7 de noviembre de 2026 9:17 hs

El primer discurso del Sumo Pontífice en suelo uruguayo estuvo lejos de ser una disertación protocolar o una recopilación de frases hechas. Con una densidad pocas veces vista, demostró un conocimiento exhaustivo de la historia nacional pero también de la realidad actual y de los males que nos aquejan.

El papa León sorprendió al detenerse en los detalles del friso de bronce al pie de la estatua ecuestre de José Gervasio Artigas —un relieve que la mayoría de los uruguayos desconoce a pesar de su cotidiana presencia pública—. A partir de esas imágenes, articuló un discurso sobre la democracia, el bien común, y con una mirada centrada en la dignidad humana desde la vida antes del nacimiento hasta la muerte natural, deteniéndose en el sentido del trabajo frente al avance de la inteligencia artificial y en la profunda epidemia de soledad contemporánea.

La figura del prócer a caballo fue el puente natural hacia 1813. Al evocar la histórica sentencia de Artigas ante los representantes orientales («Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana»), el papa subrayó la vigencia de la matriz republicana: “En una frase unía el origen de la autoridad y la responsabilidad de quien la ejerce: recibirla de una comunidad concreta y responder ante ella”.

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El pontífice hizo que ese recordatorio resonara con fuerza en un país que acaba de conmemorar cuatro décadas de recuperación democrática ininterrumpida. La legitimidad, planteó, no se agota en las urnas; “encuentra su razón de ser en el servicio al bien común y está llamada a ejercerse dentro del orden jurídico, respetando la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos”, lo que demanda preservar con celo los cauces de participación ciudadana y la división de competencias institucionales.

Esa noción de bien común fue proyectada hacia el porvenir mediante una cita de su predecesor, el Papa Francisco, en Laudato si’: “La noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras”. Con ese anclaje teórico, aterrizó en temas medulares para la matriz de desarrollo del país: se refirió a la transición de las energías renovables, la movilidad y el cuidado estratégico del agua y de los recursos.

En un país donde los indicadores sociales esconden el flagelo del suicidio y la salud mental, advirtió que “la soledad, la angustia y la pérdida de esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo” y sentenció que “la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables. Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia”.

Así como no eludió marcar sus convicciones en temas tan sensibles al Uruguay progresista, como el aborto o la eutanasia (lo que no puede llamar la atención de un papa) tampoco dejó de abordar el laicismo uruguayo. Sin confrontar de lleno, pero sin evitar el debate sobre una tradición que históricamente ha relegado la fe a los bordes del ámbito privado, el Papa interpeló la noción de neutralidad estatal. Sostuvo que el carácter laico debe ser garante de convivencia entre creyentes y no creyentes, pero precisó con claridad: “Esta neutralidad no exige que la dimensión religiosa quede confinada al ámbito privado”.

Citando la declaración conciliar Dignitatis humanae, recordó que la libertad de conciencia abarca la manifestación pública y colectiva de la fe, y que las comunidades religiosas tienen el derecho de aportar al bien común respetando plenamente la autonomía civil.

En el tablero regional, la alusión a la política exterior fue puntual y estratégica: destacó el valor de la integración a través del Mercosur y la vocación oriental por la “búsqueda paciente de acuerdos” frente a las tensiones vecinales.

Hacia el final, cerró con un mensaje de esperanza y ofreció lo que como cabeza de la Iglesia Católica puede ofrecer: seguir a Jesucristo. “Con una historia de fe y servicio que se remonta a siglos atrás, la Iglesia desea seguir ofreciendo al pueblo uruguayo aquello que ella misma ha recibido —a Jesucristo y la esperanza de su Evangelio— y colaborar desde su propia misión con cuantos trabajan por el bien común y la dignidad de cada persona”. Cerró con un llamado a la unidad cívica y una bendición invocando la protección de la Virgen María, a quien había mencionado al principio al señalar como un hito de su visita Florida, a donde irá este domingo y donde se venera a la Virgen de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay.

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