7 de diciembre 2020 - 15:02hs

Con la muerte del expresidente Tabaré Vázquez esta madrugada, luego de sufrir una enfermedad terminal, la izquierda uruguaya pierde a una figura señera y el país a uno de sus principales referentes políticos del siglo XXI, en una circunstancia especial por la pandemia del covid-19.

Vázquez, un reconocido médico especializado en oncología, hizo una carrera política descollante, una vocación oculta en un hombre con inclinación por el trabajo social y la promoción del deporte en su barrio de La Teja, de concreción tardía en su trayectoria de vida.

Tuvo el mérito indiscutible de llevar al Frente Amplio (FA) a posiciones de poder, una fuerza política que, hasta la década de 1990, solo había jugado en la cancha de la oposición.

En ese sentido, no solo tuvo el mérito del ascenso de la izquierda uruguaya, sino también el de inaugurar una gestión de centroizquierda, de raigambre socialdemócrata, algo que reivindicó hasta último momento.

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Y, en ese sentido, considerando que el FA es una coalición de partidos de izquierda en la que conviven ideologías moderadas y radicales, la tarea de Vázquez desde el gobierno nacional debe apreciarse tanto por lo que hizo como también por lo que evitó en su apuesta al camino de la moderación.

Su comprobado pragmatismo, sin apear banderas, lo demostró, por ejemplo, en su encuentro oficial con el presidente George W. Bush, haciendo oídos sordos a la desaprobación de la izquierda latinoamericana y la demonización chavista.

Vázquez llegó a la política como un outsider, en una época en que irrumpieron en la región liderazgos mesiánicos devenidos en autoritarios. Pero él se convirtió en un distinguido socio del sistema político que honró el cumplimiento de principios caros a una democracia de verdad como el respeto al valor de la libertad, la separación de poderes y los derechos humanos.

Su manida frase anunciando una gestión municipal que iba a hacer temblar las raíces de los árboles, cuando comenzó su experiencia política, sin duda que tuvo una primera interpretación equivocada. En sus mandatos, aún en la discrepancia, no hubo ninguna revolución, ninguna medida extemporánea en la que no hubiera una huella de uruguayidad.

Es un ejemplo de que, en la política del país, el cultivo de la medianía paga, en el sentido que le da Real de Azúa en su libro Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora?. Es por ello que fue uno de los tres políticos que ocupó dos veces el sillón presidencial, junto a José Batlle y Ordoñez y Julio María Sanguinetti, y que terminó su segundo gobierno con una formidable popularidad (54%).

Desde el liberalismo, podríamos marcar discrepancias con el manejo fiscal, particularmente en su segunda presidencia, o la falta de impulso o lentitud en los acuerdos de libre comercio, dos reflejos quizás de la composición interna de la coalición de izquierda.

Pero es preciso reconocer el cuidado del imperio de la ley bajo sus mandatos, lo que le valió el reconocimiento internacional, y la atracción de inversiones extranjeras que parecían tabú para la izquierda, dos sellos distintivos en relación con otros gobiernos de izquierda de la región que pisotearon el estado de derecho.

Vázquez lideró dos iniciativas que llegaron para quedarse: la creación de una Secretaría de Estado para las políticas sociales (Ministerio de Desarrollo Social) –desde donde se puso en marcha el Plan de Emergencia, el Sistema de Cuidados, entre otros programas solidarios–, una herramienta importante para el combate a la pobreza derivada de la crisis de 2002, y el Plan Ceibal, que significó la masificación del uso de la computadora en edad escolar, y que hoy es un instrumento clave para la enseñanza virtual en medio de la pandemia.

También le reconocemos la valentía en su agenda social, que, en algunos aspectos, hasta se distanció de la prédica socialista, particularmente en su oposición filosófica al aborto, en el modelo de cuidados paliativos en lugar de la eutanasia, donde el país se ha convertido en una referencia internacional, igual como sucedió con la política antitabaco, recibiendo él mismo, en persona, el aplauso de la comunidad internacional.

El final esperado por el avance de su enfermedad no hace desaparecer el sentimiento de congoja por el adiós a Tabaré Vázquez. Una interjección para despedirse de un líder que no cultivó la estridencia, un reflejo de su rechazo a los extremos ideológicos, de un lado y del otro.

Más allá de coincidencias y discrepancias que este periódico ha tenido con Vázquez, en esta hora corresponde decir adiós. En todo el sentido de su expresión: como saludo respetuoso de despedida de esta vida a la que, hoy con dolor, expresamos su reconocimiento.

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