9 de abril de 2026 5:00 hs

Debo confesar que estoy abrumado. Algo confuso. Atravesamos momentos convulsos y me cuesta que las palabras que quiero transmitir emerjan con la claridad que busco. He tratado siempre de escaparle a las visiones pesimistas, catastróficas y dramáticas; creo que hay que mirar al futuro con esperanza sin perder de vista las dificultades del presente ni los desafíos que impone la coyuntura. Tendrá usted, a lo largo de esta columna, la duda valedera de si la he escrito realmente yo.

Hace un tiempo, en una entrevista, comenté que la llamada inteligencia artificial sería un tsunami para nuestra civilización. Una gran ola capaz de destruir por sustitución aquello que no esté preparado, de crear actividades nuevas y de obligar a otras a encontrar formas de renacer. No exageraba.

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El despliegue de la IA requiere chips, servidores, redes, energía y equipos industriales. Según datos de McKinsey, el comercio de estos bienes creció un 37 % en 2025 y explicó un tercio del crecimiento del comercio mundial. Es una actividad que dinamiza la economía en niveles nunca vistos en la historia de la humanidad. Esta revolución tiene características excepcionales: corta transversalmente la inmensa mayoría de las actividades humanas conocidas y tiene una velocidad de adopción asombrosa.

Un artículo publicado en The Economist hace casi un año esbozaba que la gran cuestión no es solo si la IA será más inteligente que la media humana en tareas cognitivas, sino qué pasará si eso acelera brutalmente el crecimiento económico. No haría falta un escenario apocalíptico: bastaría una IA no catastrófica para transformar salarios, precios, desigualdad, inversión y poder político. La IA jaquea el orden social que conocemos: nuestro sistema educativo, laboral, financiero, de gobierno y de gestión privada. Por esa razón este tema no se agotará únicamente en este Escenario2. Vendrán otros, profundizando los efectos de la capilaridad de la IA.

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Decía que un sentimiento de estos días es el de estar abrumado. Mientras asistimos a cómo la humanidad es capaz de crear herramientas de elevado procesamiento con un output de calidad espeluznante, nos encontramos en medio de diversos conflictos bélicos, muchos de ellos sin ninguna justificación relevante —si es que alguna guerra la tiene—. Estados Unidos, liderado por el decadente de Donald Trump, ha creído que su poder militar está al servicio de su megalomanía como si fuera un videojuego, pero quienes mueren son seres reales. Entretanto, el mundo queda en vilo, mirando cómo la potencia imperial se desacomoda y muestra signos de que su influencia y su poder comienzan a agotarse.

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En paralelo, a quienes nos apasionan los misterios que esconde el espacio, la misión Artemis II nos aproxima a la Luna. Pero la imagen que más me ha impactado no es la de nuestro satélite natural.Es la de nuestro planeta visto desde el cosmos. Por un momento imaginé a seres no terrícolas observando nuestra imagen a distancia, preguntándose cómo seríamos como civilización. Ni la especie más creativa del universo logrará entender la capacidad destructiva y autodestructiva del ser humano.

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Esa perspectiva cósmica me llevó a un concepto que desconocía: los límites planetarios (planetary boundaries), un marco científico propuesto en 2009 por Johan Rockström y Will Steffen desde el Stockholm Resilience Centre. Identificaron nueve procesos biofísicos del sistema terrestre dentro de los cuales la humanidad puede operar de manera segura. Mientras nos mantengamos dentro de esos umbrales, las condiciones de vida permanecen estables; si los excedemos, entramos en zonas de riesgo creciente con cambios potencialmente irreversibles. En 2009, cuando se definieron, ya se habían excedido tres de los nueve límites. Para 2025, la cifra subió a siete. La humanidad ya está operando fuera del espacio seguro en casi todas las dimensiones críticas. La visión cósmica ayuda a entender y dimensionar nuestros dilemas; luego, la realidad del día a día suele ser más compleja.

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Como sea, vivimos tiempos convulsos. El Foro Económico Mundial sugiere un conjunto de habilidades que serán imprescindibles en los próximos años. Ya no se habla de programar como la habilidad del futuro. Las personas deberemos tener la capacidad de utilizar herramientas tecnológicas de avanzada, sí, pero la habilidad más relevante será dominar aquellas que nos hacen y distinguen como personas: pensamiento crítico, ideas propias, búsqueda de sentido vital, resiliencia y adaptación.

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Un documento reciente del Ministerio de Educación de Finlandia, Basic Education 2045: For Life, plantea algo que me resultó poderoso: si definimos la competencia humana solo por lo que la máquina aún no puede hacer, a medida que la IA avance la competencia humana se estrechará irreversiblemente. La propuesta finlandesa invierte el enfoque: hay que definir lo que las personas debemos saber y ser capaces de hacer a partir del crecimiento humano integral, y que la tecnología sea complemento nuestro, no al revés. El ser humano no debe definirse en función de la máquina.

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Estas últimas semanas el mainstream intelectual local ha discutido largo en la red X sobre dos posteos de un personaje del que aún no se sabe si realmente existe: de su nombre no se encuentran referencias y la foto de perfil, así como la redacción, parecen ser todo IA. Visiones poco rigurosas de hiperdiagnóstico pesimista sobre nuestro país. Nada nuevo, más allá de la modalidad de presentación. Lo nuevo es recordarnos el desafío: la búsqueda de propósito en lo que hacemos, a qué dedicamos ese recurso escaso y no almacenable que es el tiempo, la generación de ideas y el criterio como individuos.

Búsqueda personal, dedicación, ideas, criterio. Nada de eso lo genera la inteligencia artificial.

Por eso, si ha llegado hasta aquí, tenga la plena convicción de que —más allá de alguna corrección en la redacción— lo que aquí encuentra son ideas y emociones propias. Y eso, por estas horas, parece ser un gran escenario2.

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