15 de octubre de 2012 21:27 hs

Autos en llamas, zumbidos de balas, corridas. Policías y delincuentes están en pie de guerra en el Marconi.

En la tarde del domingo, la Policía entró al barrio en busca de unos rapiñeros. Cuando apresaron a ocho sospechosos, varios vecinos respondieron en principio con insultos y cascotes.

“Unos gurises del barrio le tiraron piedras al patrullero”, relató Juan Carlos Silva, concejal vecinal del centro comunal D a El Observador. “Parecían palestinos tirándoles piedras a un tanque israelí”, agregó.

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La versión de la Policía es otra, porque incluye disparos. “Primero fue una pedrea y luego llegaron los tiros”, explicó el vocero de la Jefatura, Pablo Ghan.

Ante la agresión, ya sea solo de piedras o también de balas, la Policía respondió con disparos y se retiró del barrio con los detenidos. En la calle quedó caído Álvaro Nicolás Sosa Gutiérrez, un joven de 25 años que, según los vecinos, no robaba ni estaba junto a los presuntos rapiñeros. Murió más tarde en una policlínica.

Los vecinos aseguran que un policía gatilló la bala que lo mató. La Policía no lo asegura ni lo descarta. El juez Nelson Dos Santos, a cargo de la causa, dijo a El Observador que el caso es “confuso”.

Otra fuente judicial señaló que de acuerdo a la declaración de los policías es probable que la bala haya salido de una de sus armas, pero puede tratarse de legítima defensa.

La prueba fundamental para resolver el caso es el cotejo de la bala con el arma de los sospechosos. Anoche había nueve civiles detenidos y cinco policías emplazados.

Señales de humo
Cuando muchos vecinos se enteraron que Sosa había muerto, el Marconi ardió. Al principio, incendiaron neumáticos. Luego, autos. Y finalmente, robaron taxis y también los prendieron fuego.

El concejal Silva intentó explicar las razones que motivaron la reacción. En primer lugar, dijo, el joven era inocente. “Fue una injusticia tremenda: el muchacho no tenía nada que ver”. En segundo lugar, la Policía se alejó del barrio a los tiros y dejó a un joven herido de muerte sobre el asfalto. “Hubo omisión de asistencia: se fueron cuando había una persona desangrándose”, agregó. En tercer lugar, la relación del vecindario con la Policía no es la mejor: “En los operativos de saturación hubo desmanes y abusos de los agentes”. La cuarta razón es mediática. “Prendieron fuego para llamar la atención de los canales de televisión para pedir justicia”, explicó Silva, considerado un referente social de la zona.

Un joven utiliza el mismo argumento para justificar la reacción de los vecinos. “Si no quemamos autos, no nos dan bola”, dijo uno de los amigos del caído a El Observador en el cementerio del Norte, minutos después del entierro. “Si solo quemamos gomas, no pasa nada, nadie se entera que la Policía mata, como mataron en el barrio la semana pasada a un pibe”, agregó.

El joven se refería a la muerte de Néstor Silva el martes 9 de octubre en el Marconi. El hombre, de 29 años, murió desangrándose luego de un tiroteo con la Policía.

La de Sosa fue la segunda muerte en la que estuvo involucrada la acción policial en el Marconi en menos de una semana.

Unas 70 personas concurrieron al funeral de Sosa. “Acá está todo el cantegril”, dijo una mujer. “Está todo el mundo de acuerdo con que fue una injusticia”, repitió el concejal vecinal. Y agregó que “la respuesta de la Policía fue brutal y desmedida, por eso todo el barrio está indignado”.

Nadie dice nada
Silva prefiere dejar para el final la quinta razón por la que el Marconi se convirtió el domingo en una zona de guerra. “En el barrio hay grupos de delincuentes que no quieren que la Policía venga”, explicó. Las balaceras fueron la banda sonora de la noche del domingo.

Solo restaba una chispa para convertir el dolor y la bronca del barrio en humo. La chispa llegó, primero de forma “espontánea”, según el concejal, luego de forma intencionada.

Una camioneta y un auto ardieron. Más tarde, delincuentes robaron dos taxis y los hicieron chatarra.

De todas maneras, como el resto de los vecinos, Silva optó por el silencio: “No sabemos quiénes son”.

Nadie denuncia. Todos callan. Son los códigos del barrio. Los dueños de la panadería no denunciaron la rapiña. Nadie denunció el incendio de los autos.

Junto al fuego, regresó la Policía al barrio para “cerrarlo”. No entran ómnibus ni taxis. Para circular, hay que mostrar documentos. El cerco policial y la tensión durarán varios días.

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