Quince días después de haber logrado de la detención del líder del cartel se Sinaloa, Joaquín “el Chapo” Guzmán, las fuerzas del orden mexicanas dieron un nuevo golpe al narcotráfico al abatir a Nazario Moreno El Chayo, fundador del cartel de drogas que controla Michoacán, al suroeste de México. El Chayo ya había muerto, según anunció entonces el Gobierno del expresidente Felipe Calderón (2006-2012). El fundador de Los Caballeros Templarios, el grupo de crimen organizado al que los grupos de autodefensa declararon la guerra en febrero de 2013, es el único capo mexicano que ha sido dado por muerto dos veces en los últimos cuatro años.
El Gobierno mexicano detalló en una rueda de prensa esta tarde en la capital de México que había identificado a Moreno por medio de huellas dactilares. El operativo se realizó en Tumbiscatío, un municipio michoacano limítrofe con Guerrero, informaron las autoridades según el diario el País de Madrid.
La noticia fue adelantada por la agencia de noticias Associated Press. El hombre más temido en Michoacán tenía varios nombres. El Más Loco. El Doctor. El Chayo. Pero su nombre real era Nazario Moreno (Guanajuatillo, 1970) y era más que un narcotraficante. Fundó el grupo de crimen organizado más poderoso de la zona, una mafia con una ideología pseudorreligiosa y regionalista. No era su líder: era su dios.
Moreno era el líder máximo de La Familia Michoacana, un grupo delictivo que irrumpió hace ocho años cuando declaró la guerra abierta a Los Zetas, que entonces peleaban el dominio de Michoacán con el cartel de Sinaloa. En septiembre de 2006, varios encapuchados armados entraron en un bar de las afueras de Uruapan, la segunda ciudad michoacana, y arrojaron en la pista de baile cinco cabezas y un mensaje firmado por “La Familia”, dice el matutino.
Y añade: Los hombres que entraban a La Familia Michoacana recibían un librito de portada roja titulado Me dicen ‘El Más Loco’. El texto resume la “filosofía” del cartel y se presenta como “el diario de un idealista”. Cuentan que Moreno lo escribió en su escondite, asentado en la tupida sierra michoacana. Describe su niñez, en la que comía solamente “frijoles y tortilla”, y afirma que en sus primeros años de juventud salió de la pobreza extrema vendiendo coches usados. Relata también sus problemas de alcoholismo (se rehabilitó antes de fundar el cartel, cuenta) e insiste en que sus hombres debían realizar una “labor social.