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3 de marzo 2023 - 5:00hs

Vladimir Putin siempre había visto aquella promesa incumplida que le hicieron a Gorbachov, de que la OTAN no se extendería “ni una pulgada” hacia el este, como una traición. Pero cuando en Washington empezaron a resonar los ecos de que Georgia y Ucrania serían los próximos en ingresar a la alianza atlántica, ya lo percibió directamente como una amenaza existencial; sobre todo después de que la revuelta del Euromaidán en 2014 –apoyada por el Departamento de Estado– terminara con el derrocamiento del presidente prorrusso de Ucrania, Viktor Yanukovich.

Ese era el motivo de los desvelos del líder ruso. “Una vez que un país ingresa a la OTAN, ya no puede resistir a las presiones de Washington”, le dijo a Oliver Stone en entrevista para su documental de 2016 Ukraine on Fire. “Después de eso, cualquier cosa se puede instalar allí: sistemas de misiles de largo alcance, varias bases militares, todo tipo de armamento letal… ¿Qué se supone que debemos hacer?”, preguntó Putin mirando a Stone a los ojos, con esa mirada inescrutable tan propia del ruso.  

Otro dato relevante es la dinámica interna de Ucrania, largamente sostenida a lo largo de décadas. Siempre ha sido un país dividido: con una población rusófona en el este que siempre ha favorecido la alineación con Moscú; y del otro lado del Dniéper la población de habla ucraniana, que recela de los rusos y siempre se ha alineado con Washington y con Occidente en general.

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Desde la independencia del país, tras la caída de la Unión Soviética en 1991, esas dos facciones –por así decirles– habían logrado mantener a Ucrania unida, no sin conflictos desde luego, y con una democracia (precaria, pero democracia al fin) cuyo talón de Aquiles había sido una corrupción galopante pero que, aun así, alternaba mandatarios ucranianos y prorrusos. O a ello estaba llamada.

En realidad, el Euromaidán vino a quebrar ese delgado equilibrio entre las dos Ucranias que, como un plato roto, ya nunca volvería a pegarse.

Putin y la población rusófona de Ucrania interpretaron el Euromaidán como una afrenta, una patada al tablero por parte de la población de habla ucraniana que no estuvo de acuerdo con una medida del presidente legítimo (concretamente, la suspensión de la firma de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea) y decidió derrocarlo con el apoyo de Washington.

Una vez tumbado Yanukovich en febrero de 2014, resultó electo presidente Petro Poroshenko, en unas elecciones donde por primera vez no participaron los votantes del este de Ucrania. Estos pidieron ayuda a Putin, que pronto se anexó Crimea –previo referéndum– y empezó a apoyar a los movimientos separatistas en el Dombás.

El diferendo supuestamente se había zanjado con los Acuerdos de Minsk en 2015, donde el gobierno de Kiev se comprometió a otorgarles a esas regiones del este de Ucrania una autonomía similar a la que gozan las comunidades autónomas de España.

El acuerdo, empero, nunca se cumpliría. Y en vez de autonomía, lo que recibieron los habitantes del Dombás fueron bombas. Desde 2014 hasta febrero de 2022, más de 13.000 personas habían muerto en el conflicto. Solo que entonces la cobertura de los medios occidentales era prácticamente nula.  

Los enfrentamientos de baja intensidad, pero con artillería pesada, nunca cesaron. En 2019 los ucranianos, hartos de la guerra, eligieron presidente al actor cómico Volodimir Zelenski, con un claro mandato de pacificar el país. Los primeros dos años de gobierno los pasó sin mayores escaramuzas con Moscú, a pesar de haber proscrito más de una decena de partidos considerados prorrusos. Hasta que la Administración Biden desembarcó en Washington, D.C. en enero de 2021 y la retórica contra Moscú empezó a escalar rápidamente.

Primero fue el decreto presidencial firmado por Zelenski en marzo de ese año, a instancias de Washington, declarando “política oficial” del gobierno de Ucrania “la retoma de la península de Crimea”, mientras Biden proclamaba en sendos discursos, antes y después, que “Crimea es Ucrania”; y el secretario de Estado, Anotony Blinken, de notoria actuación en los sucesos de 2014, prometía “total respaldo de Estados Unidos a la integridad territorial de Ucrania”.    

Las tensiones iban in crescendo. Para julio de 2021, ya se hablaba de una posible invasión de Rusia a Ucrania.

Es así como llegamos a ese 24 de febrero fatídico de 2022 en que Putin lanza la invasión infame que hoy cumple un año y acaba de ser repudiada una vez más en la ONU.

Más allá de cruzar una línea roja inadmisible al iniciar esta guerra de agresión, lo de Putin fue un grueso error de cálculo. Engañado por los sucesos acaecidos meses antes en Afganistán, Putin pensó que los ucranianos se rendirían ni bien entraran en contacto con las tropas rusas, sus líderes políticos huirían al extranjero y el ejército abandonaría sus puestos y comandos. Decidió entonces comenzar con lo que se conoce como blitzkrieg (la guerra relámpago); tal como había ocurrido en Kabul, la toma de Kiev sería cuestión de días.

No contó con la resistencia de los ucranianos, ni con la determinación de Zelenski, ni con lo más importante: el apoyo y la financiación de Occidente, en especial de Washington y Londres que han colaborado no solo con armamento, tecnología e inteligencia, sino hasta con estrategia y comando.

Pero eso no debería ser óbice para entender claramente lo que hoy está ocurriendo en el terreno: las tropas rusas se han hecho fuertes en el Dombás, la reciente batalla de Bajmut es solo una muestra de ello. A pesar de la trillada cantinela de algunos en los medios que todos los días repiten la misma monserga (“Rusia va perdiendo y Ucrania va ganando”), ya pocos en Washington creen realista que Ucrania pueda recuperar Crimea y las regiones del este que hoy controla Rusia. Gana adeptos la idea de una salida negociada.

Lo mismo piensan los líderes europeos. Más allá de todas las demostraciones de apoyo públicas con motivo del aniversario de la invasión, el Wall Street Journal filtró una conversación privada entre Emmanuel Macron, Olaf Scholz y Zelenski en el Eliseo, donde los líderes de Francia y Alemania le dicen al ucraniano que debe considerar seriamente acudir a la mesa de negociaciones y ceder lo que tenga que ceder para firmar la paz con Rusia.

Un año después, si bien el acto irredimible de Putin sigue sin tener justificación, tampoco la “niebla de la guerra” –diría Clausewitz– debe nublar nuestro entendimiento como para pensar que hay otra salida a este conflicto que no sea por la vía de la negociación.

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