8 de agosto 2020 - 5:01hs

Integrante del equipo asesor en medicina intensiva del Grupo Asesor Científico Honorario de la Presidencia, profesor agregado de Medicina Intensiva y director académico del Programa de Investigación Biomédica en la Udelar y jefe del CTI de la Asociación Española, Arturo Briva sostiene que es inexplicable que se recorte el presupuesto destinado a la ciencia luego de que los científicos uruguayos demostraran la importancia de su trabajo para controlar la pandemia.

¿Cómo se está trabajando en los centros de salud con la nueva directiva que establece que todo paciente debe ser ingresado como si estuviera infectado con el coronavirus?

Habíamos logrado un punto de equilibrio, una forma de trabajo, y esta normativa cambió las reglas de juego. Modificó la operativa y generó una sobrecarga de trabajo brutal, porque tenés que tratar como contaminados a 1.000 pacientes, cuando en verdad quizás solo uno o dos lo estén. Y también provocó una gran presión sobre los sistemas de diagnóstico: yo estoy insistiéndole al laboratorio por los resultados de los test, que son cientos: hay días de 300 o 400.

¿Pasó que pacientes que llegaban por otro motivo fueran positivos al covid-19?

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Al comienzo de esta nueva etapa, en la Española hisopamos a todos los internados. Y en 400 pacientes que no eran de coronavirus, apareció solo uno positivo. O sea que la manera en que estábamos dividiendo a los pacientes era buena. Solo había un caso en 400. Pero ese uno pudo generar un cambio de situación brutal. La fortaleza de la normativa nueva es que ahora no se nos va a pasar ni siquiera 1 en 400.

¿Este desgaste es mayor que la de los primeros días de la pandemia en Uruguay?

No, aquel fue peor. Estábamos aprendiendo. Había que ir definiendo parámetros en una enfermedad desconocida. Había menos información o era contradictora. La OMS en un momento desaconsejaba usar tapabocas y al siguiente lo recomendaba. El personal estaba muy cansado y asustado, les pedíamos que se expusieran a algo que les podía hacer daño. Si lo que veíamos en esos primeros días iba a ser lo mismo que seguiríamos viendo, no había manera de contener la pandemia. No iba a haber camas, ni equipos de salud, ni insumos suficientes. Ese aluvión de gente no había manera de contenerlo. Incluso ahora, que hemos aprendido mucho, si tenemos una avalancha así de pacientes no hay cómo contenerla.

¿Qué se aprendió?

A graduar la protección. La máxima protección que existe en medicina se usa cuando se trata un paciente con ébola. Pero esos trajes, que a veces se ven en la televisión, dan tanta, tanta protección, que no se los puede usar por tiempo prolongado. Porque no te entra un virus, pero tampoco sale aire y perdés agua como loco. Al comienzo te llegaban videos de personas poniéndose una, dos, tres capas de protección, pero no sabías el contexto, dónde era, para qué era. Hoy sabemos que si un médico va a trabajar en una habitación con 25 pacientes graves con covid, tiene que usar la máxima protección. Pero también sabemos que aplicar ese criterio a todos los enfermos es un error que maltrata muchísimo al personal.

¿Y en el tratamiento?

Al principio estuvimos muy bombardeados por un montón de drogas que prometían mucho. Había una gran incertidumbre, los familiares y la gente presionaba. Nos decían: “hagan algo para tratar a los pacientes”. Siempre es más fácil hacer algo que no hacerlo. Para negarse a un tratamiento hay que estar muy convencido y tener mucha solidez para convencer a los familiares. Hoy ya no usamos la hidroxicloroquina. Nos hemos quedado con los corticoides, los anticoagulantes y la ventilación mecánica, pero distinta a como se planteaba al inicio, lo que también fue parte del problema. En los primeros tiempos, el mensaje era que todo paciente al que le bajara el oxígeno en la sangre tenía que ser intubado y conectado a un respirador. Ahora, mirando más para atrás, te das cuenta que esa fue una indicación más guiada por el temor de los equipos asistenciales, en países que no daban abasto para atender a los pacientes y que ya estaban teniendo bajas en la salud. Esa estrategia era equivocada porque no protegía al paciente, no ayudaba a que saliera adelante y además consumía todos los ventiladores. Ahora estamos más enfocados en un soporte respiratorio parcial. 

¿Se administra oxígeno por otra vía?

Se llama oxígeno de alto flujo. Es como una gran corriente de aire que disminuye el trabajo respiratorio del paciente, sin anularlo. El riesgo es que genera muchos aerosoles, que pueden contagiar, y por eso no se prefería al inicio. Pero a ese sistema se le agregaron los elementos de protección y se volvió más seguro. Hoy se están viendo mejores resultados.

El porcentaje de pacientes que entran a CTI y fallece parece ser muy alto.

Esa fue la realidad de la primera tanda. Tuvimos una racha muy fea de pacientes graves a los que no pudimos ayudar. En aquel momento hablábamos mucho con los jefes de otros servicios, tratando de aprender al lado de los pacientes. 

¿Qué sintió cuando por primera vez un paciente que estaba en el CTI recibió el alta?

Fue conmovedor. Ahora tenemos una estructura más organizada, podemos asistir mejor al enfermo y comenzamos a ver resultados positivos. Es una gran alegría.

Los CTI del todo el mundo se enfrentaron a pacientes graves que quedaron aislados. Muchos fallecieron sin poder despedirse de sus familias, que también estaban aisladas en cuarentena. ¿Cómo fue eso aquí?

Terrible, de las peores cosas que nos han pasado. Tener que dar malas noticias es de las cosas que más te pesan en la carrera. Un intensivista a veces tiene que dar dos o tres malas noticias por guardia. No solo los fallecimientos, también decir que las cosas van mal, a padres, hijos, gente muy parecida a vos. Cuando tenés que hacer eso por teléfono… no hay manera. Es tan difícil... No tenés la gestualidad, no tenés el cara a cara, y tenés que hacerle sentir a la gente que aunque las cosas no están andando bien, ellos pueden contar con que vos estás haciendo todo lo posible.   

Leonardo Carreño

¿Por qué se contuvo ese primer brote que parecía tan arrasador? ¿Fue todo mérito de la responsabilidad de la gente, como suele decir el presidente?

En esos primeros 20 o 30 días no se mandató una cuarentena obligatoria, pero todos estábamos en casa. ¿Cuánto fue responsabilidad y cuánto fue miedo? No sé. Pero el resultado nos favoreció mucho. Ahora el miedo se nos empezó a ir y vamos a ver cuánto hay de responsabilidad.

¿El éxito de hoy nació en esos primeros días?

Sí, todos los actores sociales importantes estaban alineados. El que menos, te pedía que trataras de quedarte en tu casa. La polémica era con los que querían cuarentena obligatoria. El piso de protección social fue muy alto. Y eso dio tiempo a que pudieran aparecer las herramientas que permitieron el control que estamos haciendo ahora. Que hoy se puedan hacer miles de hisopados, miles de tests, que se estén desarrollando mejores test diagnósticos, es producto de ese tiempo que ganamos. Se lanzaron desafíos para construir respiradores y hubo desarrolladores independientes que se encontraron con científicos para hacerlos. Se identificaron debilidades. Había gente que podía construir un respirador, pero no tenía dónde certificarlo. Se desarrollaron evaluaciones. Hoy ventiladores desarrollados en Uruguay están pasando por un proceso de certificación que involucra al MSP, Ministerio de Industria y al LATU. Ese tiempo que ganamos gracias al miedo y a la responsabilidad de la gente, nos permitió hacer todo eso.

¿Los respiradores desarrollados en Uruguay están funcionando?

No. Los que se hicieron a través de un desafío de la ANII eran para una situación de catástrofe. Son el respaldo final para cuando ya no queden opciones, y para eso tienen que estar a disposición y certificados. Hoy ya sabemos que hay gente que los puede hacer y otra que puede certificarlos. Cuando arrancamos la pandemia teníamos 600 camas con respiradores y había casi 100 ventiladores fuera de servicio. De ellos, casi 40 se pudieron recuperar. Casi la mitad de los equipos que eran considerados obsoletos, eran recuperables.

¿Por qué se los había descartado?

La obsolescencia de los equipos médicos no se define aquí, sino una casa matriz en Europa o China, que decide dejar de fabricarlos. Cuando pasa eso, los equipos se usan hasta la primera rotura, porque ya no se consiguen repuestos. Pero esta crisis nos hizo descubrir que acá teníamos gente con la capacidad de repararlos, una potencialidad que no teníamos identificada. Tampoco teníamos quien certificara la calidad del trabajo. Hoy al Ministerio llegan muchas propuestas de cosas novedosas, y no hay como evaluarlas. Ese pude ser otro rol interesante para la Universidad: a lo mejor no tiene que ponerse a hacer respiradores, pero tiene la gente preparada para evaluar si un invento puede funcionar o no. Hoy hay un estudiante de maestría y otro de doctorado que evalúan los proyectos de respiradores que siguen llegando. La Facultad de Medicina tiene un programa de investigación biomédica. Es un rol súper interesante; colaborar con los desarrolladores, con los que hacen service, que todos los vinculados a la ventilación mecánica tengan un sitio donde encontrarse con los científicos. Es una gran enseñanza de todo esto: ¿cuántas áreas del Uruguay han ido avanzando durante años dándose el lujo de no contar con la ayuda de la ciencia? Imaginate todo lo que se podría hacer en UTE, OSE, Ancap, ASSE.

La ciencia estaba olvidada, relegada.

La gran pregunta que todos los que hacemos ciencia tuvimos que responder alguna vez era para qué la hacíamos en Uruguay, cuando hay líderes mundiales haciéndolo. La respuesta era y es la misma: porque podemos adaptar soluciones globales a la escala nacional, o buscar nuestras propias soluciones. Teníamos que demostrarlo y ahora se demostró en la cancha. 

¿Qué hubiera pasado sin el trabajo de los científicos uruguayos?

Incluso teniendo todo el dinero del mundo, no habría sido fácil. Había insumos que aún pagándolos no venían. Las fábricas de respiradores ya tenían comprometida su producción. El ministerio dijo que tenía dinero para comprar 150 ventiladores, pero solo pudieron traer 50. ¿Cuánto nos cuesta la dependencia tecnológica? Mucho más que dinero. Y esa dependencia de los respiradores, llevémosla a los test diagnósticos. Estuvimos a dos o tres decisiones de tener la misma situación de Italia y España. O sea: si la gente no se cuidaba, no había capacidad de testear y no había capacidad de asistencia, en 20 días teníamos los sanatorios llenos y la gente muriendo por falta de asistencia. Por eso me parece extraño estar discutiendo cuánto le vamos a recortar a la ciencia, con lo que acaba de ser demostrado.

El recorte es general, le dirán del gobierno.

Es cierto. Pero a lo mejor habría que pensar qué cosas nos pueden sacar de la crisis. Al agro hay que apoyarlo porque es uno de los grandes motores de este país. ¿Y la ciencia no podría ser otro? Hay que pensar cómo se puede hacer para que ese capital del Uruguay apoye a la parte productiva. Si esperamos salir de la crisis para ser Finlandia, nunca lo vamos a ser. Es poco comprensible que después de una respuesta tan exitosa y contundente haya que explicar la importancia de la ciencia para salir de la crisis a las mismas personas que reconocen que la ciencia nos hizo estar donde estamos.

*Aclaración: Esta entrevista fue realizada antes de que el gobierno anunciara, este viernes, la marcha atrás en el recorte presupuestal para algunas instituciones dedicadas a la investigación científica.

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