es muy relevante.

La economía circular también viene ganando espacio, aunque requiere mayor madurez. No es solo reciclar; es repensar materiales, procesos, empaques, modelos de negocio. Es más transformacional.

Y residuos sigue siendo un tema importante, muchas veces como primer paso. Pero bien trabajado, puede convertirse en eficiencia, innovación y reducción de costos.

En un contexto económico desafiante, ¿las empresas siguen invirtiendo en sostenibilidad o hay cierta desaceleración en la agenda ESG?

Yo diría que hay menos paciencia para lo superficial. Y eso, en el fondo, es bueno.

Cuando el contexto económico se vuelve más exigente, las empresas revisan muy bien dónde ponen cada peso. Entonces, si la sostenibilidad se presenta como una campaña de marketing, probablemente pierda prioridad. Pero si se presenta como una forma de ahorrar energía, acceder a financiamiento en términos más beneficiosos, reducir riesgos, cumplir con clientes internacionales o mejorar productividad, sigue muy vigente.

A nivel global, el tema no desapareció de la agenda. El informe “Deloitte 2025 CxO Sustainability Report” señala que el cambio climático sigue estando entre las principales prioridades de los líderes empresariales y que una proporción significativa de ejecutivos aumentó inversiones en sostenibilidad durante el último año.

La lectura práctica es esta: la sostenibilidad no se frena, se vuelve más exigente. Se le pide retorno, foco, impacto y evidencia.

Y eso obliga a todos —consultores, empresas, auditores, reguladores— a hablar menos en consignas y más en resultados.

¿Cómo impactan las nuevas regulaciones y exigencias internacionales en las empresas uruguayas y latinoamericanas? ¿Las empresas uruguayas están preparadas?

Impactan aunque parezcan lejanas. Ese es el punto central.

Una empresa uruguaya puede decir: “la CSRD es europea, no me aplica”. Pero si vende a una empresa europea, si integra una cadena de suministro europea, si pertenece a un grupo multinacional o si busca financiamiento internacional, probablemente termine recibiendo esas exigencias de alguna manera.

La regulación hoy viaja por las cadenas de valor. No necesita pasaporte.

En Europa, la CSRD exige a determinadas empresas reportar bajo estándares europeos de sostenibilidad y prevé aseguramiento sobre esa información. Además, a nivel internacional, las NIIF S1 y S2 del ISSB buscan construir una línea de base global para información financiera relacionada con sostenibilidad.

En la región vemos avances en la emisión de normativa que obliga en ciertos casos incorporar el tema y emitir reportes o divulgar información acerca de riesgos y oportunidades en temas de sostenibilidad como es el caso de México, Panamá, Perú, Chile, Brasil, Colombia y Argentina, siendo varios de estos importantes socios comerciales para nuestro país.

En Uruguay, el Pronunciamiento N°22 del Colegio de Contadores, Economistas y Administradores marca un hito importante al incorporar como referencia técnica las NIIF S1 y S2, mostrando que los profesionales en Ciencias Económicas tienen un consenso de hacia donde debe ir Uruguay en cuanto al marco de referencia a adoptar para la construcción de los reportes de sostenibilidad.

¿Estamos preparados? Diría que estamos despertando lentamente. Algunas empresas están muy bien encaminadas. Otras están recién entendiendo la magnitud del cambio. Pero no lo veo como una mala noticia. Lo importante es empezar con seriedad.

Prepararse no significa publicar mañana un reporte perfecto. Significa entender los riesgos y oportunidades, comprender las brechas, ordenar datos, asignar responsabilidades, capacitar equipos y construir una hoja de ruta razonable.

Muchas compañías hablan de sostenibilidad, pero no siempre logran traducirlo en acciones concretas. ¿Qué errores son los más comunes?

El error más común es incorporar la sostenibilidad tarde, como un agregado al final de la estrategia. Así termina siendo un reporte, una campaña o una iniciativa aislada, pero no una forma distinta de gestionar.

Para que funcione, tiene que estar desde el origen: en las decisiones de inversión, en la gestión de riesgos, en la relación con clientes, proveedores, talento y financiamiento.

Otro error es el no contar con un plan tangible. Muchas empresas tienen buenas intenciones, pero no tienen hoja de ruta, responsables, plazos, presupuesto ni métricas.

¿Qué sectores en Uruguay son hoy los que más están avanzando en materia de sostenibilidad según lo que observan desde Deloitte?

Vemos más movimiento en sectores que tienen presión externa o una conexión evidente con riesgos y oportunidades ambientales.

El sector financiero viene avanzando porque tiene un rol natural: canaliza capital, evalúa riesgos y empieza a mirar criterios ambientales y sociales en sus decisiones.

También se mueven los exportadores, porque el mercado internacional empuja. Si tus clientes están en geografías en donde el tema es relevante, tarde o temprano te van a pedir información.

Energía, agroindustria, alimentos, logística, construcción e industria en general también tienen mucho por hacer y mucho por ganar. En algunos casos por emisiones, en otros por agua, residuos, trazabilidad, eficiencia o biodiversidad.

Pero no lo reduciría solo a sectores. A veces la diferencia no está en la industria, sino en la actitud de liderazgo. Hay empresas medianas que avanzan mucho porque tienen una dirección convencida, y empresas grandes que se mueven lento porque todavía lo ven como cumplimiento.

¿Qué aprendizajes o tendencias globales están viendo desde Deloitte que todavía no llegaron con fuerza a Uruguay, pero probablemente comiencen a instalarse?

La primera tendencia es que los reportes de sostenibilidad vengan acompañados de un informe de aseguramiento. Así como nadie discute que los estados financieros requieren cierto nivel de confianza, lo mismo va a empezar a pasar con la información ESG. Deloitte ya cuenta con metodología y recursos internos para compromisos de aseguramiento de sostenibilidad, incluyendo gases de efecto invernadero, bajo estándares aplicables como ISAE 3000, ISAE 3410 y el reciente ISSA 5000, específicamente emitida para generar un marco de referencia para el auditor externo emita una opinión o conclusión sobre los reportes de sostenibilidad, lo que da confianza a los usuarios.

Otra tendencia es la tecnología aplicada a datos ESG. Muchas empresas todavía recopilan información de forma manual. Eso va a cambiar. Vamos hacia sistemas más integrados, trazables y controlables.

También estamos viendo algo que sin dudas ayudará mucho que es la convergencia normativa. Durante años hubo demasiados marcos: GRI, SASB, TCFD, ISSB, ESRS. Eso generó confusión. Hoy el mundo intenta ordenar el mapa, nos encontramos en un proceso de convergencia que permita a todas las organizaciones no importa el país en donde estén hablar el mismo idioma, algo similar al proceso que vimos hace más de 20 años con la convergencia de las normas internacionales de información financiera.

Por último y quizás la más importante, es que sostenibilidad deja de ser “reporte” y pasa a ser transformación del modelo de negocio. El CxO Sustainability Report de Deloitte muestra que muchos ejecutivos ya empiezan a ver la sostenibilidad como motor de innovación, nuevos productos y creación de valor, no solamente como cumplimiento o reputación. Eso todavía no llegó con toda su fuerza a Uruguay, pero va a llegar. Y conviene estar preparados.

En el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, ¿qué mensaje considera importante transmitir hoy al sector empresarial sobre sostenibilidad y competitividad?

El Día Mundial del Medio Ambiente me conecta con algo muy personal. Lo recuerdo desde la escuela, cuando nos enseñaban la importancia de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para reducir el daño en la capa de ozono, reciclar y proteger el mundo para las próximas generaciones. En aquel momento eran mensajes simples, pero quedaban marcados, hasta en los hábitos que uno tiene como adulto.

Hoy, como líderes en organizaciones, tenemos la responsabilidad de transformar esa conciencia en decisiones concretas respecto a cómo producimos, compramos, usamos energía, gestionamos riesgos, cuidamos a nuestra gente y nos relacionamos con la comunidad.

Pero también creo que hay que hablar de esto con pragmatismo. La sostenibilidad no es solamente un deber; también es una oportunidad. Una empresa que usa mejor sus recursos, que entiende sus riesgos, que tiene buenos datos y que genera confianza, es una empresa más preparada y más competitiva.

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