Seis meses después pasó a cumplir funciones en la oficina de liquidaciones de la Cámara de Diputados. “Me fui adaptando a la vida parlamentaria. Ya veníamos con la política muy metida en mi casa, o sea que me costó poco escucharme todas las grandes reuniones que había de parlamento tanto de Cámara de Diputados como de Senado. Tengo un gran recuerdo de los legisladores de estirpe de aquella época de todos los partidos”.
Sin embargo, aquel recuerdo pasaría a ser la antesala de una época “muy dura” para el país. Y en los pasillos del Palacio Legislativo los rumores adelantaban lo que ocurriría meses más tarde. “Escuchaba los rumores de los más veteranos que hablaban de si esto sigue así puede venir un golpe de Estado. Pero el acá no va a pasar lo escuché muchísimas veces. Era algo que no veíamos cercano, menos nosotros que éramos muy tiernos para la cosa, hasta que pasó lo que pasó”.
La mañana del 27 de junio de 1973, un año después de su ingreso, una comitiva comandada por los generales Esteban Cristi y Gregorio Álvarez atravesó el Salón de los Pasos Perdidos para clausurar el Parlamento. “Después de que vino el golpe empezaron algunos veteranos a decir esto va a ser una cosa de unos días nomás y seguramente se va a llamar a elecciones nuevamente. Ese llamado a elecciones demoró 12 años”.
No cobraron durante los primeros tres meses. “El Palacio estuvo cerrado y con la general apagada. No se sabía lo que iba a pasar”. Hasta que llegó la orden de liquidar los sueldos y un puñado de los funcionarios más veteranos de la contaduría tuvieron que entrar a oscuras, acompañados de militares, a buscar la información para hacer el pago.
“Perdimos muchos derechos en aquella época”, dice el ex-funcionario, que llegó a vender zapatos a escondidas en el palacio para complementar la liquidación.
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En 1985 con el advenimiento de las nuevas cámaras se fue renovando el plantel político. “Venían algunos veteranos que habían sobrevivido a la dictadura, venían muchos como líderes de sus facciones políticas, y venían muchos diputados jóvenes, muchas bancadas de jóvenes”, recuerda Árraga.
También llegaron nuevos funcionarios. Mario Lariccia entró a trabajar en el Palacio Legislativo como ascensorista y con la apertura democrática comenzó a trabajar en la División Sala y Barra de la Cámara de Representantes. “Ingresé al Palacio Legislativo en una convocatoria que hicieron para hijos de viejos funcionarios del Poder Legislativo. Era el caso de mi padre que ingresó a la Cámara de Diputados en el año 1954”, dice a El Observador desde una silla ubicada en el sector de prensa.
Su padre trabajó como ujier – “llevando cafés y tés y agua a los despachos”– y luego se dedicó a la tesorería. Pero cuando su hijo regresó a casa con la idea de renunciar –luego de un entredicho con un funcionario cercano al régimen en un ascensor– le pidió que se quedara, porque tenía que vivir lo que había visto él: la democracia en pleno funcionamiento.
Lariccia recuerda con especial emoción aquella primera sesión de la Asamblea General en la que se constituyeron nuevamente las cámaras. Jorge Batlle la presidió e invitó a Jorge Zappelli –que había sido el último presidente de la Asamblea General del período democrático anterior a la dictadura– a co-presidirla. En esa misma asamblea votaron una moción por la amnistía de los presos políticos. “Lo más emotivo de todo fue ver a la gente colmando las barras gritando ¡viva la democracia! ¡Viva la libertad! Después de cantar el himno con el coro del Sodre. Fue fantástico, no lo olvido nunca más”.
Quien tampoco se olvida de aquella asamblea es Adriana Carissimi, que con 20 años se encontró con la monumentalidad del Palacio Legislativo. Había sido la única en aprobar el concurso para entrar como taquígrafa parlamentaria en la Cámara de Senadores, donde se desempeñó durante 40 años, y podía escribir hasta 130 palabras por minuto después de haber practicado doce horas diarias durante más de un año. “Mi papá fue taquígrafo parlamentario y deseaba que alguno de sus hijos también lo fuera”, dice ahora Carissimi a El Observador. Su padre, Juan Antonio Carissimi, inventó un sistema taquigráfico que actualmente se usa en Uruguay y en el mundo.
Recuerda aquella sesión con mucha emoción y dice que reinaba en el Palacio Legislativo un ambiente “efervescente”: “Habíamos pasado una época de quietud. Se restaura la democracia y todo aquello vuelve a brillar y a funcionar en su máxima expresión”.
Lariccia está de acuerdo: “A partir de aquel momento el Palacio cobró vida en todos sus rincones”.
El 1 de marzo de 1985 fue designado a la presidencia de la Cámara, donde tenían que esperar Julio María Sanguinetti y Enrique Tarigo para que les tomara juramento para ser investidos como presidente y vicepresidente de la República. “Ha sido muy emocionante todo eso. Estamos hablando del hito político que configuraba aquello: en la historia política del país volvíamos de un periodo de dictadura y se restablecían los derechos plenos de la ciudadanía”, dice.
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El nuevo periodo democrático también trajo movimientos para Juan Árraga, que después de un breve pasaje en el Archivo de la Cámara de Diputados pasó a ser prosecretario de la Comisión de Educación y Cultura del mismo cuerpo. Y en los últimos 30 años de trabajo llegó a ser jefe de la Oficina de Relaciones Internacionales. “La relación internacional de nuestro parlamento con parlamentos de América y del mundo se intensificó muchísimo en la nueva democracia”.
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Todavía habla en tiempo presente. Mientras los funcionarios de la División de Sala y Barras de la Cámara de Representantes preparan la próxima sesión y organizan la documentación de los diputados, a Mario Lariccia le cuesta hablar en pasado. Sin embargo, el último 1 de marzo se retiró como director del área. Al momento de su retiro, era el funcionario más antiguo del Palacio.
Su función consistía en asistir a los diputados y las diputadas en todo lo que fuera necesario para la función legislativa. “Ellos están trabajando, nosotros estamos trabajando”, aclara y extiende una larga lista de tareas vinculadas al funcionamiento de la sala, el cuórum, la votación, la bibliografía, las comisiones e incluso el comportamiento de las barras (desde donde recuerda que algún día llovieron monedas sobre los legisladores).
“Hemos sido testigos presenciales y privilegiados de muchas etapas del desarrollo de la tarea legislativa. Eso configura un honor, porque uno está en la cocina de la cosa. La ley es un producto social. Lo que acá se vota va a significar algo en la vida de la ciudadanía o de un colectivo, grande, pequeño o mediano”, sostiene.
Desde su puesto de trabajo en la sala de Diputados, Lariccia presenció algunos de los debates clave de los últimos 40 años y otros, dice, menos trascendentales. Pero entre los que recuerda particularmente está la discusión sobre la Ley de la Caducidad Punitiva del Estado por ser una sesión “muy complicada”. “Tuvimos muchos inconvenientes, pugilatos varios, discusiones muy fuertes, tuvimos que interceder prácticamente durante toda la sesión para evitar agresiones entre los legisladores y recuerdo que afuera la gente estaba en una ebullición impresionante también. Era una ley muy controversial, que despertaba los ánimos de aquellos que estaban en contra y aquellos que estaban a favor”.
Las interpelaciones también entran entre las más memorables, porque a veces deben actuar para preservar el orden de la sala. “Nuestro trabajo tiene esas especificidades que lo hacen también muy particular, prácticamente único. Estás funcionando a nivel administrativo, pero también casi de seguridad”.
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Lariccia, que trabajó durante 40 años junto a los diputados y senadores en la Asamblea General, destaca "haber estado con grandes legisladores y haber estado con otros ciudadanos que pasaron por las bancas pero las bancas no pasaron por ellos”.
Recuerda, por ejemplo, la capacidad de negociación de Washington Cattaldi en la discusión del presupuesto en la primera legislatura después de la dictadura.
Desde la sala de sesiones de la Cámara de Diputados, vio como se forjaron carreras políticas y otras se desvanecieron. “Todos los presidentes que ha tenido el país desde el año 85 hasta ahora, sin ser el caso de Tabaré Vázquez y hoy el caso de Yamandú Orsi, pasaron por el parlamento. Y todos fueron integrantes de la Cámara de Diputados”, destaca.
Y hay un episodio que califica como "curioso": en el 2000 debutan como diputados Luis Lacalle Pou y Beatriz Argimón. Ambos asumirían 20 años más tarde como presidente y vicepresidenta de la República respectivamente. “Cuando Lacalle Pou fue investido aquí por la Asamblea General había tenido dos legislaturas como diputado y una como senador; y yo le decía pensar que hace 20 años estabas asumiendo por primera vez una banca acá adentro y ahí estás asumiendo la presidencia de la República. Más allá del color o del pensamiento que uno tenga, cuando hacés el repaso temporal decís: qué impecable, era iba a ser la dupla que iba a dirigir el país del 2020 al 2025. Eso ha pasado con varios”.
Un buen orador era clave para Adriana Carissimi. Como taquígrafa, explica, su trabajo depende de la habilidad de los legisladores.
“Hay oradores que hacen un uso especial del lenguaje, les gusta expresarse correctamente y eso es maravilloso porque es una facilidad para el taquígrafo: tal cual lo dijeron, tal cual queda transcripto. Pero hay otros muy confusos para hablar, tienen mala dicción o no son hábiles para expresar exactamente lo que quieren decir. Si transcribiéramos textualmente lo que ese orador está diciendo, nadie entendería nada porque no hay una frase completa. Eso tenemos que corregirlo, tenemos que pensar en la historia”.
Carissimi explica que esa corrección no implica una edición del discurso, sino buscar las palabras justas para que se entienda o corregir errores. De todas formas, la ex-funcionaria, tiene claro que a veces los legisladores "realmente quieren ser confusos". Y la clave está en poder discernir si no fueron claros porque "no les salió" o porque así lo quisieron.
Cada taquígrafo entra a sala durante 10 minutos para hacer la toma de taquigrafía, que equivale luego a una hora y media de transcripción aproximadamente. “No son sólo las palabras, a veces son los silencios, las pausas, las miradas, las ironías. Todo ese ambiente lo capta el taquígrafo”.
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Carissimi apunta que ya en la asamblea constituyente de 1829 el constituyente Ramón Massini advirtió sobre la necesidad de contar con un registro pero no fue hasta 1934 que se consiguió el primer taquígrafo: Joaquín Pedralbes.
Y es que la versión taquigráfica es un documento que hace a la historia. Por ese motivo, destaca que la honestidad intelectual de quienes cumplen con la tarea debe ser "a prueba de todo" y ser "totalmente imparcial".
Entre las sesiones más recordadas para la taquígrafa están los homenajes, por su carácter emotivo, pero también las expulsiones de miembros del cuerpo, por ser situaciones complejas. En cuanto a discusiones parlamentarias, Carissimi recuerda particularmente la discusión sobre la instalación de la Cruz del Papa Juan Pablo II en Tres Cruces. “Estuvimos trabajando 24 horas de corrido. Cuando se dan ese tipo de debates entra la ética, la religión y un montón de cosas que hacen al ser humano y que van más allá de la política... Son muy interesantes, muy intensas y muy difíciles”.
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Y así como han sido testigos de la historia, también han visto situaciones que hasta el día de hoy resultan curiosas. “Hemos vivido situaciones en las que la discusión no era entre sectores opositores sino entre legisladores del mismo sector y de repente uno pasaba por el costado de la banca y se escuchaba un improperio y el otro que le contestaba por lo bajo. Uno lo escucha porque está dentro de la sala”, señala Lariccia.
También cuenta que en más de una oportunidad encontró en sala a ciudadanos que no eran legisladores pero querían entrar a las sesiones e incluso tuvo que atender a visitantes que pretendían esperar allí el ómnibus, en lugar de en la parada.
Actualmente el Poder Legislativo tiene 1.074 funcionarios presupuestados. Más de mil personas que trabajan a diario en la conformación de leyes, aunque no hayan sido electos por la ciudadanía para redactarlas. “Nosotros de alguna manera también somos compañeros de trabajo de los legisladores. Tenemos la suerte de que nosotros seguimos como funcionarios presupuestados. Ellos tienen que renovar ese presupuesto cada cinco años”, expresa Lariccia.
Los ex-funcionarios responden de la misma forma a algunas preguntas. Dicen que tenían un horario de entrada pero no de salida, que la reserva en algunas ocasiones era parte fundamental de su trabajo y expresan en tres palabras lo que significa el Palacio Legislativo en su historia personal: Es mi vida.