El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
21 de mayo 2021 - 5:03hs

Después de catorce meses en los que nos hemos muerto de miedo, nos hemos encerrado, nos hemos peleado, muchos han perdido familiares, otros el trabajo, otros las dos cosas, la angustia y la zozobra parecieran empezar a amainar.

Aunque las cifras de los casos siguen siendo altas y ya entramos en la tercera semana ocupando el primer puesto del mundo en promedio de muertes por coronavirus, la sensación general, tal vez por la eficiencia del plan de vacunación, es que ya hemos pasado lo peor. Los primeros destellos se empiezan a divisar en lo que parece ser el final de este largo y asfixiante túnel.

Se trata de una percepción que se extiende también a otros países de la región y del mundo. El ser humano es un animal de hitos. Lo único que no hemos dejado de hacer en dos millones y medio de años es demarcar sitios y momentos –espacio y tiempo– casi como una obsesión. Y cuando hace unos días las autoridades sanitarias de la gran potencia anunciaron que quienes ya habían recibido la segunda dosis de la vacuna contra el covid podían dejar de usar el tapabocas, el mundo lo anotó como el principio del fin de este calvario.

En pocos meses, y si no nos sorprende otra hecatombe, comenzarán los grandes tratados del revisionismo a hacer su desfile triunfal frente a los cenáculos del poder mundial, y de allí a los medios de comunicación. Recién entonces vamos a tener una idea certera de qué tan eficaces han sido las cuarentenas, el uso del tapabocas, los encierros y los cierres, el aislamiento social a rajatabla, que por meses ha levantado barreras infranqueables entre familiares y amigos. No obstante lo cual algunas reflexiones a modo de corolario ya podemos ir aventurando de antemano. A saber:

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1. Los científicos son profesionales movidos por las mejores intenciones; y en nuestro país, por fortuna, contamos con numerosas eminencias en diferentes ramas de la ciencia. Pero estos no pueden fijar políticas de gobierno. No podemos confiar a médicos y científicos decisiones que en última instancia son de ética política. “El Estado es la realidad de la idea ética”, decía Hegel. Y la ética médica muchas veces –abundan los ejemplos históricos– ha estado reñida con la ética política. Por tanto son decisiones que competen exclusivamente a los gobernantes. No a los científicos, cuya función debe ser en estos casos la de asesorar en su área de expertise.

2. Yo desde luego no me adscribo a teorías conspirativas; pero que algunos han aprovechado esta pandemia para imponer su voluntad autoritaria y visión del mundo, es innegable. Lo hemos visto a todo nivel, desde gobiernos que han coartado arbitrariamente libertades individuales, hasta la vecina que le daba por violentar la tranquilidad de algún transeúnte que había salido a correr, o un señor con un megáfono diciéndole a la gente desde un balcón que volvieran a sus casas. 

Pero resulta particularmente preocupante en momentos que ha adquirido gran poder global una casta de nuevos multimillonarios emergida de Silicon Valley –con escasa o nula formación política y filosófica y ninguna experiencia fuera del Big Tech– que pretende imponer sus puntos de vista al resto del mundo en cosas para las que no tienen ningún tipo de representación ni acreditación. Su poder es demasiado. Sus intereses, varios. 

Basta con que uno de ellos diga que hay que empezar a comer carne sintética y que se debe acabar con la ganadería para que de inmediato se monte una campaña global en su contra.

3. No por cuestionarse ciertas políticas o medidas sanitarias alguien pasa a ser automáticamente un “anticiencia”. Este es el epíteto preferido que suele lanzarse como arma arrojadiza contra todo aquel que se atreva a poner en tela de juicio la eficacia de ciertas decisiones en torno a la pandemia, desde el uso del tapaboca hasta los encierros. Esa es en realidad la base del método científico: mantenerse escéptico de algunas verdades establecidas, investigar y ponerlas a prueba. Y ante todo mantener un criterio propio. 

En todo caso, más “anticiencia” sería aquel que acata sin chistar todas las medidas y ni siquiera se cuestiona su racionalidad o eficacia. No es así como funciona la ciencia; no es una religión. Ojo, con esto no estoy diciendo que la obediencia sin cuestionamientos sea una mala actitud, sobre todo en una emergencia de salud pública como la que hoy atravesamos. 

Digo que desde el punto de vista semántico está mal usado su remoquete contra los otros. Deberían decirles, si acaso, “recelosos del método científico”, “fanáticos del escepticismo y la demostración empírica”, etcétera. Pero no “anticiencia”. 

Desde luego que también están los negacionistas de la pandemia, y hasta de la propia enfermedad.

Aquellos que no creen siquiera que exista tal cosa como un virus llamado SARS-CoV-2 y piensan que todo es parte de un gran plan para dominar el mundo. A esos sí tal vez les cabría el nombrete de “anticiencia”, incluso de “conspiranoicos”. Pero ante todo, creo, es que no tienen remedio.

4. Por último. No se puede transmitir tres horas de informativo todos los días sobre un mismo asunto, sea el covid o el que sea. No es sano. Recuerden que la principal motivación detrás de todo esto, la gran premisa original, era justamente esa: estar sano. No enfermarse.

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