Montevideo llegó a tener, en su época dorada, 105 salas de cine desperdigadas en los diferentes barrios de la ciudad. A escala barrial o monumental. En alpargatas o de corbata obligatoria. Con asientos humildes o butacas super-pullman, refrigeración, pantallas panorámicas y tecnología 3D. Todo esto, antes de la llegada del siglo XXI.
Según los datos del investigador y cinéfilo Osvaldo Saratsola en el libro Función completa, por favor: un siglo de cine en Montevideo, en 1953 se llegaron a vender 19.152.019 entradas. Lo que significa que las boleterías cortaron 52.471 tickets cada día. Montevideo por entonces reunía unas 800 mil habitantes que encontraban en el cine un divertimento accesible así como un espacio de reunión y que, en promedio, fueron 24 veces al cine ese año.
Ese año hubo 516 estrenos comerciales y la película más taquillera fue El bombero atómico con Cantinflas, estrenada en el flamante Monumental Cine Censa, que abrió sus puertas en abril de ese año en la esquina de 18 de Julio y Magallanes. Una sala imponente para 2.715 espectadores, que la posicionó como la más grande del país.
Eran tiempos previos a la atomización de las plataformas de streaming y los video clubes, las señales de cable e incluso anteriores a la primera transmisión de un canal de aire en Uruguay. Los montevideanos entonces consumían espectáculos públicos de todo tipo como una costumbre familiar, aunque –según el autor– lejos quedaba al teatro e incluso el fútbol de la convocatoria de las salas de cine en su mejor momento.
Si bien la primera exhibición cinematográfica acaba de cumplir 130 años, lo que por entonces era una nueva forma de espectáculo llegada desde Europa se difundió rápidamente en el nuevo siglo. A partir de 1900 los "biógrafos" empezaron a reproducirse en la ciudad y una década después llegaban a 30 salas de proyección.
El Rex Theatre dio inicio a las funciones sonoras en setiembre de 1929 y marcó el inicio de un período de auge y crecimiento que se extendió hasta entrada la segunda mitad del siglo con la edificación de lugares exclusivos para pa proyección de cine. Una “era dorada".
“Eran otra vida y otro Río de la Plata, tan lejos de los actuales que todo parece un sueño irreal aunque la mente lo dibuje con datos concretos”, escribió Saratsola sobre aquella ciudad. Los uruguayos disfrutaban entonces de un período de bonanza económica y un puñado de avances culturales que mostrarle al mundo. Montevideo era por entonces la "tacita de plata".
Por entonces los grandes cines se llenaban de acuerdo a un régimen de exhibiciones en “continuado” para las salas de estreno: de cinco a seis vueltas por $1,19. En las las de barrio era diferente: matinée, vermouth y noche con precios que podían llegar a los $0,50. Los domingos por la mañana muchos exhibían “cine baby”.
Los cines llamados “de estreno” mantenían la película una semana y luego llevaban las latas con los rollos a salas “de cruce” –lugares intermedios, de menor capacidad y precios más baratos– antes de llevarlas a recorrer los barrios y de ahí los desgastados rollos de película viajaban al interior del país o encontraban su retiro definitivo.
Las antiguas salas de cine solo cerraban para abrir otras cada vez más grandes, con más butacas y más comodidades para acomodar la demanda de los espectadores.
Al fondo: Cine Rex. 25 de agosto de 1948
Fotógrafos municipales / Centro de Fotografía – Intendencia de Montevideo
El Casablanca
El cine Casablanca se inauguró en 1947 en el barrio Pocitos como parte de la estrategia de la Sociedad Anónima Uruguaya de Exhibidores Cinematográficos (Saudec) para competir con 1.253 butacas en los barrios, al sumar otro gran cine a los que ya tenía en funcionamiento en Villa Dolores, Cordón y Belvedere en momentos de plena expansión del mercado.
Según recoge Saratsola, el lujoso Casablanca dejó de inmediato en un segundo plano al cine Biarritz, jerarquizó las exhibiciones fuera del Centro y fue, durante décadas, una obligada referencia en el barrio.
El edificio, proyectado por el arquitecto Miguel Revello, tenía dos halls con un total de 142 metros cuadrados y un gran balcón interior, siete puertas dobles hacia la vereda, cuatro baños, dos boleterías, aire acondicionado y pisos de parquet. En la platea baja se ubicaban 752 personas, mientras el sector superior tenía espacio para 245 espectadores en el tramo preferencial y 256 en la tertulia.
“No se escatimaron gastos para los detalles de terminación, con cortinados de Tienda La Opera, butacas pullman confeccionadas por Nicolás Americola y finezas art déco en las luminarias”.
Centro de Fotografía de Montevideo (CdF) / Intendencia de Montevideo
Un dato curioso: desde la temporada 1951 la tertulia del Casablanca debió contar con vigilancia los fines de semana, especialmente en la "platea alta". “Esta tenía una pared que sostenia el pasillo de comunicación pero a la vez protegía de la visual de espectadores ubicados más arriba, de modo que se utilizaba para fogosidades varias por muchachos de ambos sexos. Las entradas numeradas en esas 21 butacas nunca estaban disponibles al abrirse la boletería y se conseguían, según testigos. pagando sobreprecios”.
Según la web Cinestrenos, que reúne la información de las salas del país, en total estrenó 174 películas a lo largo de su historia.
En julio de 1997 el edificio fue demolido y en su lugar se construyó una torre de apartamentos con tres salas que se inauguraron en el año 2000 con nombres muy cinematográficos: la Marilyn Monroe, James Dean y Humphrey Bogart para 205, 138 y 105 espectadores respectivamente. El microcine originalmente fue gestionado por la cadena Movie, hasta que pasó a manos de Life Cinemas. Según informó Telemundo el pasado lunes, el complejo cerró sus puertas definitivamente.
Cine de barrio
El público podía elegir si comprar una entrada en uno de los tantos cines de barrio o elegir una de las lujosas salas céntricas, representantes de las grandes compañías cinematográficas mundiales donde llegaban antes los estrenos, como el cine Metro, el Radio City, el Trocadero, el Ambassador o el Censa.
Muchos todavía tienen en su memoria la sala de su barrio. La sala que sintieron propia, donde vieron uan película por primera vez o sembraron recuerdos de su infancia, adolescencia o juventud. Porque las salas de barrio, a diferencia de las de estrenos, tenían un perfil vecinal y comunitario, pero una programación variada.
“Las tres décadas que van del comienzo de los años treinta al final de los cincuenta incluyeron el nacimiento definitivo, la consolidación, el espectacular auge y finalmente el comienzo del declive de los cines barriales, acompañando el crecimiento, un punto máximo a mediados de los cincuenta y la caída de la cifra total de espectadores en Montevideo".
Es que el auge económico uruguayo de posguerra impulsó diversas inauguraciones. En esos años se abrieron catorce salas fuera del circuito céntrico con capacidad para más de 1.000 personas y con una mejora en capacidad, confort, calidad y precios que comenzó, además, una competencia entre barrios cercanos.
Para mediados de los setenta la situación había cambiado completamente: las 19,5 millones de entradas vendidas de 1953 pasaron a 7,6 en 1972. Con el tiempo, tras el cierre de las salas, los edificios que supieron contener a miles de personas delante de la pantalla se convirtieron en galpones de depósitos, iglesias, oficinas o, con suerte, salas de teatro.