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24 de marzo 2023 - 5:01hs

Costaba creer que aquello estaba a punto de ocurrir. El presidente George W. Bush, contra la resolución de Naciones Unidas, contra las numerosas voces que le advertían que allí no había armas de destrucción masiva y, en suma, contra la opinión pública mundial, anunciaba que había expirado el ultimátum otorgado al régimen de Saddam Hussein y que daba por iniciada la invasión a Irak.

Caía la noche del 19 de marzo de 2003 sobre el mármol de Washington, el de las instituciones que sostienen a la primera y más antigua democracia representativa del planeta. Era una noche oscura.

El reloj de la Antigua Oficina de Correos en la Avenida Pensilvania, a pocas cuadras de la Casa Blanca, marcaba las 22.16 cuando el presidente terminó su breve alocución en cadena nacional. Y uno no sabía qué hacer de aquello. La invasión a Afganistán, apenas un año y medio antes, hasta podía inscribirse en ese sentimiento estadounidense de responder con violencia desmedida e incontestable los ataques en suelo propio. Al fin y al cabo, Hiroshima y Nagasaki eran (y son) considerados por muchos allí como la brutal revancha de Pearl Harbor. Y así, Afganistán podía entenderse —siendo muy laxo, claro— como la respuesta a los atentados del 11 de septiembre.

Pero lo de Irak no tenía ningún sentido, y así ha pasado a la historia.

Han pasado 20 años de aquella aventura en la que Bush se dejó embarcar por las ambiciones expansionistas de los neoconservadores en su gobierno, con el vicepresidente Dick Cheney a la cabeza, quien en las reuniones de gabinete decía que la guerra en Irak sería “un paseo en el parque”.

Han pasado 20 años y hoy Cheney no podría decir lo mismo. Pero desde antes de aquella noche fatídica en marzo de 2003 todo el mundo sabía que sería lo que fue: una campaña desastrosa, que hundió a Estados Unidos en el desprestigio internacional y lo bajó para siempre de su pedestal de ‘hiperpotencia’, cobró cientos de miles de vidas, gastó más de un billón de dólares y destruyó a Irak.

No había armas de destrucción masiva, el régimen de Saddam Hussein no significaba una amenaza para Estados Unidos, no tenía vínculos con Al Qaeda. El presidente y sus colaboradores le habían mentido a la población y al mundo. Fue un engaño mucho más grave que el de Richard Nixon en Watergate.

La Doctrina Wolfowitz resultó ser la más infame de todas cuantas ha conocido la política exterior de Washington: “la guerra de preventiva”, una farsa; el “cambio de régimen”, una cortina de humo para someter a Bagdad a sus designios y la “Operación Libertad Iraquí”, un embuste y a la vez una quimera.

Pero eso no fue lo más grave. Lo más grave fue que fallaron todos los muros de contención del sistema democrático: el Congreso apoyó la invasión, no hubo voces críticas en el establishment, los medios estadounidenses se convirtieron de un día para el otro en meros órganos de propaganda; los pocos periodistas que se atrevieron a cuestionar la guerra (como Peter Arnett y Phil Donahue) fueron inmediatamente removidos de sus cargos en las cadenas más importantes y a cualquiera que se le ocurriese criticar la invasión en los medios era tachado de “antiamericano” o “apologeta del terrorismo”.

Todos los medios más importantes apoyaron la guerra: desde el Washington Post, el Wall Street Journal y la revista The Economist, hasta el último diario comunitario, pasando por todas las cadenas televisivas y emisoras radiales.

Casi no había corresponsales de guerra de los medios estadounidenses en Irak, como había habido en guerras anteriores. Eran casi todos “embedded reporters” (reporteros incrustados) que iban con las tropas, asignados a los pelotones o compañías, y solo reportaban lo que les permitía el comandante de brigada.

Todas las noches a las seis de la tarde, las cadenas de cable y televisión abierta anunciaban con grandes placas y una impetuosa cortina musical el “Showdown with Iraq”, donde se mostraban los ataques aéreos, los lanzamientos de los misiles y el parte de los reporteros incrustados. Como si se tratase de un mundial de fútbol, o de los playoffs de la NFL.

No se hicieron las preguntas, no se investigó, no se cuestionó, se tomaron al pie de la letra los informes de la CIA y el Pentágono. Ni Bob Woodward, legendario periodista del Post que había destapado el escándalo de Watergate, ahora con todo el acceso a la Casa Blanca de Bush, se preocupó por conocer la verdad. Fue el momento más oscuro de la democracia estadounidense desde el asesinato de John F. Kennedy, solo que esta vez con peores consecuencias.

Ello allanó el camino a todo tipo de excesos en el estado de seguridad, que nunca se vieron de manera tan palmaria y escalofriante como durante las revelaciones de Edward Snowden diez años después, y a la desconfianza de la ciudadanía, que más tarde terminó llevando a la Casa Blanca a un candidato como Donald Trump. 

En el escenario internacional, además de la destrucción de Irak, que aun hoy se sigue debatiendo entre el estado fallido y la corrupción fuera control, y del caos que se desbordó al resto de Medio Oriente, con la multiplicación del terrorismo y la violencia, la consecuencia más saliente de la guerra fue la vertiginosa pérdida de influencia de Estados Unidos.

Aparte del desprestigio entre los europeos, que se movilizaron en masa contra la invasión, el episodio fue lo que terminó de alejar a EEUU del llamado Sur Global. Fue el comienzo del multilateralismo, de la creación de los BRICS y del hecho que potencias medianas, como entonces eran China, Rusia y Brasil, se unieran en procura de equilibrar el poder global y evitar lo que acababa de ocurrir en aquel mundo unipolar de la dudosa Pax Americana. 

En américa latina, propició una ola de gobiernos de izquierda que renegaban de Washington y su unilateralismo y ante los que, como recordamos un par de columnas atrás, perdió casi toda influencia en la región; terreno que a la superpotencia le ha costado arduo trabajo recuperar, sigue sin recuperar del todo y, tal vez, nunca recupere.

Sin saberlo, aquellas grandes agujas del emblemático reloj en el viejo correo de la Avenida Pensilvania estaban marcando, pasadas las diez y cuarto de la noche de aquel 19 de marzo de 2003, no solo la hora más aciaga de la democracia estadounidense, sino también el principio del fin de Washington como único poder global.

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