4 de junio de 2012 0:00 hs

Por Martín Viggiano @martinviggiano

No hay manuales para comprar vino. Uno se para adelante de góndolas o vitrinas llenas de botellas más o menos iguales, con etiquetas más o menos atractivas, y enseguida se nos van los ojos hacia el precio, lo cual suena obvio. Pero hay más datos a tomar en cuenta para saber cómo elegir.

Lo fundamental es tener claro en qué momento y con qué se va a tomar el vino. La comida que lo va a acompañar debe ser acorde con la intensidad. A esa práctica se le llama “maridaje”: combinar de de forma armónica la comida y el vino.

La segunda decisión es cuánto estamos dispuestos a gastar. Tanto en vinos finos nacionales como importados (Vinos Calidad Preferencial, identificados con la sigla “VCP” en las botellas de 750cc), existen franjas más o menos definidas de precio: una básica que va de $ 100 a $130, otra que llega a los $200, otra de $350 a $500, y así. Definido eso, se suele recomendar tintos para comidas intensas, como picadas de fiambres, carnes, guisados o tucos; y los blancos para carnes blancas o platos con sabores menos intensos.
La etiqueta del vino nos da mucha información y es un aliado para los que no somos profesionales. Lo más destacado es el nombre comercial, la bodega y la variedad de uvas con la que se elaboró. También el año, la graduación alcohólica y la zona de origen. Para empezar, se pueden distinguir dos grupos: vinos jóvenes y de guarda o crianza.
Los primeros tienen un proceso de elaboración simple, o mejor dicho sin pasaje por barricas de roble. Se hacen para tomar ni bien se embotellan y no sirve de nada guardarlos, porque no tienen nada que mejorar con el paso del tiempo.

Los segundos sí tienen al menos seis meses de pasaje por barrica, y un método de elaboración más complejo que los prepara para crecer con los años. Ese dato nos los da la etiqueta cuando dice: “Roble”, “Crianza”, “Reserva” o “Guarda”. A esos vinos, si se quiere, sí se los puede guardar en posición horizontal en un lugar de la casa con temperatura baja y poca o nada de luz. Existe un mito con poco sustento, sobre que los vinos más añejos son mejores.

Con estos datos ya tenemos lo básico para tomar la decisión y comprar. Después se puede ponderar que ciertas variedades se adaptan mejor a ciertas zonas. Si querés un Tannat, comprá uno uruguayo; si te gusta el Carmenere, buscá uno chileno; y si preferís un Malbec, quizá los argentinos sean mejores. Pero como por suerte el vino te sorprende, todo lo que leíste recién puede ser relativo.

Si un vino cuesta $800, seguramente lo justifique. ¿Por qué? De pronto fue elaborado con uvas de plantas muy cuidadas, en un lugar con condiciones climáticas óptimas, con un proceso complejo, pasaje por barricas costosas y dedicación intensa a lo largo de dos, tres o cuatro años. Quizá sea combinación de las mejores uvas de la bodega, luego de muchos ensayos y errores, con el trabajo de profesionales. ¿Eso quiere decir que uno de $150 es más berreta? No. Es diferente, con otro trabajo detrás, seguramente con menos complejidad que el de $800.

Volviendo a nuestro proceso para elegir un vino, el último paso puede que sea un trabajo más fino, cuando nos metemos a diferenciar las cepas.

Tengo un amigo, también periodista, que me llama cada vez que organiza un asado y quiere elegir un vino acorde. A él siempre le repito la mayoría de estos consejos, pero van aquí algunos ejemplos de “maridajes”, porque sobre gustos, hay muchas cosas escritas:

Tannat: especial para carnes a la parrilla bien condimentadas, un buen guiso de lentejas o un suculento plato de ravioles con tuco. Es una variedad que te llena la boca de intensidad, los expertos hablan del “cuerpo”. Es como una patada del Ruso Pérez a las canillas. De tan potente deja el paladar seco y el final en boca es prolongado. En nariz se pueden descubrir infinidad de aromas, desde madera, tabaco o chocolate, hasta cuero y frutas en pasas (como siempre digo: recuerda aromas, no es que el bodeguero haya puesto tabaco o pedazos de cuero en la barrica). No comparto cuando algunos dicen que es “muy fuerte”. El Tannat es una variedad espectacular, que se adapta de manera impecable al clima de Uruguay.

Pero claro: si te tomas un Tannat con una tortilla de papas, te va a resultar “fuerte”. Mejor tomalo con cordero bien adobado a la parrilla.

Merlot: es, de pronto, un tinto con más elegancia en la boca. Es decir: no tiene ese ataque áspero ni la intensidad del Tannat, pero las notas más delicadas lo hacen atractivo también para tomar con pastas, por ejemplo. Algún simplista puede decir que es un tinto “más suave” o “tranquilo” que el Tannat. Todo sirve para describir.

Sauvignon Blanc: mi cepa blanca preferida puede ir con una tabla de quesos o en cualquier picada. Los que saben recomiendan acompañarlo con pescados y mariscos. Tiene aromas espectaculares de frutas y cítricos. En boca suelte tener una acidez exquisita y a la vista es muy transparente con reflejos amarillos verdosos claros. Vale la pena probarlo. Otro consejo: pará un poco de comprar siempre lo mismo. Está bien que si probaste algo y te gusta, no arriesgues con otra cosa que te puede decepcionar. Lo más lindo del vino es la variedad y no nos alcanza la vida para probar. Entonces, antes de mirar el de siempre en la góndola o en la vitrina, está bueno tomarse dos minutos más y buscar alternativas. Siempre hay algo que nos puede romper la cabeza.

*Dedicado a sensei Linng.

Temas

vinos

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos